Bendecid a los que os maldicen

Superando la insolencia de él con la abundancia de tu prudencia para que, avergonzándose de tu excelente paciencia, se retire.

Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os quieren mal. Bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.      

 (san Lucas, 6:27-31)

Por Crisóstomo

No dice, pues: No aborrezcas, sino: Ama. Y no mandó amar solamente, sino además hacer bien; por lo que sigue: «Haced bien a los que os quieren mal».

Los que hieren sus propias almas son dignos de lágrimas y de suspiros, no de maldiciones, porque no hay cosa más detestable que un alma maldiciente, ni nada más inmundo que una lengua que maldice. Eres hombre, no vomites el veneno del áspid, ni te conviertas en bestia feroz. Se te ha dado una boca no para que muerdas, sino para que cures la herida de los demás. El Señor manda que trates a tus enemigos lo mismo que a tus amigos; no de cualquier modo, sino como a los más íntimos, por quienes acostumbras a orar. De donde prosigue: «Y orad por los que os calumnian», etc. Hay muchos que, por el contrario, mientras se postran en tierra y arrastran su frente por el suelo, hiriendo sus pechos y levantando sus manos al cielo, no piden a Dios el perdón de sus pecados, sino que piden contra sus enemigos, lo cual no es otra cosa que hincarse a sí mismos el puñal. Cuando pides al que prohibió las imprecaciones contra los enemigos que escuche tus maldiciones contra ellos, ¿cómo puedes ser oído cuando provocas al que ha de oírte, castigando a tu enemigo en presencia de su Rey, si no con las manos, al menos con las palabras? ¿Qué haces, hombre? Estás pidiendo el perdón de tus pecados, y a la vez llenas tu boca de amargura. Es el tiempo del perdón, de la oración, del llanto, no del furor.

Porque los médicos, cuando reciben una patada de un furioso, tienen más compasión de él y se preparan para curarle; tú también debes hacer lo mismo con los que te persiguen. Ellos son los que principalmente enferman: no desistamos antes que arrojen toda su amargura, y entonces te darán gracias, y el Señor te coronará, porque has librado a tu hermano de una enfermedad repugnante.

No dijo, pues: lleva con paciencia las furias del que te ofende, sino: procede con sabiduría, y así te dispondrás a sufrir todo lo que otro quiera hacerte; superando la insolencia de él con la abundancia de tu prudencia para que, avergonzándose de tu excelente paciencia, se retire. Pero dirá alguno: ¿Cómo puede ser esto? Cuando ves que el Señor se ha hecho hombre y ha padecido tanto por ti, ¿aún preguntas y dudas cómo es posible perdonar las injurias de tus hermanos? ¿Quién ha sufrido tanto como tu Señor, que fue aprisionado, azotado, recibió salivazos y sufrió la muerte? De donde prosigue: «Da a todos los que te pidieren».

En esto pecamos no poco; no solamente no dando a los que piden, sino vituperándolos diciendo: ¿Por qué no trabaja? ¿Por qué se ha de sustentar el ocioso? Dime, ¿y tú eres rico porque trabajas? Y si trabajas, ¿lo haces para vituperar a otros? ¿Y por un pan y una túnica le llamas codicioso? ¿No das? Pues no le vituperes. ¿Por qué no te compadeces, y disuades a los que quieren dar? Si diéremos indiferentemente a todos siempre nos compadeceríamos; porque Abraham recibía a todos, recibió también a los ángeles. Y aun cuando sea un homicida, o un ladrón, ¿no le consideras como digno de tener pan? No seamos, pues, censores severos de los demás, para no ser juzgados también nosotros con rigor.

De Dios recibimos todas las cosas; y cuando decimos mío y tuyo, pronunciamos palabras sin sentido. Y cuando dices que la casa es tuya, pronuncias una palabra que carece de sentido. Porque el aire, y el suelo, y el cemento es del Creador; y aun tú mismo que construiste la casa. Es dudoso si aún el uso de esas cosas te pertenece, no sólo porque te puedes morir, sino también por las diversas eventualidades de la vida. La vida no te pertenece, ¿a qué título han de ser tuyas las riquezas? Quiere Dios, sin embargo, que los bienes que te ha confiado para tus hermanos sean tuyos; y tuyos serán, si para ellos los dispensares; mas si te prodigas a ti mismo las cosas que son tuyas, ya no serán tuyas, sino ajenas. Pero los hombres muchas veces se pelean por la codicia nefanda de las riquezas ante los tribunales, contra lo que dice Jesucristo: «Y al que tomare lo que es tuyo no se lo vuelvas a pedir».

Hay en nosotros una ley natural, por medio de la cual distinguimos la virtud del vicio; por lo que sigue: «Y lo que queréis que hagan a vosotros los hombres, eso mismo haced vosotros a ellos». Como son dos los caminos que conducen a la práctica de la virtud, a saber, abstenerse del mal y obrar el bien; establece esta última, que contiene también la otra. Y sinceramente, si hubiese dicho: «Para que seáis hombres, amad a las bestias», sería un mandato difícil; pero mandándonos amar a los hombres, según nuestra inclinación natural, ¿dónde está la dificultad de esta ley, observada por los leones y los lobos, a quienes inclina a amarse el natural parentesco? Se manifiesta, pues, que Jesucristo no ha mandado ninguna cosa superior a nuestra naturaleza sino que enseña, lo que grabó en nuestra conciencia, para que sea ley para nosotros, para que si queremos que se compadezcan de nosotros, nos compadezcamos también del prójimo.

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