La conciencia lo exige:  amar la verdad y comportarse  conforme a ella.

 

Es recurrente en el uso del lenguaje, no solo verbal, sino que también en el de las conductas, el buscar una  justificación para una serie de actitudes imprudentes, irónicas, prepotentes, indiferentes y hasta irreverentes, por una supuesta incapacidad de comprensión de contenidos accesibles para la inteligencia y la voluntad humana, y que constituyen también una base para un comportamiento moral y un discernimiento básico, necesario para tomar decisiones en torno al sentido y objetivos de la vida.

  El argumento, casi Kantiano, de que la falta de erudición, el contexto social rural,  un ambiente urbano de riesgo, y otros,  hacen imposible que los corazones y las conciencias puedan acceder a la comprensión razonable de la verdad, al ejercicio de la conciencia conforme al sentido común y la ley natural, o a la búsqueda de la trascendencia y las realidades sobrenaturales, queda sin argumento, al reconocer que la mayoría de los seres humanos, que han abrazado el cristianismo, proceden de una realidad objetivamente precaria y vulnerable.  Contrariamente a una supuesta imposibilidad, llegan a reconocer y amar la verdad y la voluntad de Dios, y que esa noticia transforma continuamente, dignifica y eleva su vida en todos los parámetros.

Dice San Juan de la Cruz:  “Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado, porque, dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿qué increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad, pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma? Porque esto es estar transformada en las tres Personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza.” (Cántico 39, 4-7)

  Mientras las ideologías, la corrupción de las conductas y las heridas internas dejadas al arbitrio del orgullo, sean combatidas por la escucha, la lectura y la práctica de la vida sobrenatural, predicada en el Evangelio, y vivida intensamente hasta la cumbre de la santidad y el martirio, por miles de fieles, la enseñanza misional y metódica de la Fe y el ejercicio de la vida y moral cristiana, sigue siendo el único camino eficaz de transformación de los corazones, y de una auténtica promoción de la vida humana, capaz de asegurar una   lucha constante contra los males que afectan gravemente el bien íntegro y trascendente de la sociedad.

  Desde los ambientes más marginales del mundo, los campos y desiertos más olvidados, y las ruinas de guerra más extendidas, emergen con mayor frecuencia, corazones y mentes, que con el solo aliento del anuncio de la fe, dejan que el impulso de la gracia los ilumine y transforme, de tal modo que sus corazones son sanados, sus conductas purificadas, sus intenciones rectificadas, y tienen en sus entrañas el anhelo de dar la vida por el Señor y sus hermanos, sin buscar absolutamente nada, ni siquiera las gracias a cambio. 

  Por eso la advertencia de San Juan de la Cruz nos cuestiona grandemente, y nos invita a dejar de una vez por todas, la falseada justificación por la que desistimos y postergamos acoger tantos bienes para el alma y nos decidamos a cambiar de vida hoy:

“¡Oh almas criadas para esas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!” (Cántico 39, 4-7)