COMO NIÑOS…

Que por la santa complacencia somos hechos como niños en los pechos de nuestro Señor

 

“¡Qué feliz es, el alma que se complace en conocer y saber que Dios es Dios y que su bondad es una bondad infinita! Porque este celestial esposo, por esta puerta de la complacencia, entra en ella y cena con nosotros, y nosotros con Él. Nos apacentamos con Él en su dulzura, por el placer que en ella sentimos, y saciamos nuestros corazones en las perfecciones divinas, por el bienestar que en ellas encontramos. Y esta perfección es una cena, por el reposo que a ella sigue, pues la complacencia nos hace reposar dulcemente en la suavidad del bien que nos deleita, del cual hartamos nuestro corazón; porque, como ya lo sabes, Teótimo, el corazón se apacienta de las cosas que le agradan, y así decimos que uno se apacienta su honor, otro de riquezas, empleando el lenguaje del Sabio, el cual dijo que la boca de los necios se alimenta de sandeces, y el de la suma Sabiduría, la cual manifiesta que su manjar, o sea su gozo, no es otro que hacer la voluntad de su Padre.

Venga mi amado a su huerto —dice la Sagrada esposa—, y coma del fruto de sus manzanos. Ahora bien, el[…]”

“Venga mi amado a su huerto —dice la Sagrada esposa—, y coma del fruto de sus manzanos. Ahora bien, el divino esposo va a su huerto cuando viene al alma devota, pues como quiera que tiene todas su delicias en estar con los hijos de los hombres, ¿dónde puede tener mejor morada que en la región del espíritu que ha hecho a su imagen y semejanza? En este jardín, Él mismo planta la amorosa complacencia que tenemos en su bondad, y de la cual nos apacentamos; como, asimismo, su bondad se apacenta y se complace en nuestra complacencia. De esta manera, introducimos el corazón de Dios en el nuestro, derrama Él su bálsamo precioso, y así se practica lo que con tanto regocijo dice la sagrada esposa: Introdújome el rey en su gabinete; saltaremos de contento y nos regocijaremos en Ti, conservando la memoria de tus amores, superiores a las delicias del vino; por eso te aman los rectos de corazón. 

¿Cómo es posible ser bueno y no amar tan gran bondad? Los príncipes de la tierra tienen los tesoros en sus arcas y las armas en sus arsenales; mas el príncipe celestial tiene sus tesoros en su seno y sus armas en su pecho, y, puesto que su tesoro y su bondad, lo mismo que sus armas, son sus amores, su seno se parece al de una dulce madre, provisto de tantos atractivos para cautivar al tierno niño, cuanto puede él desear.  

¡Cuan deliciosamente siente los perfumes de las infinitas perfecciones del Salvador el alma que, por amor, lo sostiene entre los brazos de sus afectos! ¡Y con qué complacencia dice para sus adentros: He aquí que el olor de mi Dios es como el olor de un jardín florido!  

Fragmento de: San Francisco de Sales. “Tratado del amor de Dios”. Libro 5, cap.2

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