Cuando se pierde al amor de Dios

Cómo se deja el divino amor por el amor a las criaturas 

“Esta desgracia, a saber, la de dejar a Dios por la criatura, sobreviene de esta manera. Nosotros no amamos a Dios sin intermitencias, porque, en esta vida mortal, la caridad está en nosotros a manera de simple hábito, del cual, usamos, cuando nos place, y nunca contra nuestro querer. Luego, cuando nosotros no ejercitamos la caridad que poseemos, es decir, cuando no aplicamos nuestro espíritu a las prácticas del amor sagrado, porque lo tenemos distraído en otras ocupaciones, o porque, perezoso de suyo, permanece inútil y negligente, entonces, puede ser tocado de algún objeto malo y sorprendido por alguna tentación.  

Esto sucedió a nuestra madre Eva, cuya perdición comenzó por cierto entretenimiento que halló en conversar con la serpiente y en la complacencia que sintió al oírla hablar del acrecentamiento de su ciencia, y al ver la hermosura del fruto prohibido; de suerte que aumentando la complacencia con el entretenimiento y éste con la complacencia, se encontró, al fin, tan comprometida, que, dejándose llevar hasta el consentimiento, cometió el desdichado pecado, al cual arrastró después a su esposo. 

“Si no nos entretuviésemos en la vanidad de los placeres caducos, y, sobre todo, en complacer a nuestro amor propio, sino que, una vez en nuestro poder la caridad, fuésemos cuidadosos de volar directamente hacia donde ella nos lleva, nunca las sugestiones ni las tentaciones harían presa en nosotros. 

Dios no quiere impedir que las tentaciones nos combatan, para que, resistiendo, se ejercite más y más la caridad, y pueda, por el combate, reportar la victoria, y, por la victoria, obtener el triunfo. Pero el que tengamos cierta inclinación a deleitarnos en las tentaciones, proviene de la condición de nuestra naturaleza, que ama tanto el bien, que está expuesta a ser atraída por todo lo que de bien tiene alguna apariencia; y lo que la tentación nos ofrece como cebo siempre tiene este aspecto. Porque, como enseñan las sagradas Letras, o es un bien honroso según el mundo, a propósito para provocar la soberbia de la vida mundana, o un bien deleitable a los sentidos, para arrastrarnos a la concupiscencia de la carne, o un bien útil para enriquecernos y para incitarnos a la avaricia o concupiscencia de los ojos. “Si nuestra fe fuese tal, que supiese discernir entre los verdaderos bienes, que podemos procurar, y los falsos, que debemos rechazar, y que estuviese vivamente atenta a sus deberes, entonces sería el seguro centinela de la caridad y le avisaría la presencia del mal que se acerca al corazón, y la caridad lo rechazaría al punto.  

Mas, porque nuestra fe está, ordinariamente, dormida, o menos atenta de lo que la conservación de nuestra caridad requiere, somos, con frecuencia, sorprendidos por la tentación, y, al seducir ésta nuestros sentidos, y al incitar éstos la parte inferior de nuestra alma a la rebelión, sucede, muchas veces, que la parte superior de la razón cede al empuje de esta rebeldía, y, cometiendo el pecado, pierde la caridad.  

“Con todo su séquito, es decir, con todos los dones del Espíritu Santo y demás virtudes celestiales, que son sus inseparables compañeras, si no son sus disposiciones y propiedades; y no queda, en nuestra alma, ninguna virtud de importancia, fuera del don de la fe, que, con su ejercicio, puede hacernos ver las cosas eternas, y el de la esperanza con su acción, los cuales, aunque tristes y afligidos, mantienen en nosotros la calidad y el título de cristiano que se nos confió por el bautismo. ¡Qué espectáculo más lamentable para los ángeles de paz, el ver cómo el Espíritu Santo y su amor salen de las almas pecadoras!  

Fragmento de: San Francisco de Sales. “Tratado del amor de Dios”. Libro 4 cap. 3

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