El deseo

El amor-atracción está relacionado con el amor-deseo, que es un amor interesado, en el mejor sentido de la expresión. El hombre y la mujer son seres limitados, y por el amor interesado del deseo tienden a completarse en la unidad. No hablamos aquí del mal deseo de la concupiscencia, en el que una persona es deseada como un medio para apagar la propia sed. Hablamos de un amor verdadero, que no es sólo deseo sensual, aunque también lo incluya, sino que llega a la persona: «Te quiero, porque tú eres un bien para mí». También Dios debe ser amado por el hombre con este amor.
La simpatía
La simpatía es un amor puramente afectivo, que hace sintonizar sensiblemente con otra persona, predisponiendo el corazón a captar en ella ciertos valores reales o supuestos. Nace a veces la simpatía de una cierta homogeneidad de caracteres, o de heterogeneidades complementarias, o incluso de formas apenas comprensibles -cuando se da, por ejemplo, hacia un sinvergüenza-. Como comprenderéis, la simpatía, si sólo cuenta con sus propias fuerzas, establece un vínculo interpersonal bastante débil, a causa de su falta de objetividad.
La benevolencia
Si ha de llegarse al amor pleno, no basta la atracción, el deseo y la simpatía; es preciso además y sobre todo querer con todo empeño el bien de la persona amada («te amo y quiero el bien para ti»). A este amor altruísta de la voluntad y de los sentimientos se le ha llamado justamente amor benevolentiæ, o simplemente benevolentiæ (querer bien -se entiende, para el otro-).
Este es el amor más puro, y es al mismo tiempo el amor que más enriquece tanto al que ama como al amado. Es el amor que dilata el corazón de la persona, sacándola de sí misma (éxtasis), liberándola de su congénito egocentrismo, para unirla profundamente a otra persona.
Por lo demás, sólo cuando la atracción, el deseo y la simpatía se ven sellados por el amor benevolente, es cuando alcanzan dignidad plena, profundidad y estabilidad. Así es como tenéis que amaros vosotros, novios y esposos.
La amistad, que normalmente incluye la simpatía, se fundamenta en el amor de la voluntad. Una persona se compromete en amistad con otra por medio de actos intensos de la voluntad, y de ahí provienen la firmeza y la persistencia que caracterizan toda amistad genuina. La amistad produce entre los amigos una gran unión («son inseparables»), lleva a compartir los bienes interiores y exteriores («lo mío es tuyo, lo tuyo es mío»), y se fundamenta en una clara benevolencia recíproca («yo quiero el bien para ti, como lo quiero para mí»).
Pues bien, el amor conyugal entre hombre y mujer es la forma más alta de amistad, la más profunda, la más duradera, la que lleva a compartirlo todo. Lo que quizá empezó en una simpatía -aunque no siempre-, ha llegado a ser un profundo amor de amistad personal. Y entonces, simpatía y amistad han de ir siempre de la mano. Error frecuente del amor humano es mantenerse en la mutua simpatía, sin llegar nunca a la verdadera amistad, o pretender una amistad que no cultiva suficientemente la simpatía. Y esto debéis saberlo los novios y los esposos, para que eduquéis así vuestro corazón en el verdadero arte del amor, ars amandi.
El amor matrimonial
El amor conyugal consiste en la recíproca donación de las personas. Incluye, pues, atracción y deseo, benevolencia, simpatía y amistad, pero va más allá que todo ello. Los esposos son entre sí mucho más que amigos. Darse a una persona para siempre es algo más que querer su bien. Recibir una persona para siempre, incorporándola a uno mismo como algo propio, es mucho más que experimentar hacia ella atracción, simpatía y amistad. Pues bien, en el matrimonio, tras una elección consciente y libre, un hombre y una mujer se entregan del todo mutuamente, y mutuamente se reciben, para siempre. Es algo realmente formidable…
Una objeción. Si la persona, como antes os decía, no ha de ser un objeto que pueda ser apropiado por otra ¿cómo será entonces posible y lícito el amor conyugal? ¿Es decente que él hable de «mi mujer» y que ella diga «mi marido»?… No sólamente es decente: es grandioso. Esa apropiación de la persona, que no es posible en un sentido físico, ni lícito en sentido jurídico, se hace posible en el orden moral del amor. En efecto, una persona puede darse a otra por amor, y de tal modo que ella no se pierda en la donación, sino que precisamente así se realice más plenamente. Y del mismo modo puede recibir a la otra persona, como cosa propia, en virtud del amor más genuino. Aquí, como en muchos otros casos, el habla ordinaria lo expresa muy bien: «Éste es mi marido, y yo soy su mujer».
Pues bien, tened en cuenta aquí que sólo puede darse aquello que se posee. Por eso cada uno de vosotros podrá darse de verdad al otro en la medida en que se posea a sí mismo, es decir, en la medida en que ttenga real dominio sobre sí mismo y sobre sus propios actos. Cuando véis que alguien es incapaz de darse realmente a la persona que ama ¿no se deberá esto -al menos entre otras causas- a que no tiene dominio sobre sí? ¿Y no habrá que explicar así la incapacidad de donación amorosa o la precariedad del amor entre ciertos novios o esposos?
A la donación personal corresponde la posesión -la posesión, por supuesto, no sólo corporal, sino personal-. Efectivamente, los esposos se dan y se poseen mutuamente. Pero no hay peligro alguno de que la posesión reduzca al cónyuge a la condición de objeto poseído por un sujeto, si de verdad la donación es mutua, y por tanto es también recíproca la posesión: «Yo soy al mismo tiempo tu esclavo y tu señor». Esto, sin embargo, no quita que en la unión sexual el don de sí sea experimentado psicológicamente de un modo en el hombre, que conquista a la mujer, y de otro en la mujer, que se entrega al hombre. Pero la sustancia del acto es la misma en uno y otra: también la mujer posee al hombre, y éste se le entrega.
MATRIMONIO EN CRISTO,  José María Iraburu
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