El hombre, cabeza de la familia

El hombre está llamado en la familia a ser esposo y padre. «Él ve en la esposa la realización de aquel designio de Dios: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gén 2,18)».
Y en el amor a los hijos, va formándose también su corazón de padre. «Por eso, donde las condiciones sociales y culturales llevan fácilmente al padre a un cierto desinterés por la familia o bien a una presencia menor en la acción educativa, es necesario trabajar para que se recupere socialmente la convicción de que la función del padre en la familia tiene una importancia única e insustituible» [25]. Muchos desequilibrios psicológicos y morales, proceden muchas veces de la ausencia del padre, o bien de una presencia machista y opresiva.

El hombre-esposo ha de saber «manifestar a su mujer la caridad suave y fuerte que Cristo tiene hacia la Iglesia». El hombre-padre, como cabeza de familia, ha de ser para los hijos «revelación en la tierra de la misma paternidad de Dios» [25] (+1 Cor 11,3; Ef 5,23s).
Los niños
La familia debe prestar una atención especialísima al niño, de tal modo que todo en ella debe estar subordinado a su bien, la vida profesional de los cónyuges, el uso de la televisión, el planteamiento de la casa, de las vacaciones, de lo que sea.
Cuántas veces, sin embargo, el bien de los hijos se ve sacrificado a las ambiciones o gustos de sus padres. Y cuántas veces éstos se interesan mucho más por el dinero o por la salud física que por la modelación espiritual de los niños, como si en vez de cultivar personas, criaran animales. Por el contrario, «la acogida, el amor, el servicio múltiple -material, afectivo, educativo, espiritual- a cada niño que viene a este mundo, deberá constituir siempre una nota distintiva de las familias cristianas. Así los niños, a la vez que crecen «en estatura y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52), serán una preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la misma santificación de los padres»

Los ancianos
Por otra parte, la familia cristiana ha de ser un hogar acogedor para los ancianos. «Hay culturas que manifiestan una singular veneración por el anciano», que encuentra así en la familia su marco propio; pero «otras, en cambio, especialmente donde se ha producido un desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado a los ancianos a formas inaceptables de marginación, que son para ellos fuente de grandes sufrimientos y de empobrecimiento espiritual para las familias» [27].
La familia cristiana, en todo lo que las circunstancias permitan, ha de integrar a los ancianos en su comunidad de amor, respetándolos, cuidándolos, y favoreciendo en ellos la actividad de que todavía son capaces, para que no se hundan en un ocio excesivo y perjudicial. La presencia benéfica de los parientes ancianos a veces sólo es apreciada cuando faltan.

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