El Señor se conmueve con la persona afligida

(RV).- Esta mañana a las 10,30 en el Aula Pablo VI del Vaticano Benedicto XVI celebró su tradicional encuentro con los fieles italianos y los peregrinos de diversas partes del mundo reunidos para escuchar su catequesis semanal dedicada también en esta ocasión a la Oración de Jesús, con sus obras de curación. El Sucesor de Pedro indicó que el Señor se conmueve y carga con la pena de la persona afligida, destacando que la compasión por quien sufre provoca la plegaria al Padre:
(Audio) RealAudioMP3 Catequesis del Papa.
CATEQUESIS COMPLETA

Queridos hermanos y hermanas
Hoy quisiera reflexionar con vosotros sobre la oración de Jesús en relación a su acción curativa prodigiosa. En los evangelios se presentan diversas situaciones en las que Jesús reza frente a la obra benéfica y sanadora de Dios Padre, que actúa a través de Él. Se trata de una oración que, una vez más, muestra la relación única de conocimiento y de comunión con el Padre, mientras Jesús se deja involucrar con gran participación humana en las angustias y necesidades de sus amigos, por ejemplo, Lázaro y su familia, o de tantos pobres y enfermos que Él quiere ayudar de manera concreta.

Un caso significativo es la curación del sordomudo (cfr Mc 7,32-37).

La narración del evangelista san Marcos, muestra que el poder sanador de Jesús está relacionado con su intensa relación tanto con el prójimo, el enfermo, que con el Padre. La escena del milagro es cuidadosamente descrita de la siguiente manera: «Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo suspiró y le dijo: “Effatà”, esto es “Ábrete” (7,33-34).
Jesús quiere que la curación tenga lugar “lejos de la multitud”. Esto no parece que sea debido sólo al hecho de que el milagro debe mantener escondido a la gente para evitar que se den interpretaciones restrictivas o distorsionadas de la persona de Jesús.

La opción de llevar el paciente a un lado, aparte, hace que en el momento de la curación, Jesús y el sordomudo se encuentren solos, próximos uno del otro en una singular relación. Con un gesto, el Señor toca los oídos y la lengua del enfermo, es decir, los lugares específicos de su enfermedad. La intensidad de la atención de Jesús se manifiesta también en las características peculiares de la curación: Él utiliza los propios dedos y hasta su propia saliva. El hecho de que el Evangelista proponga la palabra original pronunciada por el Señor – «Effatá», «¡Ábrete!» – evidencia el carácter único de la escena.

Pero el punto central de este episodio es el hecho de que Jesús, en el momento de realizar la curación, busca directamente su relación con el Padre. La narración dice, en efecto, que Él «… mirando al cielo, suspiró,»(v. 34).

La atención al paciente, el cuidado que le tiene Jesús, están relacionados con una profunda actitud de oración dirigida a Dios. Y la emisión del suspiro está descrita con un verbo que en el Nuevo Testamento indica la aspiración a algo bueno que todavía falta (cf. Rom 8:23). Toda la historia, pues, muestra que la implicación humana con el paciente lleva a Jesús a la oración. Una vez más reaparece su relación única con el Padre, su identidad de Hijo unigénito. En él, a través de su persona, se hace presente el acto curativo y benéfico de Dios. No es de extrañar que el comentario de la gente después del milagro recuerde la valoración que se hace de la creación al comienzo del Génesis: «Todo lo ha hecho bien » (Mc 7,37). En la acción curativa de Jesús entra de manera clara la oración, con su mirada hacia el cielo. La fuerza que ha sanado al sordomudo ciertamente ha sido provocada por la compasión hacia él, pero proviene del recurso al Padre 

Se encuentran estas dos relaciones: la relación humana de compasión por el hombre, que entra en relación con Dios y se convierte así en curación.

En el relato del evangelista Juan sobre la resurrección de Lázaro, esta misma dinámica se evidencia todavía más (cf. Jn 11,1-44). Aquí, también, se entrelazan, por un lado, el vínculo de Jesús con un amigo y con su sufrimiento y, por otro, la relación filial que Él tiene con el Padre. La participación humana de Jesús en la historia de Lázaro tiene rasgos particulares. A lo largo de la narración es recordada en varias ocasiones la amistad que tiene con él, así como con sus hermanas, Marta y María. Jesús mismo afirma: “Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo» (Jn 11,11).

El afecto sincero que tiene por el amigo es manifestado también por las hermanas de Lázaro, así como por los judíos (cfr Jn 11,3; 11,36), se manifiesta en la conmoción profunda de Jesús a la vista del dolor de Marta y María y de todos los amigos de Lázaro y acaba estallando en el llanto -tan profundamente humano- al acercarse a la tumba. Dice san Juan:

“Jesús entonces viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado?” Le contestaron. “Señor, ven a verlo”. Jesús se echó a llorar”. (Jn 11,33-35).

Esta relación de amistad, la participación y la conmoción de Jesús ante el dolor de los familiares y amigos de Lázaro entronca, durante todo el relato, con una continua e intensa relación con el Padre. Desde el principio, el acontecimiento es interpretado por Jesús en relación con la propia identidad y misión, y con la glorificación que le espera. De hecho, ante la noticia de la enfermedad de Lázaro, Él comenta: “Esta enfermedad no es mortal; es para la gloria de Dios” (Jn 11,4). También el anuncio de la muerte del amigo es acogida por Jesús con profundo dolor humano, pero siempre en clara referencia a la relación con Dios y con la misión que le ha confiado: «Lázaro ha muerto, 15 y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean» (Jn 11, 14-15). El momento de la oración explícita de Jesús al Padre ante el sepulcro es el desenlace natural de todo el evento que reside en este doble registro de la amistad con Lázaro y de la relación filial con Dios. También aquí las dos relaciones van parejas. «Padre, te doy gracias porque me oíste» (Jn 11, 41). Es una eucaristía.

La frase revela que Jesús no ha dejado, ni por un instante, la oración de petición por la vida de Lázaro. Esta oración continua, incluso refuerza el vínculo con el amigo y, contemporáneamente, confirma la decisión de Jesús de permanecer en comunión con la voluntad del Padre, con su plan de amor, en el que la enfermedad y la muerte de Lázaro son consideradas como sede de la manifestación de la gloria de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, leyendo esta narración, cada uno de nosotros está llamado a comprender que en la oración de petición al Señor no debemos esperar un cumplimiento inmediato de aquello que pedimos, de nuestra voluntad, sino que debemos confiarnos a la voluntad del Padre, interpretando cada hecho en la perspectiva de su gloria, de su plan de amor, a menudo misterioso ante nuestros ojos. Por esto, nuestra oración, petición, alabanza y agradecimiento deberían fundirse juntas, incluso cuando nos parezca que Dios no responde a nuestras expectativas concretas. El abandono al amor de Dios, que nos precede y nos acompaña siempre, es una de las actitudes de fondo de nuestro diálogo con Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica comenta de esta forma la oración de Jesús en la narración de la resurrección de Lázaro: «Introducida por la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela como pedir: antes de que la petición sea concedida, Jesús se adhiere a quien dona y que con sus dones se dona a sí mismo. El donador es más precioso que el don acordado; es el “Tesoro”, y el corazón de su Hijo está en él: el don se concede “por añadidura” (Mt 6, 21 y 6,33). Esto me parece muy importante. Antes que el don sea concedido adherirse a Aquel que dona, el donador más precioso del mundo. Por lo tanto, también para nosotros, más allá de lo que Dios nos dona cuando le invocamos, el don más grande que nos puede ofrecer es su amistad, su presencia, su amor. Él es el tesoro precioso que debemos pedir y custodiar siempre.

La oración que Jesús pronuncia mientras se aparta la piedra que sella el sepulcro de Lázaro, presenta también un desarrollo singular e inesperado. Después de haber dado las gracias a Dios Padre, Él añade: Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado» (Jn, 11, 42). Con su oración, Jesús quiere guiar a la fe, a la confianza total en Dios y su voluntad, y quiere mostrar que este Dios que amó tanto al mundo que envió a su Hijo unigénito, es el Dios de la Vida, el Dios que trae esperanza y es capaz de invertir las situaciones humanamente imposibles. La oración confiada de un creyente, por lo tanto es el testimonio vivo de esta presencia de Dios en el mundo, de su interés por el hombre, de su actuación para conseguir realizar su plan de salvación.

Las dos oraciones de Jesús, meditadas, que acompañan a la curación del sordomudo y a la resurrección de Lázaro, revelan que la profunda relación entre el amor de Dios y el amor al prójimo, deben incluirse en nuestra oración. En Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, la preocupación por el prójimo, especialmente si está necesitado o sufre, la conmoción ante el dolor de una familia amiga, le llevan a dirigirse al Padre, en esa relación fundamental que guía toda su vida. Pero también al contrario: la comunión con el Padre, el constante diálogo con Él, induce a Jesús a prestar atención de forma exclusiva a las situaciones concretas del hombre para ofrecer consolación y el amor de Dios. La relación con el hombre nos conduce hacia la relación con Dios y ésta última nos guía de nuevo al prójimo. 

Queridos hermanos y hermanas, nuestra oración abre la puerta a Dios, que nos enseña a salir constantemente de nosotros mismos para ser capaces de acercarnos a los demás, especialmente en los momento de prueba, para ofrecerles consolación, esperanza y luz. Que el Señor nos conceda ser capaces de orar con mayor intensidad, para reforzar nuestra relación personal con Dios Padre, agrandar nuestro corazón para acoger las necesidades de nuestro prójimo y sentir la belleza de ser “hijos en el Hijo” justo a tantos hermanos.

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