He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él

+Santo Evangelio

Evangelio según San Juan 1,29-34. 

Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 

A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. 

Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel». 

Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. 

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. 

Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios». 

+Padres de la Iglesia 

San Cirilo de Alejandría

    Un solo Cordero ha muerto por todos, aquel que guarda todo el rebaño de los hombres para su Dios y Padre, uno por todos para someter a todos a Dios (Cf. Rm 5,18), uno por todos para ganarlos a todos, para que finalmente todos “los que viven, no vivan ya para ellos, sino para el que ha muerto y resucitado por ellos” (2Cor 5,15) En efecto, cuando todavía estábamos bajo el pecado y sujetos a la muerte y la corrupción, el Padre ha entregado a su Hijo para nuestra redención, él sólo por todos, ya que todo está en él y él es más que todos. Uno sólo ha muerto por todos, para que todos vivan gracias a él.

    Así como la muerte golpeó al Cordero, inmolado por todos, así la muerte nos ha dejado en libertad, gracias a él. Todos estábamos en Cristo muerto y resucitado por nosotros y a causa de nosotros. Verdaderamente, una vez destruido el pecado ¿cómo no iba a ser destruido también la muerte que viene del pecado? Muerta la raíz ¿cómo podía conservarse el fruto? Muerto el pecado ¿qué razón quedaba para que muriésemos todos? De modo que podemos decir con gozo, respecto a la muerte del Cordero: “Muerte ¿dónde está tu victoria, muerte dónde está tu aguijón?”(1Cor 15,55)

+Oración

“Jesús mío, mi soberano Señor y verdadero Dios: ¿Qué fuerza te ha hecho descender del cielo a una gruta sino la fuerza de tu amor por nosotros?

Tú que habitas el seno del Padre, tú que reposas  en un pesebre.

Tú que reinas más allá de las estrellas, tú vienes a nacer sobre un poco de paja…

Tú que eres la alegría del cielo, yo te escucho gemir y llorar.

Dime, oh Jesús mío: ¿Qué fuerza desconocida te ha reducido a tal abajamiento? Una sola, la fuerza de tu amor por nosotros”. 

(San Alfonso Maria de Ligorio)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *