Formación Sacerdotal Comunitaria

Significado e importancia de la Formación Comunitaria, por S. Em. Cardenal Jorge Liberato Urosa Savino

Significado e importancia
de la Formación Comunitaria

S. Em. Cardenal Jorge Liberato Urosa Savino
Arzobispo de Caracas

Introducción


Quiero ante todo expresar mi gratitud al Emmo. Sr. Cardenal Re y a S.E. Mons Octavio Ruiz por su gentileza al solicitar mi intervención en esta reunión plenaria con una ponencia sobre uno de los aspectos de la formación sacerdotal: la formación comunitaria.

Estupenda la elección del tema de la formación sacerdotal para esta reunión de nuestra Comisión para América Latina. Estoy convencido de que el futuro de la Iglesia, guiada por el Señor y su Santo Espíritu, dependerá, entre otras cosas, de la calidad de sus sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos. Por eso es preciso que nos esforcemos en proporcionar a los futuros sacerdotes una esmerada formación.

Algunos problemas actuales


El ambiente general de la sociedad y de la juventud en nuestros días ofrece serias dificultades a la formación sacerdotal. Entre ellas podemos señalar la el retardo en alcanzar la madurez humana, la superficialidad y la inestabilidad, el hedonismo y la confusión sobre la sexualidad, el materialismo y el individualismo, el relativismo generalizado y el secularismo. Además, algunas fallas en el ministerio y vida de algunos presbíteros indican la necesidad de dedicar especial atención a la formación sacerdotal: la fragilidad para asumir compromisos permanentes y para desempeñar serias responsabilidades pastorales, la inmadurez ante los problemas afectivos, la falta de reciedumbre y fortaleza para la sostenida acción apostólica, la tendencia al individualismo y a la comodidad, y la falta de sentido eclesial en la vida personal y en la acción pastoral de la Iglesia diocesana.

Estos problemas indican la necesidad de mantener elevadas exigencias en la formación sacerdotal. Sin estas exigencias, los futuros sacerdotes, llamados a vivir durante toda su existencia una profunda vida de fe, de virtud, de entrega generosa y desinteresada en el servicio, de generosidad permanente, de servicio de caridad y comunión eclesial, de consagración del corazón y de su sexualidad en el celibato, serán incapaces, a pesar de sus buenas intenciones, de vivir a cabalidad sus sagrados compromisos y su responsabilidad pastoral.

Me corresponde presentar ante ustedes algunas consideraciones sobre uno de los aspectos de la preparación del candidato al sacerdocio: la formación comunitaria.

Este tema ha sido tratado por el Concilio Vaticano II en el decreto «Optatam Totius» sobre la formación sacerdotal (OT 11), y más recientemente por el Santo Padre Juan Pablo II en su Exhortación apostólica post-sinodal «Pastores dabo vobis» (43-44). Es preciso tener en mente también las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre el ministerio y vida de los Presbíteros en el Decreto «Presbyterorum Ordinis» y las del documento de Aparecida ( especialmente el n. 199) pues indican la meta de la formación sacerdotal. También ha sido desarrollado en las Normas Básicas para la Formación Sacerdotal de 1985(49-51); y también en varios documentos de la Congregación para la Educación Católica, tales como «Orientaciones para la educación en el celibato sacerdotal», del 11 de abril de 1974, y «Algunas normas sobre la formación en los Seminarios mayores» (Cong. Para la Evangelización de los Pueblos, del 25 de abril de 1987).

Para la mejor comprensión del tema lo dividiré en varios aspectos, y de antemano les pido excusas por descender a puntos muy concretos. Lo hago porque mi experiencia como formador durante largos años, y luego como Obispo, me ha permitido comprobar que omitir algunas precisiones en la marcha de los Seminarios, a la larga se revela nefasto para la calidad de los sacerdotes que quisiéramos tener, y puede causar graves daños a los fieles y a la Iglesia.

Significado de la formación comunitaria


Podríamos describir la formación comunitaria como el conjunto de líneas de acción, de orientaciones y actividades formativas que conlleva la vida comunitaria del Seminario. Este, que es como un gran laboratorio vivencial, debe estar dirigido a forjar en los candidatos una personalidad animada por el intenso deseo de la santidad y de la virtud en la entrega al prójimo como sacerdotes de Cristo y de la Iglesia (P.O. 13; Pastores dabo vobis 20). La comunidad formativa, sea un Seminario diocesano mayor clásico o una comunidad más reducida, sea una casa religiosa, debe ser un ambiente donde el joven candidato se forme progresivamente para ser, como presbítero en sus comunidades pastorales y en la vida diocesana, un verdadero discípulo, testigo y misionero de Cristo, factor de unidad, constructor de la paz, esforzado apóstol de la caridad.

La formación comunitaria, la vida comunitaria, tiene que ver con la formación humana y cristiana, con la formación y desarrollo de una personalidad afectiva y socialmente madura y estable, sociable y abierta, integrada en la comunidad, recia y comprometida, movida y animada por la caridad pastoral y dirigida hacia la santidad. Pero también tiene que ver con la formación espiritual, pues debe propiciar el ambiente de densidad espiritual cristológica y mariana, de oración, de vida litúrgica, de auténtica religiosidad, que permita al futuro sacerdote crecer en todas las virtudes, humanas, cristianas y sacerdotales. También juega un papel importante en la formación pastoral, pues el aprendizaje del apostolado debe hacerse en equipos, integrados a la comunidad formativa y a la comunidad donde se realiza el aprendizaje pastoral.

Esta formación comunitaria se va propiciando con el desarrollo paulatino, diario, de la vida de la comunidad formativa, dirigida por un competente equipo de formadores, en la cual cada candidato tenga la oportunidad de conocerse a si mismo, de calibrar y desarrollar sus virtudes, y al mismo tiempo de ser conocido y evaluado continuamente por los formadores.

Ella necesita un ambiente de fraternidad, amistad, serenidad y alegría, de libertad y confianza, pero también de elevados ideales y de normas claras y fuertes que exijan la apertura del candidato a los requerimientos de la vida sacerdotal, a los demás integrantes de la comunidad, y que lo ayuden a formarse en las diversas virtudes, para adquirir los mismos sentimientos de Cristo.

Elementos fundamentales de la formación comunitaria


1. Los formadores


Un elemento esencial de la formación comunitaria es el equipo formativo. Este debe estar constituido por sacerdotes que sean verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo: ejemplares, maduros y serenos, contentos con su vida sacerdotal, y muy bien integrados entre sí. No se puede desestimar la importancia del equipo, que es la clave para que la formación del Seminario o Casa Religiosa de formación produzca buenos frutos en el futuro.

Por ello los Obispos y Superiores mayores tenemos la responsabilidad de esmerarnos en seleccionar, preparar y asignar los mejores sacerdotes a las comunidades formativas, a fin de que se eviten los fracasos que se dan luego por tener presbíteros pobremente formados.

Un aspecto fundamental del equipo es la integración de los miembros entre sí, y de estos con el Obispo o Superior religioso, y con el presbiterio diocesano o la comunidad religiosa. Si no hay unidad, si hay divergencias o, peor aún, si hay conflictos entre ellos, se produce un antitestimonio negativo, y se produce además un ambiente disgregado entre los formandos, que lleva directamente a crisis muy graves en el Seminario.

Los formadores deben dedicarse exclusivamente a su trabajo formativo, y estar atentos a la marcha del Seminario y de cada alumno, a fin de ir discerniendo con acierto qué hacer en cada momento, y calibrar las aptitudes de los diversos candidatos a la excelsa pero exigente vida sacerdotal.

2. Una espiritualidad y ambiente de comunión


La vida comunitaria debe formar al joven en la intensa vivencia de la caridad en el Espíritu.

El joven debe percibir que su vida, como la de todo cristiano, pero sobre todo, la de un auténtico pastor, debe estar siempre animada por la caridad, y dedicada a fomentar la comunión con Dios y de los seres humanos entre sí. Por ello la insistencia en la caridad como reina de todas las virtudes, según nos enseñan San Pablo en 1ª Corintios y San Juan en su primera carta. Ella deberá manifestarse en la responsabilidad personal, en la proactividad, en la amabilidad, en el espíritu de servicio, en las virtudes humanas de integración y de la vida social, en la caridad pastoral como la plantea el Doc. Presbyterorum Ordinis, en la corresponsabilidad con los demás, especialmente con el Seminario y luego con el Obispo y el presbiterio.

Para infundir y crear un ambiente de espiritualidad de comunión son necesarios las frecuentes y sistemáticas charlas y encuentros formativos de los superiores, tanto del Rector como del Director Espiritual y de los formadores de cada grupo de seminaristas. Estos encuentros deben ser motivadores, inspiradores, basados en las Sagradas Escrituras, especialmente en las enseñanzas del Señor y de los Apóstoles, en los Santos Padres y el Magisterio de la Iglesia, así como en los testimonios y ejemplos de los grandes santos sacerdotes.

3. Una espiritualidad y ambiente de servicio


La señalo aparte por su importancia. En una sociedad egoísta y materialista como la nuestra, los jóvenes deben aprender a tener en sus corazones la actitud de pobreza evangélica y de opción preferencial por los pobres, de disponibilidad total y de servicio del Señor Jesús, que no vino a ser servido sino a servir. Y en este sentido, cada uno debe ser asignado a servir a sus compañeros y a la comunidad en general, con la responsabilidad y la ejecución de tareas concretas en beneficio de la casa de formación y de sus compañeros, y con una actitud permanente de ayuda a los demás, que será clave para su desempeño como futuro sacerdote, servidor de la comunidad pastoral. Una espiritualidad y ambiente de servicio exige también una ascesis permanente, una vida austera y esforzada, para que el candidato asuma la abnegación y la donación de sí mismo como algo connatural, como una virtud realmente adquirida con el paso del tiempo.

4. La liturgia en la formación comunitaria


La vida del Seminario debe estar centrada en la liturgia, especialmente en la Eucaristía. Una de las deficiencias actuales de la formación sacerdotal en algunas partes es precisamente la vida litúrgica. Esta debe ocupar un papel central en la marcha el Seminario, puesto que el sacerdote diocesano o de vida consagrada, es y debe ser el liturgo, el santificador de su pueblo, y eso lo apreciará y asumirá el candidato en la medida en que la vida del Seminario dé la importancia debido a la liturgia y a la vida de piedad personal y comunitaria, en particular a la Eucaristía y a la devoción a la Stma. Virgen María.

5. El programa de vida del Seminario o casa de formación


Este programa, con sus correspondientes calendario anual y horario diario, debe formularse de tal manera que la inserción comunitaria de los candidatos sea evidente: la oración, la liturgia y los ejercicios de piedad, el estudio personal y la reflexión en común, las comidas comunitarias, el trabajo en beneficio de la casa, el deporte y la recreación, las celebraciones festivas, el respeto a las áreas y tiempos de silencio, descanso y recogimiento, etc.

Todo ello debe tener un carácter claramente fraterno y comunitario, que propicie la integración, la comunión, la amistad y la fraternidad, la responsabilidad personal y la corresponsabilidad, el liderazgo y la proactividad, y que evite a toda costa el aislamiento, el individualismo, el egoísmo y la atrofia de las cualidades del candidato. En este sentido hay que organizar las actividades comunes, tales como el servicio de Capilla, de biblioteca, de comedor y cocina, de limpieza, de deportes, de enfermería, etc.

6. Las exigencias formativas: la disciplina y el reglamento


Los elementos que enmarcan la vida comunitaria deben ser expresamente formulados y bien conocidos por todos los alumnos, y se debe exigir el cabal, pronto y gozoso cumplimiento de las obligaciones de cada uno en la casa. Y para eso es fundamental e imprescindible el reglamento o normas comunitarias. Todo grupo humano necesita normas precisas de vida y acción, que se exigirán con la debida prudencia, donde estén claramente señalados actividades, tiempos y espacios, obligaciones y posibilidades; que permitan formar a los alumnos en la generosidad, en la ascesis, en la caridad personal y pastoral, en la obediencia, en la puntualidad, en la responsabilidad, en el servicio, en la tolerancia, etc. Sin tales normas el Seminario se convierte simplemente en una residencia estudiantil, sin ningún efecto positivo sino, por el contrario, deformativo y, a la larga, fatal.

Y las exigencias de la vida comunitaria deben ser de alto nivel, no cómodas o mediocres. En este sentido, la formación sacerdotal de hoy, y en concreto, la vida comunitaria, si quiere ser buena y producir estupendos frutos, deberá ser exigente, e ir contra corriente de las actitudes y criterios de la sociedad actual.

7. El Obispo como formador


Por último, quiero tocar brevemente este punto: el Obispo como principal formador. Mucho insisten los documentos de la Iglesia sobre el papel del Obispo y, por analogía, del Superior Mayor de institutos de Vida Consagrada.

Para desempeñarlo, el Obispo debe reunirse con los formadores, visitar frecuentemente el Seminario, reunirse con los alumnos, y calibrar los diversos elementos formativos. De esta manera podrá incidir realmente en las líneas de formación que imparta el Seminario. La responsabilidad inicial y última de la ordenación de buenos sacerdotes recae sobre el Obispo. Y por ello, debe estar muy atento al desarrollo de los diversos aspectos de la vida del Seminario.

Conclusión

El mundo moderno presenta serios retos a la Iglesia. Para afrontarlos debidamente necesitamos sacerdotes que quieran de verdad configurarse a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, muy bien preparados, con una personalidad definida, recia y bien integrada, con aptitudes de liderazgo específicamente religioso y pastoral, con una actitud generosa de servicio, animados por la caridad apostólica. Para ello, es muy importante atender con seriedad los diversos aspectos de la formación comunitaria a fin de que los sacerdotes del futuro tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cfr. Fil 2).

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