«No eres mejor sacerdote por el número de seguidores que tengas»

 


Con más de dos millones de seguidores, el padre Heriberto García Arias ha hecho de TikTok, Instagram y YouTube un púlpito para anunciar la pasión de su vida: el amor a Cristo.
Fuente: Matilde Latorre de Silva – EL DEBATE

Con más de dos millones de seguidores, el padre Heriberto García Arias, sacerdote nacido hace 35 años en México, ordenado en 2016, ha hecho de TikTok, Instagram y YouTube un púlpito para anunciar la pasión de su vida: el amor a Cristo.

Basta leer los comentarios y verificar las reacciones de los cientos de miles de jóvenes que le siguen para comprender que se ha convertido en motivo de inspiración diario para sus vidas, un auténtico servicio de evangelización.

En esta entrevista con El Debate, el padre Heriberto abre su corazón para explicar el auténtico motivo de este éxito: presentarse únicamente como instrumento en manos de Dios… y obedecer a su obispo.

«La gente no ha optado por seguirme a mí, en realidad, quiere seguir a Dios», afirma este sacerdote de apenas treinta y cinco años y con seguidores por todo el mundo.

Dios, poco a poco, ha roto todos esos límites

–La primera pregunta, surge espontánea al ver los números, ¿cómo comenzó con las redes sociales?

–Tengo que confesarte, que crecí con un trauma, que era hablar o leer en público. Me suponía no dormir un día antes de leer en el seminario, tenía que aprender el texto de memoria. Era un trauma o algo que yo viví así, aunque no sea nada del otro mundo.

Un día dije: «Señor, si tú me llamas para esto, me tienes que cambiar muchas cosas, porque yo no puedo responder con mis limitaciones a la inmensidad que me estás exigiendo como sacerdote. Así que me tienes que ayudar, ya que sabes hasta dónde llego». Y Dios, poco a poco, ha roto todos esos límites.

Me gustaba hacer videos. Después me puse a hacer cortometrajes. He sido director de comunicaciones y portavoz de una catedral, obviamente sin ningún estudio, solo porque me gustaba.

Así comenzó mi actividad en las redes sociales: para mí era un reto. Al principio, solo cortaba las homilías y las compartía para los jóvenes, ya que era la única forma de acercarnos durante la pandemia. Ahora ya es una bola de nieve que no puedo detener, porque hay mucha gente que está esperando alimentarse espiritualmente.

En las redes, no hay clericalismo. Yo me presento como sacerdote y obviamente hablo como como sacerdote, me carcome la palabra de Dios y lo digo. Si a alguien que escucha, le ayuda, soy feliz. Pero hay que estar con la cabeza fría. Como sacerdote, recibo propuestas todo el tiempo. Hay tentaciones todo el tiempo.

Según el número de seguidores será el tamaño del escándalo, si hago algo mal. Todos se exponen en redes. Es algo que hay que cuidar mucho. Pero la verdad es que motiva muchísimo recibir mensajes de personas que me agradecen una reflexión, pues les llegó en un momento concreto y les ayudó.

Ahora estoy estudiando Comunicación Institucional, en la Universidad de la Santa Cruz en Roma, para ser portavoz.

Lo más importante, antes de empezar esta misión digital fue ir a escuchar, sentir y vibrar con los jóvenes. Tenemos que saber cuáles son sus miedos, si no, no les podemos hablar. No les puedes hablar sin comprender lo que están viviendo.

Yo estoy presente en las redes sociales, siempre escuchando a mi señor obispo, a quien yo le debo obediencia, y siempre estoy en contacto con él, explicándole lo que hago. Me he equivocado mucho y me ha servido para aprender. Las redes son un peligro, pero no tenemos opción, nos la tenemos que jugar. Si el señor obispo me dice: «cierra eso»; yo lo cierro, porque no es mío. De esta forma, hago las cosas con toda la tranquilidad y toda la libertad, sabiendo que Dios me lo está pidiendo.

No eres buen sacerdote por el número de seguidores que tengas en las redes

–Con frecuencia, a los influencers con millones de seguidores, el ego se les sube hasta convertirse en una tentación. ¿Ha experimentado usted esta tentación?

–Obviamente llegan oportunidades de todo tipo: te halagan, te aplauden…. Pero hay algo que te da equilibrio: te conviertes también en la imagen de la Iglesia y hay quien, en su resentimiento, en su dolor, en sus heridas, al ver a un sacerdote que está en las redes sociales, destapa todo, porque la gente saca lo peor y lo mejor. Hay gente que quiere que sea Papa y gente que me quiere meter a la cárcel, porque considera que soy un «abusador» por el simple hecho de ser sacerdote.

No eres buen sacerdote por el número de seguidores que tengas en las redes. Ahora bien, la Iglesia tiene que salir a la calle. No nos podemos alejar de la gente. Ciertamente, esto implica un peligro, pero ya no es una opción, necesitamos estar ahí. No digo que tengan que estar en las redes todos los sacerdotes. Para eso hay carismas. Hay que estar en todos los ámbitos. Benedicto XVI hablaba del primer anuncio y el primer anuncio es esto: me están viendo con un cuello clerical siempre que hablo.

Necesitamos llegar a las personas, necesitamos estar con ellas y llegar allí donde están. Si quiero llegar, necesito utilizar todas las herramientas de marketing, todos los colores, todo lo que sea para poder llegar. Si no, no llego. Yo, como sacerdote, estoy tratando de llevar la Palabra de Dios a las redes, tratando de llevar esperanza. Aunque muchas veces no menciono explícitamente a Dios, me están viendo a mí, un sacerdote, que está hablando, tratando de recuperar la esperanza en los adolescentes, porque hay mucha depresión. Tengo que poner música bonita, luces efectos, lo que sea para llegarles.

De esto se trata el primer anuncio. Gracias a Dios, el obispo lo ha entendido, porque yo se lo he explicado y a mí eso me da mucha paz. Y también me da mucha paz el hecho de que, llegando a Roma, buscando dónde hacer mi servicio, me ofrecieron trabajar en el Dicasterio para las Comunicaciones, acompañando a influencers. A veces puedo pensar que me estoy equivocando, pero luego me doy cuenta de que es una herramienta, es un camino para el encuentro.

Si los adolescentes pasan doce horas al día en la pantalla del teléfono, tenemos que llegar por ahí. No podemos meterles en un salón, no es posible. Estos son los nuevos púlpitos, donde tenemos que llegar con su lenguaje, que tiene muchos peligros. Lo tenemos que hacer como lo hicieron, en la historia, los misioneros que se iban a tierras lejanas y hacían lo que fuera para evangelizar. De esa misma manera necesitamos llegar y nos la tenemos que jugar, pero al final Dios está ahí.

La gente no ha optado por seguirme a mí, en realidad, quiere seguir a Dios

–¿Cuál es su método en las redes?

–Yo tengo una hora al día para las redes sociales, una hora sólo para subir contenido. No consumo redes sociales, pero produzco todo lo que puedo para las redes sociales. Yo no puedo dedicar mi vida a esto, porque tengo mi sacerdocio, ahora tengo la universidad, clases en la mañana y en la tarde. Por tanto, voy al grano, grabo, lo comparto, y lo replico. Lo subo y desaparezco. Luego ya no vuelvo a abrir las redes, no me alcanza la vida.

Lo que me interesa es tratar de acompañar a las personas, sobre todo a los jóvenes, hacerlos críticos, entenderlos, saber qué les importa, para poder ayudarlos. Creo que por ahí está la forma de llegar con el Evangelio, de estar ahí.

–¿Cómo obtiene reacciones de las personas a las que ha tocado el corazón?

–No sólo hay que fijarse en el número de seguidores o en el de los likes. Los comentarios ayudan mucho. Hay sacerdotes, que trabajan pastoralmente en la cárcel, se comunican conmigo, y me impulsan a no detenerme. Esto no quita que también haya insultos. En los comentarios hay muchísimos agradecimientos. Escucho a la gente para comprender cómo le llega el mensaje. Hay personas a quienes ese mensaje puede a cambiar su vida. Por eso, por una persona que lo vea, necesito hacerlo, esa es mi motivación.

Cuando me llegan comentarios de videos que yo ni siquiera me acuerdo, exclamo: «¡Dios! Es Él quien está hablando». Eso me motiva a seguir adelante.

No es una obligación porque esto no lo elegí yo, Dios me lo puso y Dios me puso esa gente para que, a través de mí, se alimenten espiritualmente. Yo sólo soy el puente, soy el instrumento. Hay que quitarnos de en medio y señalar siempre a Dios. Esto debemos tenerlo todo el tiempo en mente: saber que todo eso que te dicen no es personal, ni lo bueno ni lo malo. Hay que darse cuenta de la responsabilidad que Dios me está dando: la gente no ha optado por seguirme a mí, en realidad, quiere seguir a Dios.