Sentado en una barca se encontraba el Divino Maestro enseñando a la multitud que, a las márgenes del lago, escuchaba la serena y encantadora tonalidad de la voz de Dios. Allí les enseñaba por medio de muchas parábolas, entre ellas la del sembrador.

 

(Gaudium Press) «Dijo Él: Un sembrador salió a sembrar. Y, sembrando, parte de la semilla cayó a lo largo del camino; los pájaros vinieron y la comieron. Otra parte cayó en suelo pedregoso, donde no había mucha tierra, y nació en seguida, porque la tierra era poco profunda.

Luego, sin embargo, cuando el sol nació, se quemó, por falta de raíces. Otras semillas cayeron entre las espinas: las espinas crecieron y las sofocaron. Otras, en fin, cayeron en tierra buena: dieron frutos, el ciento por uno, sesenta por uno, treinta por uno» (Mt 13, 4-8). ¿Qué simboliza esta semilla? La Palabra de Dios (cf. Mt 13, 19), sea ella contenida en la Sagrada Escritura o en la Sagrada Tradición.

Entretanto, ¿será que Dios dejaría su Palabra Eterna e Inmutable, a merced del Maligno – como alude esta parábola – o la abandonaría en un suelo pedregoso o entre las espinas (cf. Mt 13,19-22), quedando así expuesta a las innúmeras intemperies que los siglos producen?

Fue justamente para preservarla de los muchos males que sobrevendrían, que preparó una tierra buena y fértil que, acogiendo la semilla sana, rindiese frutos «cien por uno, sesenta por uno, treinta por uno» (Mt 13,23). Este suelo fecundo se llama Magisterio de la Iglesia, que oyendo y comprendiendo, enseña a los demás la doctrina infalible. Su altísima misión es: proteger a su pueblo de los desvíos y las relajaciones, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica [1]. El Magisterio es un instrumento que nos garantiza estar de acuerdo con la doctrina de los Apóstoles, enseñada a ellos por el propio Divino Maestro. Por tanto, la obligación del Magisterio está en cuidar que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad. Así, «para ejecutar este servicio, Cristo dotó a los pastores del carisma de infalibilidad en materia de fe y de costumbres» [2].

Si no fuese el Magisterio…

Sin el Magisterio el grande y bello edificio de la doctrina verdadera estaría sujeto a la infiltración de la heterodoxia [3] y así, podría mezclarse con el error, un antro de confusión, caos y horror. La propia Iglesia, fuente de la luz y unión fraterna, sería un abismo de desorden y desunión. Y, como consecuencia, dejaría de caminar rumbo al cumplimiento del deseo de Dios: que todos sean un solo corazón y una sola alma (cf. 1Pd 3,8).

Imaginemos, por ejemplo, una gran ciudad donde vivan millones de personas. Podemos decir que casi todos los habitantes poseen un reloj. Por tanto, en esa ciudad existen millones de relojes. Son innúmeros, pero no serviría de nada si no hubiese un reloj puesto por Dios, llamado sol, por el cual los hombres pudiesen saber la hora precisa. Los relojes particulares entran en desacuerdo, uno adelanta, otro atrasa. Por causa de la soberbia humana, la persona no querrá reconocer que su reloj está equivocado, y que el otro está correcto. De ese modo sucedería que, por falta del reloj infalible, según el cual todos los otros se deben regular, nadie tendría la hora correcta. Esta imagen ilustra algo de la mente humana: cada hombre piensa a su manera. Argumentan, discuten, y acaban no convenciéndose enteramente. O hay alguien capaz de determinar con acierto: «¡esto es tal cosa!», o nadie acaba conociendo la verdad.

Cuando en la Edad Media, la ciencia había progresado lo bastante para que se pudiesen fabricar relojes mecánicos, estos comenzaron a ser colocados en las torres de los templos católicos. Por eso, se decía con mucha poesía que la Iglesia indicaba la hora correcta del pensamiento humano. Hacia Ella, todos se dirigen corrigiendo sus «relojes» individuales, quiere decir, sus mentes. En materias tan esenciales para nosotros, como Fe y moral, era necesario que hubiese alguien con la misión de enseñar y que no cayera en equivocación al interpretar la Revelación. Ese es el «reloj» que regula la humanidad: el Magisterio de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana [4]. Si el mundo lo abandona, se va dejando invadir por el desatino y por toda suerte de extravíos. Por eso, es preciso que creamos firmemente en aquellas definiciones que el Magisterio de la Iglesia declara como siendo reveladas por Dios y como enseñanzas de Nuestro Señor [5].

«Quot caput tot setentia»

El Papa León XIII en pocas palabras comenta la necesidad de que exista ese principio ordenador de todo: «si la doctrina celestial de Jesucristo, aunque en gran parte esté consignada en libros inspirados por Dios, hubiese sido entregada a los pensamientos de los hombres no podría por sí misma unir a los espíritus» [6].

Esta enseñanza del Papa, nos hace recordar aquel viejo proverbio tan común a nuestros oídos: «Quot caput tot setentia» (cada cabeza una sentencia). Ese adagio nos da la oportunidad de explicar el motivo por el cual a lo largo de los tiempos fueron surgiendo varias sectas con la intención de dar una sentencia correcta -o mejor, de acuerdo con sus intereses- a los diversos pasajes de la Sagrada Escritura que podrían parecer un poco oscuros o difíciles de ser interpretados. Cada una de esas ideas inusitadas e inauditas impregnadas de libre interpretación puede ser comparada a una cabeza con sentencias distintas de las demás. Sin embargo, ocurre que Nuestro Señor es la única Cabeza de un único Cuerpo, y fue a este único Cuerpo que Él entregó el ‘múnus’ de enseñar.

Iglesia, columna y sustentáculo de la verdad (Cf. 1 Tm 3,15)

Por esa razón, el más augusto y valioso de los tesoros, el patrimonio sagrado de la fe, también llamado de «depositum fidei», contenido en la Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura, fue confiado por los apóstoles a la totalidad de la Iglesia [7]. «Pero para que el Evangelio siempre se conservase inalterado y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores a los Obispos, entregándoles su propio encargo de Magisterio» [8]. La Iglesia, por tanto, tiene la asistencia del Espíritu Santo, para guardar santamente, explorar más profundamente, anunciar y exponer con fidelidad toda la verdad revelada [9]. El Magisterio es el eco de la voz del Divino Maestro que continuamente habla a los hombres y que se hace oír a través de la Iglesia. Y por eso, Nuestro Señor la fundó y la conservó: para transmitirle la continuación de la misma misión que Él recibió de Dios Padre [10].

Fue a los Doce Apóstoles que el Divino Maestro dijo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones; bautizadlas en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñadlas a observar todo lo que os prescribí» (Mt 28, 19,20). Y también: «Quien os oye, a mí oye; y quien os rechaza, a mí rechaza; y quien me rechaza, rechaza a aquel que me envió» (Lc 10,16).

Entretanto, no era solamente a las naciones de la época de los Apóstoles, que Nuestro Señor se refería al dar el mandato de predicar el Evangelio. Pues Él: «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»(1Tm 2,4). Esa su voluntad salvífica no admite ninguna excepción ni incluso limitación por parte del tiempo, y por eso prometió: «estaré con vosotros hasta los fines de los tiempos» (Mt 28,20).

Acerca de eso, escribe San Jerónimo: «Quien promete estar con sus discípulos hasta la consumación de los siglos, muestra con eso que sus discípulos vivirán siempre, y que Él mismo no cesará de estar con los creyentes» [11]. Pero, agrega la Encíclica Satis Cognitum: «¿cómo habría de suceder esto únicamente con los apóstoles, cuya condición de hombres les sujetaban a la ley suprema de la muerte? La Providencia divina había, pues, determinado que el Magisterio instituido por Jesucristo no estaría restringido a los límites de la vida de los apóstoles, sino que duraría siempre» [12].

Camino más seguro

Dios depositó en nuestros corazones un anhelo y una sed por la verdad, que aunque ya comienza a saciarse aquí en la Tierra, solo obtendrá su plena satisfacción en la Visión Beatífica, donde veremos cara a cara a Aquel que es la propia Verdad (Cf. Jn 14,6). Entretanto, aquí en este valle de lágrimas no siempre la encontramos, y debido al pecado original fácilmente caemos en el error. Así, a fin de que sin grandes dificultades pudiésemos alcanzarla, Dios nos envió a Su Hijo para dar testimonio de ella (Cf. Jn 18, 37) y después fundó «la Iglesia de Dios vivo, columna y sustentáculo de la verdad» (1 Tm 3,15), para que Ella, ejerciendo su autoridad en nombre de Nuestro Señor, nos presentase la interpretación auténtica de la palabra de Dios escrita o transmitida [13].

El Magisterio es, por tanto, el camino más seguro para -juntamente con la Sagrada Escritura y la Tradición- subir hasta los tesoros inestimables de Dios, del cual somos hijos y herederos.

Por Lucas Alves Gramiscelli

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[1] Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, n. 890.

[2] Idem.

[3] Heterodoxo: aquello que no es ortodoxo, esto es, que no está de acuerdo com la doctrina verdadera.

[4] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. n. 19. Out. 1999. Os três pilares da piedade «pliniana». p. 23.

[5] Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, n. 891.

[6] León XIII, Carta Encíclica Satis Cognitum, n. 12. ASS 28 (1895-96) p. 711 ss.

[7] Cf. CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA,, n. 84.

[8] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 7. In AAS 58 (1966) p. 820.

[9] Cf. CIC, Can. 747 § 1.

[10] Cf. León XIII, Carta Encíclica Satis Cognitum, n. 7.

[11] San Jerónimo, In Matth. IV, 28, 20. Cf. Leão XIII, Carta Encíclica Satis Cognitum, n. 15. ASS 28 (1895-96) 711 ss.

[12] León XIII, Carta Encíclica Satis Cognitum, n. 15. ASS 28 (1895-96) 711 ss.

[13] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 10. In AAS 58 (1966) p. 822.