JESUS, MODELO DE SACERDOTE

Es un hombre en el cual Cristo, el único Mediador, cumple ininterrumpida y actualmente la función de salvación que reservó a los apóstoles.

 

 

Cristo Jesús, en quien reside toda la plenitud de la divinidad, fue enviado por el Padre para realizar el plan de salvación universal, recibiendo de Él todo poder para cumplir su misión. Fue ungido por el Espíritu Santo, y después de haber cumplido la voluntad del Padre que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, hasta dar su vida como rescate por muchos, destruyó la muerte con la resurrección y volvió al Padre penetrando los cielos, donde reina eternamente e intercede por sus hermanos.

El sacerdote, cuya tarea es continuar la misión de Cristo, halla la fuente última de su misión en el amor salvífico del Padre, y el origen inmediato de su vocación en Cristo, que lo llama por su nombre, como llamó a los apóstoles, e infunde en él su Espíritu para marchar hacia el Padre con sus hermanos. En esta realidad trinitaria, fuente de la misión de la Iglesia, se arraiga y encuentra plena justificación la vocación y misión del sacerdocio ministerial.
El mismo Cristo promovió a sus apóstoles como ministros, de manera que poseyeran en la sociedad de los creyentes la sagrada potestad del Orden. Por medio de los apóstoles el Señor «hizo partícipes de su propia consagración y misión a los sucesores de aquéllos, que son los obispos, cuyo cargo ministerial, en grado subordinado, fue encomendado a los presbíteros, a fin de que… fuesen cooperadores del Orden episcopal para cumplir la misión apostólica confiada por Cristo»1.
Por intermedio del obispo los sacerdotes son llamados por Cristo a una vocación especial. Están en el mundo pero no son del mundo2, y en virtud de la consagración están capacitados para cumplir la misma misión de Cristo de anunciar a todos que «el tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca»3, y de presidir, enseñar y santificar al Pueblo de Dios. El principio constitutivo del sacerdocio ministerial es Cristo, sacerdote y víctima de la nueva y eterna alianza. El principio eficaz es la elección y misión especial por parte de Dios, que convierte al sacerdote en instrumento de Cristo. El principio ejemplar es la diaconía de Cristo, cuyas imágenes dan luz a la identidad del sacerdote. Cristo enviado por el Padre para salvar al mundo, que indica la universalidad de la misión; Cristo siervo, que subraya la renuncia de Cristo, quien vino no a ser servido sino a servir y a dar su vida; Cristo Pastor y Maestro, que vela con amor, guía a su rebaño y lo reúne en el único redil. Él es la Palabra viva del Padre que convoca a los hombres a su reino.
El relieve que se le da a la función ministerial subraya la relación esencial del sacerdote con la persona de Cristo. El sacerdote, en efecto, es signo e instrumento del único Sacerdote y Mediador ante el Padre —Jesucristo—, y continuación de Él sobre la tierra, que actualiza el poder de Cristo de anunciar la Palabra, de renovar el sacrificio de la cruz en la Eucaristía, de perdonar los pecados y de guiar al Pueblo de Dios. Es imposible separar el ser del sacerdote del ser de Cristo, la vida del sacerdote de la vida de Cristo. Los presbíteros deben estar convencidos de que su identidad sacerdotal se realiza únicamente en la conformidad total con la identidad de Cristo, con conocimiento, coherencia y fervor del espíritu. Han de recordar que Cristo, al cumplir su misión de Salvador, aceptó el camino de la Encarnación, despojándose de sí mismo y tomando todo lo que es propio de la condición humana4 excepto el pecado5. Esta Encarnación ha ser un signo de toda la actividad apostólica y misionera del sacerdote.
El sacerdote, se dice en teología, es alter Christus. El presbítero, hombre de Dios y ministro cooperador de Cristo, está llamado y constituido en favor de sus hermanos para realizar acciones salvíficas que trascienden la eficacia natural6, y por ello obra in persona Christi. El presbítero, como profeta-maestro, escucha atentamente la Palabra para poderla proclamar y enseñar a sus hermanos, y en esta relación de escucha-proclama se une más intrínsecamente a Cristo y se deja guiar por su Espíritu7. El presbítero, como ministro sagrado, obra de modo eminente y privilegiado in persona Christi en la celebración de la sagrada Eucaristía8. Por ello debe asemejarse a Cristo, y el único camino o medio para lograrlo es la cruz pascual de Jesucristo que posee toda la potencia salvadora del Redentor, ya que en ella es clavado el hombre viejo a fin de que aparezca el hombre nuevo9.
El ejercicio de la caridad pastoral de Cristo estimula, exhorta, exige del sacerdote la donación perfecta de su vida en beneficio del pueblo al frente del cual ha sido colocado por su obispo-pastor. Esta caridad ha de ser la misma caridad de Cristo, aquella caridad del Espíritu que procede del Padre y del Hijo y que capacita al sacerdote-pastor para consolar a los que sufren, orientar a los que están confundidos, iluminar a los ciegos, liberar a los cautivos, devolver el oído a los sordos, dar de comer a los hambrientos y vivificar a los que están muertos por el pecado. Todos los buenos pastores se identifican con el único Pastor. Si hubiera muchos pastores, habría división. Todos los buenos pastores son como los miembros del único Pastor, son como los amigos del esposo, que no pretenden hacer oír sus voces sino que se complacen en que se oiga la voz del esposo. Por eso, cuando ellos apacientan es el Señor quien apacienta, porque la voz y la caridad de sus pastores es la voz y la caridad de Cristo, el Buen Pastor. Por ello puede decir Jesucristo que Él mismo apacienta sus ovejas, como señala San Agustín.
Llamada, misión, ir subiendo hacia la cruz en una cercanía inmediata al Señor, compartir la vida misma de Cristo enviado por el Padre a este mundo cerrado al amor por la desobediencia y la ambición. La misericordia entrañable del Padre con el envío de Cristo pretende convertir este campo de guerra en un inmenso hogar.
Cristo ha invitado a sus apóstoles a unirse al ministerio de su pascua, sirviendo y dando su vida, alentados por su propio aliento que es el Espíritu Santo. El apóstol está con Cristo para convocar, congregar y conducir a los hombres, especialmente a los pobres del camino, a la mesa en la que el pan partido es Cristo mismo. El apóstol será testigo hasta los confines del mundo, comulgando en su propia vida, estando con Él, recostándose en el pecho de Jesús, existiendo por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo. Viviendo en las entrañas de Cristo completa el apóstol lo que falta a la pasión de su Señor. Todo nace y va creciendo desde las entrañas del amor de Cristo, que se conmueve al ver a las ovejas sin pastor10. Su conmoción misericordiosa es la misma que la del padre al volver el hijo extraviado11, que la del samaritano al ver al moribundo en la orilla del camino12; la va sintiendo por los caminos al contemplar a los hermanos destrozados por la culpa, por el dolor o por la muerte. La caridad pastoral es en Cristo un vuelco en el corazón, es todo el amor entrañable del Padre por nosotros que se ha aparecido en Jesucristo.
Este gran amor lo lleva a ser traspasado y ahí se concentra todo su propósito de amor. La alianza nueva se realiza en la entrega del Hijo, por su sangre derramada. El reino ha quedado inaugurado, lo viejo ya pasó, he aquí que todo es nuevo13. Es este mismo aliento de la misericordia del Primogénito, la caridad del Pastor, la que pasa a los presbíteros, sobre todo en la mesa de la Eucaristía.
¿Cómo pueden acoger los presbíteros esta caridad pastoral que nace de la Eucaristía para indicar lo que conmemora? La Presbyterorum ordinis responde: «esto no puede lograrse si los sacerdotes mismos no penetran, por la oración, cada vez más íntimamente en el misterio de Cristo»14. Estar con Él, estar en Él y ser en Él, son las condiciones para acoger el amor que constituye al presbítero en representación de Cristo Cabeza según el modelo apostólico. Ser alcanzado por Cristo permite seguirle en el surco abierto para sembrar la nueva vida del reino.
Quien ha comprendido internamente, como dice San Ignacio, por el conocimiento de Cristo, no necesita procurarse para la misión oro, ni plata, ni alforja, y así la pobreza consagrada es la pobreza apostólica por causa de la misión del Evangelio. Los presbíteros y los religiosos siéntanse invitados a abrazar la pobreza voluntaria para asemejarse más claramente a Cristo y estar más dispuestos para el ministerio santo15, porque Cristo «siendo rico se hizo pobre por nosotros, para que nos enriquezcamos con su pobreza»16. Guiados pues por el Espíritu del Señor que ungió al Salvador y lo envío a evangelizar a los pobres, los presbíteros, los religiosos y los mismos obispos, mucho más que los restantes discípulos, dejen «todo aquello que de algún modo pudiera alejar a los pobres, apartando… toda especie de vanidad»17.
Otro tanto podría decirse del celibato18 y de la obediencia19, que sólo pueden entenderse en su radicalidad como identificación con Cristo célibe y obediente al Padre, porque ése es su alimento para llevar a término la obra que Él le encomendó. Difícil o imposible será para el presbítero asumir el celibato si no le encuentra su sentido, y aún más si lo cuestiona en su fundamentación teológica porque no lo vive asociado a su identificación con Cristo para ser el pastor de todos. Ahora comprendemos, al ultimar nuestra aproximación a la caridad pastoral, que para existir buscando la voluntad del Padre hay que identificarse con la misión evangélica de la Iglesia.
En el corazón de los apóstoles no se puede separar la fidelidad a Cristo, el Señor, de la fidelidad a la Iglesia que es su Cuerpo. La caridad pastoral, que se nos entrega en la mesa y que se acoge en la intimidad del Señor, exige a los presbíteros y a los consagrados, para no correr en vano, trabajar en vínculo de amor «con los obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio»20. Obrando de esta manera, hallarán los presbíteros «la unidad de su propia vida en la unidad misma de la misión de la Iglesia, y así se unirán con su Señor, y, por Él, con el Padre, en el Espíritu Santo, para que puedan llenarse de consolación y sobreabundar de gozo»21.

 

En esta misma perspectiva del modelo apostólico puede situarse el trabajo de Agostino Favale22; sus reflexiones conducen a las siguientes conclusiones:

 

1. El presbítero no es un intermediario entre Dios y los hombres o entre Cristo y los hombres. Es un hombre en el cual Cristo, el único Mediador, cumple ininterrumpida y actualmente la función de salvación que reservó a los apóstoles.
2. El ministerio presbiteral es un valor que sólo el creyente puede percibir en proporción a su fe. La teología del presbiterado, como la de la vida religiosa, encuentra su fundamento en la cristología, que se conecta a su vez con la pneumatología y la eclesiología.

3. El carisma del presbiterado compromete a quien lo ha recibido a vivir siempre más unido a Cristo para ser signo persuasivo de su presencia salvífica en la Iglesia para los hombres de nuestro tiempo, a poner la gracia de su Espíritu en la base de su vivir y de su obrar, y a sacar del ejercicio del ministerio alimento para su vida espiritual y pastoral.

Mons. Francisco Simón Piorno

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1

 

Presbyterorum ordinis, 2; ver Lumen gentium, 28.
2

 

Ver Presbyterorum ordinis, 3.
3

 

Mc 1,15.
4

 

Ver Flp 2,7.
5

 

Ver Heb 4,15.
6

 

Ver Heb 5,1.
7

 

Ver Presbyterorum ordinis, 13.
8

 

Ver lug. cit.; Lumen gentium, 28.
9

 

Ver Ef 4,22-24; Col 3,9-10.
10

 

Ver Mt 9,36.
11

 

Ver Lc 15,11-32.
12

 

Ver Lc 10,30-37.
13

 

Ver 2Cor 5,17.
14

 

Presbyterorum ordinis, 14.
15

 

Ver allí mismo, 17.
16

 

2Cor 8,9.
17

 

Presbyterorum ordinis, 17.
18

 

Ver allí mismo, 16.
19

 

Ver allí mismo, 15.
20

 

Allí mismo, 14.
21

 

Lug. cit.
22

 

Ver Agostino Favale, El ministerio presbiteral. Aspectos doctrinales, pastorales y espirituales, Sociedad de Educación Atenas, Madrid 1989, 364 pp

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