Jesús revela un secreto de su reino (San Juan Pablo II)

Nos habla de la relación con María, su madre. Aunque Jesús la amaba mucho por ser su madre, la amaba aún más porque hacía la voluntad del Padre celestial.


Con esas palabras, Jesús revela un secreto de su reino…

Homilía, Nigeria, 23 de marzo de 1988.


[…] 4. En el evangelio de hoy, Jesús mismo nos enseña cómo se ha de entender la familia de Dios y cómo ésta puede abarcar a todos los pueblos. Nos dice: «Quien cumpla la voluntad de Dios ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,35).

Con esas palabras, Jesús revela un secreto de su reino.

Nos habla de la relación con María, su madre. Aunque Jesús la amaba mucho por ser su madre, la amaba aún más porque hacía la voluntad del Padre celestial.En la Anunciación respondió «sí» a la voluntad de Dios, manifestada por el ángel Gabriel (cf. Lc Lc 1,26-38). Compartió, en todas sus etapas, la vida y la misión de su Hijo, hasta el pie de la cruz (cf. Jn Jn 19,25). Como María, también nosotros aprendemos y aceptamos que toda relación humana es renovada, elevada, purificada, y recibe nuevo significado por la gracia de Cristo: «Por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu (…), edificados hasta ser morada de Dios en el Espíritu» (Ep 2,18-22).

[…]Con el fin de edificar la casa espiritual de Dios, la Iglesia invita a todos sus miembros a tratar siempre con compasión a los necesitados: a los pobres, a los enfermos y a los ancianos, a los refugiados que se han visto obligados a huir de la violencia y de los conflictos de sus países; a los hombres, mujeres y niños afectados por el sida, que sigue causando numerosas víctimas en este continente y en todo el mundo; a todas las personas que sufren persecución, dolor y pobreza. La Iglesia enseña el respeto a toda persona, a toda vida humana. Predica la justicia y el amor, e insiste en los deberes tanto como en los derechos: los derechos y deberes de los ciudadanos, de los empresarios y de los trabajadores, del Gobierno y del pueblo.

En efecto, existen derechos humanos fundamentales, de los que ninguna persona puede jamás verse legítimamente privada, dado que están arraigados en la naturaleza de la persona humana y reflejan las exigencias objetivas e inviolables de una ley moral universal. Esos derechos sirven de fundamento y de medida para cualquier sociedad y organización humana. El respeto a toda persona humana, a su dignidad y sus derechos, debe ser siempre el principio inspirador y guía de vuestros esfuerzos por incrementar la democracia y reforzar el entramado social de vuestro país. La dignidad de cada ser humano, sus inalienables derechos fundamentales, la inviolabilidad de la vida, la libertad y la justicia, el sentido de solidaridad y el rechazo de la discriminación: son las piedras con las que se ha de construir una Nigeria nueva y mejor.

 


Catequesis, Audiencia General, 5 de enero del 2000.


[…]4. María es la única madre que puede decir, hablando de Jesús, «mi hijo», como lo dice el Padre: «Tú eres mi Hijo» (Mc 1, 11). Por su parte, Jesús dice al Padre: «Abbá», «Papá» (cf.Mc 14, 36), mientras dice «mamá» a María, poniendo en este nombre todo su afecto filial.

En la vida pública, cuando deja a su madre en Nazaret, al encontrarse con ella la llama «mujer», para subrayar que él ya sólo recibe órdenes del Padre, pero también para declarar que ella no es simplemente una madre biológica, sino que tiene una misión que desempeñar como «Hija de Sión» y madre del pueblo de la nueva Alianza. En cuanto tal, María permanece siempre orientada a la plena adhesión a la voluntad del Padre.

No era el caso de toda la familia de Jesús. El cuarto evangelio nos revela que sus parientes «no creían en él» (Jn 7, 5) y san Marcos refiere que «fueron a hacerse cargo de él, pues decían: «Está fuera de sí»» (Mc 3, 21). Podemos tener la certeza de que las disposiciones íntimas de María eran completamente diversas. Nos lo asegura el evangelio de san Lucas, en el que María se presenta a sí misma como la humilde «esclava del Señor» (Lc 1, 38). Desde esta perspectiva se ha de leer la respuesta que dio Jesús cuando «le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte»» (Lc 8, 20; cf. Mt 12, 46-47; Mc 3, 32); Jesús respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21). En efecto, María es un modelo de escucha de la palabra de Dios (cf. Lc 2, 19. 51) y de docilidad a ella.

5. La Virgen conservó y renovó con perseverancia la completa disponibilidad que había expresado en la Anunciación. El inmenso privilegio y la excelsa misión de ser Madre del Hijo de Dios no cambiaron su conducta de humilde sumisión al plan del Padre. Entre los demás aspectos de ese plan divino, ella asumió el compromiso educativo implicado en su maternidad. La madre no es sólo la que da a luz, sino también la que se compromete activamente en la formación y el desarrollo de la personalidad del hijo. Seguramente, el comportamiento de María influyó en la conducta de Jesús. Se puede pensar, por ejemplo, que el gesto del lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 4-5), que dejó a sus discípulos como modelo para seguir (cf. Jn 13, 14-15), reflejaba lo que Jesús mismo había observado desde su infancia en el comportamiento de María, cuando ella lavaba los pies a los huéspedes, con espíritu de servicio humilde.

Según el testimonio del evangelio, Jesús, en el período transcurrido en Nazaret, estaba «sujeto» a María y a José (cf. Lc 2, 51). Así recibió de María una verdadera educación, que forjó su humanidad. Por otra parte, María se dejaba influir y formar por su hijo. En la progresiva manifestación de Jesús descubrió cada vez más profundamente al Padre y le hizo el homenaje de todo el amor de su corazón filial. Su tarea consiste ahora en ayudar a la Iglesia a caminar como ella tras las huellas de Cristo.

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