La unidad no se da por un molde impuesto

«El amor cristiano es un vínculo que nos libera», daba testimonio de ello San Pablo cuando estaba prisionero en Malta.

(Conferencia de Benedicto XVI,  a los seminaristas de la diócesis de Roma, en Marzo del 2011)

«Un vínculo -dijo el Papa- con el que nos unimos los unos a los otros, y con Dios». No es una cadena que hiere o da calambres en las manos, sino que las deja libres”. 

“Preservar la unidad del espíritu -exhortó el Papa- comporta manifestar el propio comportamiento a la humildad, la mansedumbre y la magnanimidad de Jesucristo en la Pasión. «Es necesario tener las manos y el corazón atados por aquel vínculo de amor que Él mismo ha aceptado por nosotros haciéndose nuestro siervo»: 

«La unidad de la Iglesia no se manifiesta a través de un «molde» impuesto desde fuera, sino que es el fruto de una concordia, de un compromiso común para comportarse como Jesús, en virtud de su Espíritu.»

Así pues hay un compromiso que renueva el don del Bautismo. La gracia de este sacramento, no produce automáticamente una vida coherente, sino que requiere una colaboración hecha de voluntad y firme compromiso. «Este compromiso implica costos y un precio a pagar en persona.» Cada uno de nosotros está llamado a responder personalmente. «Ésta es la vocación que hemos recibido todos: llamada a ser de Cristo y a vivir en Él. “Dios – dijo el Santo Padre- establece una relación con cada uno de nosotros” 

“… Cada uno viene llamado por su nombre. Dios es tan grande que tiene tiempo para cada uno de nosotros. Me conoce a mí, nos conoce a todos por el nombre, personalmente. Es una llamada personal para cada uno de nosotros… Dios, el Señor me ha llamado, me llama, me conoce, espera mi respuesta …. » 


La llamada es individual, pero también eclesial. Llamada a vivir en el cuerpo de la Iglesia, en la realidad concreta del seminario o de la parroquia. Y aun cuando no nos guste este cuerpo -dijo el Santo Padre- la Iglesia es el vínculo que nos une a Cristo. 

«… Es así que estamos en comunión con Cristo, aceptando esta corporeidad de su Iglesia, del Espíritu que está encarnado en el cuerpo.»


Así pues, Dios nos llama a ser parte de una comunidad, a ser miembros del cuerpo. 

«También hay que tener en cuenta que es muy bonito estar en compañía, caminar juntos en compañía a través de los siglos, tener amigos en el cielo y en la tierra, ser felices de que el Señor nos haya llamado en un cuerpo y nos ha dado amigos en todas las partes del mundo».


Pero sin la inspiración del Espíritu Santo, la vocación cristiana no se explica, pierde su linfa vital. Por eso – añadió Benedicto XVI citando a Santa Teresa del Niño Jesús – la llamada de todo cristiano es un Misterio trinitario: el misterio del encuentro con Jesús, mediante el cual Dios Padre nos llama a la comunión con Él y por eso nos quiere donar su Espíritu. 

Dirigiéndose a los seminaristas, Benedicto XVI indicó a los Apóstoles y la Virgen María como modelo de respuesta a la llamada.

«La vida cristiana empieza con una llamada y es siempre una respuesta hasta el final.»


«Ser sacerdote implica humildad -acabó diciendo el Pontífice- imitar a Cristo 

«Imitar el Dios que viene a mí, que es tan grande que se hace amigo mío, que sufre por mí y muere por mí. Ésta es la humildad que hay que aprender».

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