Si no existen garantías de encontrar la verdad, la misión se vacía de sentido…


Para nosotros, la Verdad no es algo abstracto. Se ha revelado en plenitud y ha adquirido un rostro humano en Jesucristo


San Pablo nos dice en la Carta a los Hebreos: «Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre. No os dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas. Mejor es fortalecer el corazón con la gracia que con alimentos que nada aprovecharon a los que siguieron ese camino (Hb 13, 8-9)». Nosotros los cristianos creemos que la adoración de Dios, tal como la inició y anunció Jesucristo, es condición para el descubrimiento y la realización en plenitud de la humanidad del hombre. La fe cristiana nos ayuda a ver en qué consiste la justicia y nos mueve a realizarla con fortaleza en todas las circunstancias de la vida. Por eso la profesamos y nos sentimos movidos a anunciarla, aunque a veces no lo hagamos con el acierto, la coherencia y la diligencia que corresponde a un fiel seguidor de Jesucristo. Pero eso ya es otra cuestión. Que una persona en una secta, esté errada doctrinalmente no prejuzga nada de su condición moral. Pero siempre, siempre: ‘Cuando se encasquilla la razón se disparan las sectas’.

La crisis de la verdad, es decir, la renuncia a la aspiración a la Verdad, una pandemia  globalizante, última, universal y objetiva por parte del pensamiento moderno es uno de los rasgos más preocupantes de la situación actual, bajo la forma insidiosa del relativismo. Cuando todo vale lo mismo, nada vale nada. El escepticismo frente a la verdad se deja sentir en la teología y en la misión de la Iglesia: si no existen garantías de encontrar la verdad, la misión se vacía de sentido, y el martirio se convierte en una especie de suicidio fundamentalista. Para nosotros, la Verdad no es algo abstracto. Se ha revelado en plenitud y ha adquirido un rostro humano en Jesucristo. Definitividad y plenitud de la revelación son compatibles con la limitación de nuestra experiencia y acceso a la verdad, como expuso atinadamente Carrasco Rouco. La correcta comprensión de la verdad, y la relación entre ésta y la libertad siguen siendo uno de los puntos fundamentales en el diálogo con la cultura de nuestro tiempo y en el diálogo intercultural.

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Solamente cuando los católicos no tienen opinión propia o no la manifiestan, la Iglesia es inocua para los codiciosos de poder. ¿Qué tendrá la Iglesia que todos los autócratas se la quieren quitar de encima o domesticarla? En China, la Iglesia patriótica china; en Venezuela, la amenaza de creación de una Iglesia católica bolivariana… Después de treinta años de democracia española, pese al laicismo rampante, la Iglesia seguirá aportando al bien común el que un católico solamente lo puede ser siendo ciudadano. 2007

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“Hay hombres que desean a sus enemigos y a los enemigos de la Iglesia las penas y tormentos del fuego eterno.

Pensando así dan a entender que no conocen el amor de Dios.

Quien tiene el amor y la humildad de Cristo llora y ora por todo el mundo…

…Si la gracia del Espíritu Santo habita en el corazón de un hombre, aunque sea en una ínfima medida, este hombre llora por todos los hombres; y se compadece aún más de los que no conocen a Dios o que se resisten a él”. (San Silvano – 1886 †1938)

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El valor de la palabra – Cambiar el sentido de las palabras es el primer paso para deformar la realidad. Es una trampa que puede acarrear graves daños para millones de ciudadanos que nos podemos sentir arrastrados por el cambio inadvertido del lenguaje.

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Si perdiéramos el sentido y el valor de la palabra volveríamos a la barbarie.

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La propuesta de Aristóteles, de las éticas racionales en general, es que lo que confiere especial dignidad a la acción humana es que esté guiada por la razón, una capacidad que se eleva por encima de compulsiones y sentimientos y que es, por tanto, la única que nos hace verdaderamente libres. El convencimiento del que surgen las éticas racionales es que “lo mejor que hay en ti” – es la razón, y no tanto unos vaporosos sentimientos.

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“No tengas miedo… No desfallezcan tus manos!

Yahvé, tu Dios, está en medio de ti! ¡Un poderoso Salvador!

Yahvé salta de gozo por ti, y te renueva con su Amor!

Danza por ti con gritos de júbilo,

Como en los días de fiesta!”    (Sofonías, 16-17)

“Las palabras que no dan la luz de Cristo, agrandan la oscuridad”.

(Santa Teresa de Calcuta)

Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia El, el único que lo puede satisfacer:

Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada. (S. Agustín, mor. eccl. 1, 3, 4).

¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti. (S. Agustín, conf. 10, 20.29).

«Sólo Dios sacia». (Santo Tomás de Aquino, symb. 1).

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.