LA CUARESMA: UN GRAN RETIRO ESPIRITUAL DE CUARENTA DIAS

«Emprendemos de nuevo, como cada año -dijo el Santo Padre- el camino cuaresmal animados por un espíritu de oración y de reflexión, de penitencia y de ayuno más intenso”.

 (Benedicto XVI)

En este tiempo «se nos ayuda a volver a descubrir el don de la fe recibida con el Bautismo y a acercarnos al sacramento de la Reconciliación, poniendo nuestro esfuerzo de conversión interior bajo el signo de la misericordia divina».

En la liturgia de este Miércoles de Ceniza, se nos recuerda que «somos criaturas limitadas, pecadores necesitados siempre de penitencia y de conversión. Qué importante es escuchar y acoger este llamamiento en este tiempo! Cuando el hombre contemporáneo proclama su total autonomía de Dios, se convierte en esclavo de sí mismo y a menudo se encuentra en una soledad desconsoladora. La invitación a la conversión es por eso una invitación a volver a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso, a fiarse de El, a confiar en El como hijos adoptivos, regenerados por su amor».

Hay que preguntarse si «la conquista del éxito, el anhelo de prestigio y la búsqueda de la comodidad, cuando absorben totalmente la vida hasta llegar a excluir a Dios del propio horizonte, llevan realmente a la felicidad. Puede existir una felicidad auténtica si se prescinde de Dios? La experiencia demuestra que no se es feliz porque se satisfagan las esperanzas y las exigencias materiales. En realidad -añadió-, la única alegría que colma el corazón humano es la que viene de Dios, porque tenemos necesidad de la alegría infinita. Ni las preocupaciones cotidianas, ni las dificultades de la vida – dijo- pueden apagar la alegría que nace de la amistad con Dios».

La invitación de Jesús a cargar con la propia cruz y a seguirlo «puede parecer duro y mortificante por nuestro deseo de realización personal», pero «el testimonio de los santos demuestra que en la Cruz de Cristo, en el amor que se da, renunciando a la posesión de sí, se halla aquella profunda serenidad que es fuente de entrega generosa a los hermanos, especialmente a los pobres y a los necesitados y esto nos proporciona alegría también a nosotros».

A la luz del Evangelio, «la Iglesia propone a los fieles algunos compromisos específicos para este itinerario de renovación interior: la oración, el ayuno y la limosna». En este sentido, recordó que en el Mensaje para la Cuaresma de este año había querido detenerse en «la práctica de la limosna».

«Como los discípulos de Jesucristo -afirmó- estamos llamados a no idolatrar los bienes terrenos, sino a utilizarlos como medios para vivir y ayudar a los necesitados, (…) imitando así al Señor, que, como dice San Pablo, «se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza».

(Benedicto XVI)

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