La gracia y el libre albedrío en el bien obrar del hombre. La santidad nunca ha cortado las alas a la plenitud de una vida humana.

«Sólo la gracia salva, sólo el libre albedrío es salvado»


Me permitirán que me atreva a formular, con un lenguaje salido de mis propias reflexiones, algo así como una norma o criterio que me parece subyace siempre y que Santo Tomás se encuentra en el deber de afirmar, por fidelidad a la fe o por respeto a la verdad de orden natural: la com-posición, la síntesis de algo en alguna línea «superior» o más perfecto con otro elemento de la realidad en cierto sentido inferior, como participativo o receptivo de aquello más eminente que lo perfecciona, nunca suprime ni minimiza este elemento participativo y perfectible. Recordemos su lenguaje: «la fe presupone el conocimiento natural, como la gracia presupone la naturaleza y la perfección presupone lo perfectible».
Ya se entiende que estoy hablando de composiciones en las que lo de algún modo inferior no tiene carácter de la imperfección privativa. La privación pertenece a lo que es, en algún orden, malo, precisamente porque el mal, para Santo Tomás, no tiene subsistencia ni consistencia esencial alguna, y sólo se da en una substancia y sujeto bueno privado en alguna línea de la perfección a que tendería por su naturaleza. No hay error más que en un sujeto intelectual, ni enfermedad más que en un viviente, ni pecado más que en un sujeto personal dotado del bien del libre albedrío y ordenado, por su misma naturaleza, a encontrar su plenitud en la ordenación al bien y en la participación del mismo.
Estamos hablando, pues, de la composición o síntesis de la capacidad de perfección con la perfección para la que capacita. Hablamos de la composición en lo entitativo de la forma con la materia, de la esencia finita con el acto de ser que la actualiza, de la facultad operativa con la operación a que tiende y, en la cima del universo creado y elevado por Dios al orden de receptor de la comunicación de la vida divina, hablamos de la individual humanidad de Jesús, que hemos de poner con la hypóstasis del Verbo que la posee en plenitud, ontológicamente por la unión hypostática.
Nunca lo superior, para perfeccionar lo inferior en que es recibido, anula o minimiza lo inferior. La sabiduría teológica no ha cortado a nadie las posibilidades de su talento metafísico. La santidad nunca ha cortado las alas a la plenitud de una vida humana. Aquellos santos a los que llamamos «humanistas devotos» no tienen, en lo cultural y lo personal, inferior valía a la realizada en cualquier humanismo. La fuerza espiritual de la mística Doctora Santa Teresa nadie puede pensar que le quitase algo de su genio tan «femenino». La poderosa acción de Santa Juana de Arco no encontró obstáculo, antes bien, como es obvio, todo el impulso en la vida de su tensión religiosa. En nuestros días, el espíritu contemplativo y devoto de Sor Teresa de Calcuta no le quitó alas para su acción benéfica y servicial ejercida con tanta amplitud y profundidad entre los más pobres de su tiempo. En nuestro Mossén Cinto, su herencia religiosa familiar y su vida sacerdotal no podría pensar nadie que disminuyesen la fuerza humana y la popularidad profunda de su obra literaria.
En un orden de cosas en el que se han dado, en la historia de la Iglesia, las más graves y perturbadoras herejías, con la máxima frecuencia de signo antitético -desde el pelagianismo hasta el luteranismo, el calvinismo y el jansenismo- el de la com-posición o síntesis entre la gracia divina y el libre albedrío humano, que el pecado original hiere con la inclinación al mal, pero que no anula y que sigue siendo, aun en el hombre caído, el sujeto propio receptor de la eficacia de la gracia que le mueve al bien, y del que San Bernardo dijo «sólo la gracia salva, sólo el libre albedrío es salvado», tiene Santo Tomás, que se ocupó insistente y diligentemente de la cuestión, un modo de expresarse de sencillez sublime. No voy a entrar, en esta comunicación, en los planteamientos especulativos o históricos que no cabrían en muchos congresos. Pero quiero aducir un texto que, personalmente, encuentro sublime por su sencillez y que estoy convencido que es, en sí mismo, estimulante a pensar de nuevo en temas sobre los que se ha pensado durante siglos por los más representativos autores en la llamada «escolástica moderna».
Preguntándose sobre si tendría sentido reconocer una causación humana en la divina Providencia salvífica o en sus efectos, Santo Tomás no considera válidos los planteamientos de los que «parece que han distinguido entre aquello que viene de la gracia y lo que viene del libre albedrío, como si no pudiese venir lo mismo de lo uno y de lo otro … no es distinto lo que proviene de la causa segunda que lo que proviene de la causa primera, pues la divina Providencia produce sus efectos por las operaciones de las causas segundas» (S. Th. Iª Qu. 23, artº 5º, in c.).

Francisco Canals Vidal / UNIDAD SEGÚN SÍNTESIS

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