La ideología de género, arma contra la familia

El siglo XX padeció especialmente el influjo de dos ideologías: el nazismo de Hitler y el comunismo soviético

 

Fuente: Pedro Trevijano – Religión en Libertad

 

La ideología de género se basa en la famosa frase de Simone de Beauvoir en El segundo sexo: “Una no nace mujer, la hacen mujer”, completada poco después con la afirmación: “Uno no nace varón, le hacen varón”.

Los antecedentes de esta ideología hay que buscarlos en el feminismo radical y en los primeros grupos organizados a favor de una cultura en la que prima la despersonalización absoluta de la sexualidad. Este primer germen cobró cuerpo con la interpretación sociológica de la sexualidad llevada a cabo por el informe Kinsey, en los años cincuenta del siglo pasado. Después, a partir de los años sesenta, y como uno de los frutos de Mayo de 1968, fue alentado por el influjo de un cierto marxismo que interpreta la relación entre hombre y mujer en forma de lucha de clases, y así se ha extendido ampliamente en ciertos ámbitos culturales. El proceso de ‘deconstrucción’ de la persona, el matrimonio y la familia, ha venido después propiciado por filosofías inspiradas en el individualismo liberal, así como por el constructivismo y las corrientes freudo-marxistas.

La ideología de género quiere establecer la sociedad del hedonismo, pues considera que los seres humanos pueden alcanzar la felicidad en la realización de sus propios deseos sexuales sin límite moral, legal e incluso corporal alguno, utilizando para ello la eugenesia, el control de natalidad incluido el aborto y la supresión de la diferencia sexual. No hay ningún criterio discriminante entre lo lícito y lo ilícito, lo normal y lo anormal, siendo por tanto, permisibles y moralmente iguales todas las relaciones sexuales voluntarias, significando para ellos el ser responsable tan sólo el tomar precauciones contraceptivas a fin de evitar embarazos no deseados y siendo la obtención del placer el principal objetivo de la sexualidad, que cada uno puede tratar de alcanzar según le venga en gana.

En esta visión laicista y atea de la sexualidad propia de la ideología de género se quiere realizar una revolución sexual que consiste en una sexualización total de la vida. No existen diferencias sexuales por naturaleza, sino sólo roles o papeles sociales opcionales en la conducta sexual del individuo. Pero al negar la naturaleza, se echa por tierra la evidencia científica, la biología y la dignidad de la persona.

Como varias otras ideologías de nuestra época, la ideología de género, amamantada en el marxismo, también se basa en el odio y en la lucha entre los sexos. Así como el marxismo busca la sociedad sin clases, esta ideología busca la sociedad sin sexos. Se trata en esta ideología de conseguir la liberación sexual mediante la destrucción de la familia. La mujer debe independizarse y liberarse de las ataduras de su naturaleza y de las funciones asociadas a ella, como la maternidad y el hogar. Y es que en el matrimonio el marido es el explotador burgués y la mujer la proletaria esclavizada. La pareja está, por tanto, en rivalidad constante.

Por ello, cuando tuve que explicar la ideología de sexo a un amigo, le dije: “Puedes acostarte con cualquiera, menos con tu mujer”. Como dice una de sus ideólogas, la feminista socialista Celia Amorós, la supresión de la familia es el objetivo fundamental a conseguir. Pero, como es lógico, el odio engendra odio y la violencia, violencia. Con esta mentalidad no se consigue, sino todo lo contrario, disminuir la violencia doméstica o de género, como prueban las estadísticas sobre el tema.

La revolución sexual que se pretende trata de eliminar la distinción de sexos. Además la mujer tendrá el absoluto control sobre su reproducción, incluido el aborto. Y finalmente la total liberación sexual incluye el derecho absoluto a tener relaciones sexuales con quien se quiera, sin problemas de edad, número, estado civil, parentesco (incesto) o el género. A pesar de ello se nos dice que la nueva sociedad que emergerá será progresivamente mejor, porque la raza humana mejorará a través de la eugenesia, el control de natalidad y la supresión de la diferencia sexual.

Pero son simplemente hedonistas que confunden la libertad con la ausencia de límites, y por supuesto no son capaces de llenar el ansia de amor y de infinito que hay en el corazón humano. No es extraño en consecuencia que muchos de los principales defensores de esta tendencia hayan terminado desastrosamente sus vidas, porque la naturaleza no perdona los abusos contra ella.

Si pretendemos hablar de la relación entre homosexualidad e ideología de género es indudable que tenemos que hacer referencia al lobby LGTBI, que es uno de los más activos y poderosos de nuestra sociedad. Siendo, como son, una clara minoría, han logrado imponerse como algo políticamente correcto, hasta el punto de imponer en las escuelas la ideología de género, contra la Constitución en su artículo 27-3, y de prohibir a los homosexuales que desean cambiar de orientación sexual y llegar a la heterosexualidad el poder intentar hacerlo, cuando ya es claro que hay homosexuales que logran llegar a la heterosexualidad y hay un proverbio que dice: “Contra el hecho no valen argumentos”; imponiendo además a los médicos que tratan de cumplir con su deber profesional unas multas terroríficas.

El disparate es de tal calibre que, cuando en la Comunidad de Madrid se aprobó la llamada Ley Cifuentes, me contaba un médico que sus compañeros no le creían, por lo que simplemente les mandaba la Ley y les señalaba los artículos controvertidos. Por ello bastantes psiquiatras piensan que lo que se ha conseguido con ello es privar a los pacientes del tratamiento que necesitan, con la consecuencia de que hay bastantes que no se atreven a iniciar la terapia -por miedo a las gravísimas multas y a ser tildados de homófobos- incluso si sus pacientes se lo piden.

Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada

La Revelación muestra que la sexualidad es un elemento constitutivo del ser humano, oponiéndose enérgicamente a la banalización de las relaciones sexuales, incluidas las relaciones homosexuales. Aunque las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento hayan sido compuestas en diversas épocas y culturas, designan los actos homosexuales con coherente continuidad como graves desviaciones del plan de Dios sobre el hombre. La Biblia nunca habla positivamente de la práctica homosexual, que concibe como un desorden en la Creación.

En el Nuevo Testamento, entre los pecados que caen dentro del ámbito de la sexualidad se menciona también la homosexualidad, tanto en los catálogos de vicios que excluyen del Reino de Dios (1 Cor 6,9-10; 1 Tim 1,10), como en Judas 7, con una clara alusión a los habitantes de Sodoma y Gomorra. San Pablo considera los actos homosexuales como perversiones del orden natural instituido por Dios en la existencia humana y de ellos afirma que es uno de los castigos que muestran la perversidad de la idolatría (Rom 1,24-28), condenando la sodomía masculina y femenina como contra natura.

El texto más clásico de rechazo de la homosexualidad es precisamente éste de Rom 1,18-32. Reprueba igualmente tanto la homosexualidad masculina como la femenina. Desde luego no se trata directamente de emitir un juicio sobre una persona individual. El punto de partida paulino se sitúa en la misma línea que la mayor parte de los textos veterotestamentarios, es decir, en el análisis de la historia del pecado como alienación de Dios. Contempla el pecado en cuanto que se encarna en una cultura pervertida y en un ambiente totalmente alienado.

El juicio del Apóstol arremete en especial contra los ambientes que no sólo practican, sino que incluso exaltan la homosexualidad, pues “cambiaron la verdad de Dios por la mentira” (v. 25). La causa más profunda de todos estos desórdenes, que encuentran su máxima expresión en las perversiones sexuales, es el rechazo de honrar a Dios, a la que sigue el de respetar y honrar al hombre cual imagen de Dios: “Por esto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza; de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer, se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres y recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío” (vv. 26-27). San Pablo nos dice “Huid de la fornicación” (v. 18) y “¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” (v. 19).

“Apoyándose en la Sagrada Escritura, que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2333) y “gravemente contrarios a la castidad” (CEC nº 2396). Pero también la Iglesia considera deficientes, pecaminosas y contrarias a la virtud de la castidad las relaciones sexuales genitales entre personas heterosexuales fuera del matrimonio. El homosexual, al igual que el heterosexual, tiene el deber de controlar su vida y actos sexuales, y de hecho muchos así lo hacen, pues no hay que olvidar que tienen la ayuda de la gracia. Pensar que es incapaz de ello es negar que sea una persona libre.

Es decir. la postura de la Iglesia al rechazar la fornicación y la homosexualidad se basa nada menos que en la Sagrada Escritura y en la Tradición, pero este rechazo significa que toda práctica de la sexualidad genital es ilícita fuera del matrimonio y esto vale por supuesto también para las relaciones heterosexuales extramatrimoniales. Por tanto no veo posible el cambio de la moral sexual.

 


Rafael María de Balbín – Infocatólica

Desde hace ya bastantes años se viene difundiendo en todos los ambientes, a partir del llamado primer mundo una ideología que, junto con el relativismo, parece ser una característica de estos comienzos del siglo XXI. Es la llamada perspectiva, visión o ideología de género, que tiene poderosos patrocinadores a nivel mundial.

El siglo XX padeció especialmente el influjo de dos ideologías: el nazismo de Hitler y el comunismo soviético. Con las características propias de toda ideología: una idea de fondo no demostrable, pero que se presenta como demostrada: la superioridad de la raza aria, o la lucha de clases como motor del progreso histórico. Esa idea de fondo se presenta como un imperativo radical, que ha de imponerse a todos.

La ideología de género parte de la negación de la naturaleza humana. Al no existir esa naturaleza humana, todo se reduce a cultura, a creación humana. La naturaleza enseña que el género humano se realiza en dos sexos, varón y mujer. Y que no hay un tercer sexo. En cambio esta ideología pretende que el sexo biológico no tiene mayor importancia. Lo relevante es el género, una construcción cultural según la cual es el individuo el que decide su propio género, como un rol social.

Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, que «niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer. La identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo» (Papa Francisco, Exhort. Apost. Amoris laetitia, n. 56).

Como otras ideologías ésta tiene pretensiones totalitarias: imponerse como herramienta de dominio que configure la vida social e incluso a la familia y a la persona humana. Es inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños. No hay que ignorar que «el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar» .

Si la naturaleza humana y sus leyes propias, designio del Creador, no existe, todo es cultura, creación convencional del hombre. Nada impide entonces que la técnica sustituya a la Ética. Por otra parte, «la revolución biotecnológica en el campo de la procreación humana ha introducido la posibilidad de manipular el acto generativo, convirtiéndolo en independiente de la relación sexual entre hombre y mujer. De este modo, la vida humana, así como la paternidad y la maternidad, se han convertido en realidades componibles y descomponibles, sujetas principalmente a los deseos de los individuos o de las parejas».

El amor a la verdad no quiere decir intransigencia con las personas que se equivocan. Las personas han de ser respetadas siempre. Una cosa es comprender la fragilidad humana o la complejidad de la vida, y otra cosa es aceptar ideologías que pretenden partir en dos los aspectos inseparables de la realidad. No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada.

 

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