(VIS).-En la solemnidad de Pentecostés, Benedicto XVI presidió la Santa Misa en la basílica vaticana durante la cual ordenó sacerdotes a 21 diáconos de la diócesis di Roma. Concelebraron con el Papa: el cardenal Camillo Ruini, vicario general de la diócesis de Roma, el arzobispo Luigi Moretti, vicegerente, los obispos auxiliares, los superiores de los seminarios en los que se han formado los ordenandos y sus párrocos. Entre los nuevos presbíteros hay once italianos, dos de Bolivia y uno de Uruguay, Costa Rica, Perú, Irlanda, Rumania, Kenia, Angola y Nigeria. En la homilía, el Papa recordó que en el día de Pentecostés «el Espíritu Santo, bajo los signos de un viento potente y del fuego, irrumpe en la comunidad orante de los discípulos de Jesús y de este modo da origen a la Iglesia». «La Iglesia -subrayó el Santo Padre- tiene que convertirse nuevamente en lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y romper las barreras entre las clases y razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. (…) El viento y el fuego del Espíritu Santo deben abrir constantemente aquellas fronteras que los seres humanos seguimos levantando entre nosotros». Dirigiéndose a los nuevos sacerdotes, Benedicto XVI dijo que en el saludo del Señor resucitado a los apóstoles: «La paz esté con vosotros», que se recoge en el Evangelio de hoy, «podemos ver una alusión al gran misterio de la fe, a la Sagrada Eucaristía, en la que El se entrega continuamente, y de ese modo nos otorga la verdadera paz». En el nombre de Jesús, explicó, «podéis decir: Este es mi cuerpo, ésta es mi sangre. Dejaos atraer siempre por la Sagrada Eucaristía, por la comunión de vida con Cristo. Considerad como centro de cada jornada celebrar la misa de manera digna. Llevad a los hombres de nuevo a este misterio. Ayudadles, a partir de ella, a llevar la paz de Cristo al mundo». El Papa también se refirió al «poder del perdón» de los sacerdotes. «El sacramento de la penitencia -dijo- es uno de los tesoros preciosos de la Iglesia, pues sólo en el perdón se cumple la auténtica renovación del mundo. Nada puede mejorar en el mundo, si no se supera el mal. Y el mal sólo puede superarse con el perdón. Ciertamente, tiene que ser un perdón eficaz. Pero este perdón sólo puede dárnoslo el Señor. Un perdón que no aleja el mal sólo con palabras, sino que realmente lo transforma».

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