La monogamia

Según lo visto, ya podéis comprender con evidencia que el amor conyugal exige la monogamia. Ésta no es, pues, una exigencia impuesta por Cristo y por su Iglesia: es una condición propia de la naturaleza humana verdadera, no falsificada. En efecto, la donación de sí mismos que mutuamente se hacen los esposos excluye, si ha de ser plena -moralmente hablando- que puedan darse al mismo tiempo o más tarde a otra persona. Lo que ya fue dado a uno, no puede ser dado a otro, a no ser que sea quitado injustamente al primero. Y además, en la poliginia (un hombre con varias mujeres) ¿dónde queda la dignidad de la mujer -y la del hombre-? Y en la poliandría (una mujer con varios hombres) ¿a qué se reduce la dignidad del hombre -y la de la mujer-?
Lo donación conyugal recíproca rechaza, pues, la poligamia, el adulterio, y del mismo modo el divorcio, es decir, la disolubilidad del vínculo matrimonial, que viene a ser una forma de poligamia sucesiva. En la unión que admite posibilidad de divorcio, la persona no llega a hacer de verdad una donación real de sí misma, sino que se entrega al otro como en préstamo, o mejor, en depósito, que puede ser recuperado en cualquier momento. Pero el matrimonio no es eso. Es algo mucho más grande y hermoso: es una amor total , exclusivo, para siempre.
Vosotros, los novios y esposos, si estáis enamorados de verdad ¿no sois los primeros en dar testimonio de que ésa es la verdad? Si un día llegáis a pensar de otro modo, entonces estaríais equivocados: lo verdadero es lo que estáis pensando y queriendo ahora.
La reciprocidad en el amor
El amor de una persona, en fin, puede ser unilateral y no verse correspondido. Y a veces, penosamente, este amor enfermizo, ansioso de una excluiva totalidad imposible, llega a mantenerse durante largo tiempo, cuando la persona lo sigue fomentando, en una especie de obstinación morbosa, que acaba deformando el amor, y condenándolo a vegetar, y finalmente a morir. En estos casos, cuando «la enfermedad del corazón» va haciéndose crónica, sólo un distanciamiento discreto, pero eficaz, suele ser un tratamiento adecuado. Podrá parecer algo cruel, pero en este tipo de dolencias los remedios más duros suelen ser los más suaves, pues de otro modo el mal puede afligir a la persona indefinidamente. Y por otra parte, ese elegante  distanciamiento es el último y gentil homenaje que la persona rechazada ofrece a aquella otra que no correspondió a su amor.
Por el contrario, cuando el amor es recíproco, sale la persona del aislamiento originario de su yo, uniéndose al tú del otro, para formar un nosotros nuevo en el mundo. Ahora bien, como ya habéis visto, lo que califica este amor mutuo es la calidad del bien en que se funda. Por muy recíproco que sea, no hay amor verdadero sino cuando la atracción, el deseo y la simpatía se ven sellados por el genuino amor personal de la benevolencia, a un tiempo abnegada y oblativa. Es evidente que la reciprocidad amorosa no puede nacer ni vivir del encuentro de dos egoísmos. Pronto manifestaría su carácter ilusorio.
La declaración de amor
Con lo dicho hasta aquí, yo espero que habréis llegado ya, entre otras, a esta conclusión: el amor es algo muy grande, y la persona, antes de declarar su amor a alguien o de aceptarlo, debe verificar cuidadosamente la calidad de su amor. ¿Es el mío, debe preguntarse, un amor capaz de darse al otro totalmente y sin vuelta, y de aceptar al otro para siempre? ¿Es el nuestro un amor recíproco y auténtico, capaz de fundamentar un nosotros profundo y duradero? ¿O se pretende más bien hacer una conquista, procurarse una diversión pasajera, que alague los sentidos y el amor propio?
Mucha atención en esto: precisamente porque el amor es algo óptimo, su falsificación es algo pésimo.
MATRIMONIO EN CRISTO, José María Iraburu

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