La perfecta alegría del pobre

Cristo proclama “bienaventurados”, o sea, felices, a los que son pobres de espíritu. ¡Qué gran enseñanza y qué gran revolución para la mente y para el corazón humano!

 

Quién nos diría que la felicidad se encuentra en ser pobres de corazón, en ser desprendidos, en renunciar voluntariamente al dominio sobre las cosas y que el verdadero gozo está en ser libres en el corazón. Sí, libres incluso o quizás primariamente, de nosotros mismos, de nuestros “apegos”, “intereses” y “proyectos”… de todo aquello que se ha convertido para nosotros en un “tesoro”. Eso, que tanto guardamos, protegemos, defendemos y batallamos por retener es la riqueza que no le permite a Jesús nacer plenamente en nuestro corazón. Hay que vaciar el corazón para darle espacio al Niño, que en brazos de Su Madre, viene a querer morar en nosotros.

Pobreza de espíritu significa vaciarnos de los tesoros terrenos para llenarnos de las riquezas espirituales, los tesoros del Reino. Es una actitud interior, un estado del corazón que Cristo nos propone como camino de verdadera felicidad y de liberación al corazón humano. Es la única bienaventuranza que conlleva la promesa de poseer, aquí y luego en la eternidad, el mayor tesoro: el Reino de los Cielos.
¡Qué paradoja! Solo el que se despoja de todo puede poseer el Todo, lo infinito y lo eterno: el Reino de Dios, o sea, a Dios mismo. Precisamente en eso reside la felicidad de la pobreza, en el vaciarnos de todo para poseer a Aquel que lo es todo. Las bienaventuranzas nos presentan condiciones concretas para poder alcanzar el Reino. Sí, la santidad, el crecimiento y la madurez espiritual, el avanzar en la senda que nos lleva a la plenitud del Reino, conlleva una serie de “condiciones” que nos ensanchan el corazón para abrir de par en par la puerta a Cristo. No hay otra forma de experimentar “las riquezas del Reino” más que siendo pobres de corazón.

La pobreza de espíritu es el actual y voluntario desprendimiento de todo lo que en nuestro corazón ocupe un espacio que le pertenezca solo a Dios; de todo aquello que se oponga a la libertad interior que cada uno, según su vocación, debe alcanzar para disponerse con generosidad a escuchar y cumplir la voluntad de Dios. El Siervo de Dios Juan Pablo II nos dijo sobre las bienaventuranzas, particularmente sobre la pobreza de espíritu: “El Maestro divino proclama ‘bienaventurados’ y, podríamos decir, ‘canoniza’ ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de prejuicios y condicionamientos y, por tanto, están dispuestos a cumplir en todo la voluntad divina. La adhesión total y confiada a Dios supone el desprendimiento y el desapego coherente de sí mismo”. (1 de noviembre de 2000).

Qué profunda reflexión sobre esta virtud. Pobres son los que tienen el corazón libre de “prejuicios”. Me parece entender que esto va dirigido a la mente, ya que los prejuicios son criterios y patrones sumamente arraigados en nuestra forma de pensar, de razonar y de valorar las cosas. Los prejuicios son una forma muy terrena de “ver y pensar”. Todo apego a los propios juicios, pensamientos o formas de ver, es una riqueza a la cual los pobres de espíritu renuncian para dejarse formar la mente con los pensamientos de Dios, ya que sus caminos no son los nuestros (Is. 53). Más bien podríamos afirmar que son muy diferentes en su valor y en su contenido.

Pobres, según el Papa Juan Pablo II, son los que tienen el corazón libre de “condicionamientos”. ¿Qué significará eso? Creo que habla de esas actitudes interiores, de esas limitaciones del egoísmo, de esos cálculos de autodefensa y de evasión del sacrificio, esa amalgama de fuerzas interiores que se oponen en nuestro corazón al amor y a la voluntad de Dios. Son todas esas condiciones y resistencias, muchas veces escondidas, las que nos atan en el camino del seguimiento generoso, desprendido y fiel a Cristo. Todo apego a esos condicionamientos del corazón es una riqueza a la cual los pobres de espíritu renuncian para dar cabida a las grandes potencias del amor que residen en nuestro corazón.

El Papa concluye ese párrafo con unas palabras muy retantes a pesar de su sencillez: “La adhesión total y confiada a Dios supone el desprendimiento y el desapego coherente de sí mismo”. Generalmente pensamos que ese “dejar todo”, al que Cristo invita a todo el que quiera seguirle, se refiere primordialmente a las cosas materiales, a las cuales también y en la medida propia de cada vocación, se entregan generosamente a Dios. Sin embargo, ese “todo” comienza con el desapego de sí mismo. “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo” (Luc. 9, 23-24). La primera condición para alcanzar la virtud de la pobreza de corazón es desprendimiento de sí mismo.
Cuánta riqueza podemos tener en el corazón y no por ser interior deja de ser riqueza: “Donde esté tu tesoro ahí estará tu corazón” (Lc. 12, 34 ). Lo que está dentro del corazón se refleja en el exterior. Los pobres de espíritu no necesitan mucho externamente, pues tienen el hábito interior de conformarse con poco, de estar contentos con poco, de no pedir ni esperar tanto, de no soñar con castillos, de no buscar grandes satisfacciones; de no construirse gloriosas ilusiones, de no proyectar su ego en sus obras, de no aferrarse a nada más que a Dios, y de gozar de todo lo que Dios les da, porque viene de sus manos y porque son libres, igualmente, de entregarlo. Los pobres de corazón buscan en todo, para todo y como fin de todo, a Dios mismo.

Solo los pobres de sí mismos pueden llenarse de Dios y de todo lo que El desee concederles. Solo los pobres de espíritu pueden ceder cuando el camino que habían trazado, repentinamente, se les es truncado; cuando los sueños no se cumplen, cuando los planes se desmoronan. Solo los pobres de espíritu saben dar el verdadero valor a las cosas, pues la balanza no está cargada de sus propias expectativas o sentimientos, sino que está completamente vacía de sí, dejando que todo, en Dios, adquiera su verdadero valor y peso. Solo los pobres de espíritu saben vivir en alegría, no pidiendo nada, no necesitando nada, no exigiendo nada, sino esperándolo todo de Dios, sabiendo que Dios da la justa medida, ni más que asfixie el corazón y lo distraiga del único tesoro, ni menos que no le permita encontrarlo. Pero el más o el menos, para quien es pobre de espíritu, no es una medida que toma en sus manos, sino que la abandona en las manos de Dios, para que sea El quien la determine.

Por eso, hermanos, ser pobres de espíritu es la fuente de la alegría. Esa alegría que les fue anunciada a los pastores: “Os anuncio una gran alegría, os ha nacido un salvador” (Luc. 2). Un salvador que vino al mundo en la sencillez de un pesebre y desde ahí proclamó, no con sus palabras, sino con un gesto elocuente, que el Reino de Dios es para los pobres de espíritu, para los que tienen un corazón sencillo como un pesebre. SS Benedicto XVI nos invitó, en una de sus recientes audiencias generales, a que en esta Navidad nos detengamos ante el pesebre, ya que “el pesebre nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios que se ha revelado en la pobreza y en la simplicidad de la gruta de Belén. Éste puede ayudarnos a entender el secreto de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la misericordia de Cristo, el cual ‘de rico que era se hizo pobre’ por nosotros. Su pobreza enriquece a quien la abraza; a aquellos que, como los pastores en Belén, acogen las palabras del ángel: ‘y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. Este signo permanece también para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. No hay otra Navidad”.

Que la pobreza del pesebre, signo de la pobreza del Corazón de Jesús y del Corazón de su Madre, se convierta para nosotros en esta Navidad, en un mensaje luminoso: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. (Mt. 5)

A la Virgen Santísima, maestra de pobreza de espíritu que en todo momento mantuvo su corazón desposeído de todo, para acoger solamente la voluntad de Dios, nos alcance en esta Navidad, con su intercesión materna, la gracia de crecer en tan excelsa virtud, y así nuestros corazones puedan ser pesebres humildes y pobres; sencillos y alegres, en los que Ella pueda colocar al Niño Jesús.

Desde la pobreza de los Corazones de Jesús y María, en unión con San José,

Madre Adela Galindo

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