Ha visitado dos veces la Virgen “Salus populi romani”; además, el papel de San José y de Santa Teresita de Lisieux

POR ANDREA TORNIELLI

CIUDAD DEL VATICANO

Un aspecto del Pontificado de Francisco que no ha suscitado la atención que merece, tal vez porque no corresponde a los clichés “progresistas”, es un aspecto que se inserta en el tejido profundo de la piedad popular que la Iglesia latinoamericana indicó como un tesoro precioso para la transmisión de la fe. En menos de dos meses, el Papa Bergoglio ha visitado dos veces la Basílica de Santa María Mayor, la iglesia más antigua dedicada a la Virgen. La primera vez fue justo después de su elección, para pedir a la “Salud populi romani”, el ícono mariano que en ella se venera, la protección para la diócesis de Roma. Después volvió el 4 de mayo, primer sábado del mes dedicado a María, para recitar el Rosario.

«La Virgen custodia nuestra salud –dijo el Papa. Nos ayuda a crecer, a afrontar la vida, a ser libres…». Francisco confirma que es un Papa profundamente mariano, que no oculta su apego hacia las formas devocionales que una cierta teología post-conciliar ha visto desde arriba, como si se trataran de gestos anticuados. Una de estas devociones marianas, que Bergoglio contribuyó a difundir en Argentina, es la de «María que deshace los nudos». Una devoción que nació con una imagen votiva bávara del siglo XVIII (Maria Knotenlöserin), que llevó a cabo el pintor Johann Melchior Schmidtner y que ahora se conserva en una capilla de la Iglesia románica de San Peter en Perlach, de la que se ocupan los jesuitas en el corazón de Agsburg, Barviera.

En este lugar, recordó Stefania Falasca en el periódico “Avvenire”, durante sus estancias de estudio en Ingolstadt, el padre Bergoglio descubrió el ícono. Volvió a Argentina y comenzó a divulgarlo. Como auxiliar en Buenos Aires se encargó de que se le dedicara un santuario a esa efigie. Y como arzobispo inauguró varias capillas dedicadas a la Virgen y adoptó, si se puede decir, su imagen como “tarjeta de presentación” que incluía en su correspondencia. La Virgen aparece representada tratando de deshacer los nudos (grandes y pequeños) de una cinta que le ofrecen algunos ángeles.

«Todos –ha explicado en diferentes ocasiones Bergoglio– tenemos nudos en el corazón, faltas, y atravesamos dificultades. Nuestro Padre bueno, que distribuye la gracia entre todos sus hijos, quiere que nosotros confiemos en ella, que le confiemos los nudos de nuestros males, de nuestras miserias que nos impiden unirnos a Dios, para que ella los deshaga y nos acerque a su hijo Jesús. Este es el significado de la imagen».

Francisco también es muy devoto de San José, el custodio de la infancia de Jesús, bajo cuya protección comenzó su pontificado con la misa inaugural que fue celebrada el 19 de marzo, fiesta del esposo de María. Entre los santos con los que el nuevo Papa tiene una relación especial, también destaca Teresita de Lisieux, la patrona de las misiones, cuya devoción difundió Bergoglio especialmente en las “villas miseria” de la periferia de Buenos Aires. «Cuando tengo un problema, lo confío a ella –contó el cardenal a Stefania Falasca. No le pido que lo resuelva, solo que lo tenga entre sus manos y que me ayude; como señal recibo casi siempre una rosa».

La tradicional piedad popular, ese río de devociones que en los últimos años de la crisis y de la secularización ha mantenido los vínculos de tantas personas con tantos santuarios, es un elemento muy importante para la Nueva Evangelización, expresión de la fe del pueblo, de esa fe de los simples que el magisterio (como afirmó el entonces cardenal Ratzinger) debe tutelar, ejerciendo justamente de esta manera su labor dando voz a los que no la tienen, a los que no escriben en los periódicos y los que no aparecen en la Televisión para expresar sus opiniones.

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