El Israel convertido de los últimos tiempos, el Israel de Dios, que en las instancias finales lo dará a luz moral y espiritualmente


6- El Israel de Dios

 

La Profecía y el Fin de los Tiempos

 

Sexta Conferencia

 

Dictada por el R.P. Dr. Leonardo Castellani, SJ

(1899 – 1981)

El 11 de Julio de 1969

Destino de Israel – La Profecía de San Pablo – La ubicación de la profecía – Opinión del cardenal Billot – La «cuestión judía».

Aunque la Iglesia lea el relato del capítulo XII del Apocalipsis, la Mujer revestida de Sol con la Luna bajo sus pies, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, no se puede interpretar que este emblema o signo se refiera a la Santísima Virgen María. Aún cuando por dar a luz la Mujer a un varón destinado a regir a las gentes con vara de hierro, solamente puede interpretarse que sea la Virgen, la Iglesia o Israel. Porque entender que sea la Madre de Dios, implicaría aplicarle las extrañas aventuras que describe el profeta, que de ninguna manera afectaron a la Virgen Inmaculada.

Unos dicen que es la Iglesia de los primeros siglos, exegesis que es fácilmente despedazada por el padre Lacunza en su libro La venida del Mesías en gloria y majestad. Otros sostienen, con mayor acierto que aquéllos, que representa a la Iglesia de los últimos tiempos porque, en primer lugar, es del todo evidente que se trata de una visión Parusíaca, ya que el hijo varón regirá a las gentes con cetro de hierro; y eso sólo puede aplicarse a Jesucristo en su Segunda Venida en gloria y majestad, ni antes ni después.

En segundo lugar, es en esta visión que aparece el tiempo del reinado del Anticristo: 1260 días. Pero estos intérpretes fallan cuando se considera el texto que dice que al no poder el Dragón dañar a la Mujer, «se enfureció contra ella y fue a hacerle la guerra al resto de sus hijos». ¡Qué resto? No puede ser entonces la Iglesia de los últimos tiempos, porque Ella tiene que incluir a todos sus hijos. No puede existir por un lado la Iglesia y por otro un resto de cristianos.

La exégesis correcta es considerar que este símbolo representa a Israel, como prueba fehacientemente Lacunza en una larga y profusa disertación. Pero no es todo Israel, puesto que el actual no da a luz a Cristo; sino el Israel convertido de los últimos tiempos, el Israel de Dios, que en las instancias finales Lo dará a luz moral y espiritualmente. Primero concibiendo en su corazón por la Fe, y luego profesando en público como Hijo de Dios y Mesías, a Aquel a quien había dado a luz físicamente por medio de María Santísima.

Quizá por ser nacimiento moral y espiritual, el texto griego usa un curioso solecismo al referirse al varón por nacer, poniendo «hijo» en género masculino y «varón» en género neutro. Porque la conversión de los judíos no es una cosa del cuerpo sino del ánimo, del pneuma, que es neutro en griego.

Después de lo cual, después de haber dado a luz a Jesucristo, sufrirá furiosa persecución del Demonio y le sucederán percances tremendos, oscuros para nosotros, por ejemplo, tendrá que refugiarse en el desierto (la soledad), quizá porque será odiada por los judíos que no se conviertan, por los neopaganos idolatrantes del Anticristo, y hasta por los mismos cristianos viejos, es decir, por todo el mundo.

El cardenal Louis Billot, el teólogo más eminente de nuestro tiempo, dijo no se puede concebir la conversión en masa del pueblo judío sin su reunión en un suelo patrio. Por eso, cuando hace 50 años se conoció la Declaración Balfour (1), dijo que la conversión de los judíos estaba cerca o al menos encaminada. Pudiera ser que acabe estando en los cierto, porque si el actual Reino de Israel no ha podido reunir a todos los judíos, pude ser el catalítico que los reúna en el futuro. (2)

  1. El 2 de Noviembre de 1917, el Ministro de Relaciones Exteriores del Reino Unido, Arthur Balfour dirigió una carta a Lord Lionel Rothschild para ser transmitida a la Federación Sionista. En esa carta, el Gobierno de Su Majestad contemplaba favorablemente el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina, y se comprometía a hacer uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de dicho objetivo.


 

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