Que el cielo, la tierra y los abismos se sometan, de grado o por fuerza, a las órdenes de la humilde María, a quien constituyó soberana del cielo y de la tierra…


«…La Beatísima María debe ser llamada Reina, no sólo por ra­zón de su Maternidad divina, sino también porque cooperó íntimamente a nuestra salvación…»

El 22 de agosto la iglesia celebra la realeza de María, reina del cielo y de la tierra. Sin embargo, en sus orígenes, esta festividad vino a ocupar el lugar de otra conmemoración, el del sagrado corazón de María.

Corría el año de 1944 y la segunda guerra mundial arrasaba con fuerza todo lo creado. Muertes, campos sembrados de explosivos, granadas por los aires y cartuchos gastados se mezclaban con la sangre y el horror. Bajo este clima irrespirable, el papa Pío XII decretó que el 22 de agosto se consagrase a la Virgen, celebrándose la festividad del inmaculado corazón de María. Esta conmemoración, de carácter universal, se continuó celebrando la citada fecha hasta que fue trasladada al sábado posterior a la celebración del sagrado corazón de Jesús.

Décadas antes, en 1925, ya el papa Pío XI, en su encíclica Quas Primas, instituyó la fiesta de la Realeza de Cristo. Habrá que esperar hasta 1954, bajo el pontificado del papa Pío XII, que será cuando se proclame la Realeza de la Virgen el de noviembre de 1954, en la encíclica Ad caeli reginam. En la carta emita por el sumo pontífice, puede leerse que “la Beatísima María debe ser llamada Reina, no sólo por ra­zón de su Maternidad divina, sino también porque cooperó íntimamente a nuestra salvación. Así como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios sino tam­bién nuestro Redentor, con cierta analogía, se puede afirmar que María es Reina, no sólo por ser Madre de Dios sino tam­bién, como nueva Eva, porque fue asociada al nuevo Adán”.

De este modo, la celebración enfatiza el carácter regio de María, al igual que su hijo, Cristo Rey. Mientras que Jesucristo es verdadero Rey, sumo y universal, la realeza de la Virgen es, por su parte, calificada de ratione excellentiae, esto es, que María supera desde los hombres hasta los ángeles, quedando sobre ella solo Jesucristo, que también es Dios. El papa León XIII afirmó que la dignidad de María “supera muchísimo a todas las naturalezas credas”, afirmando Pío XII que “Ella es más santa que los querubines y serafines”.

Entre otros teólogos, Santo Tomás de Aquino, en su Tratado de la Encarnación, hace referencias a María como reina del universo, exponiendo “que el cielo, la tierra y los abismos se sometan, de grado o por fuerza, a las órdenes de la humilde María, a quien constituyó soberana del cielo y de la tierra capitana de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas, dispensadora de sus gracias, realizadora de sus portentos, reparadora del género humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los enemigos de Dios y fiel compañera de su grandeza y de sus triunfos”. Por otra parte, San Luis María Grignon de Montfort, en su Tratado de la verdadera devoción a María, recoge que “por medio de María Santísima, Jesucristo vino al mundo, y así mismo por medio de Ella debe reinar en el mundo”.

Ocho días más tarde de la Asunción de la Virgen a los cielos, la coronación de la Virgen María como Reina y Señora de cielos y tierra viene a convertirse en un complemento de la festividad que la Iglesia celebra el día 15 de agosto. Al ser María madre de Cristo, se convierte en reina soberana. En el rezo del santo rosario, el quinto misterio glorioso alude a la coronación de María, invocándola además como reina cuando llega el turno de rezar las letanías.

Fuente: gentedepaz.es

Coronación de María, Elche, España