La Recta Intención

La intención es la determinación de la voluntad en orden a un fin. Esta intención es la que conduce o dirige al hombre entero en sus búsquedas y se fragua en el corazón.


Eduardo Ponce SJ.

San Ignacio, en el libro de los EE.EE, número 46, propone una sencilla oración para empezar el primer EE de la primera semana. Nos encontramos a las puertas mismas de esta experiencia central para Ignacio y para cualquiera que se dispusiese a entrar en los EE.EE. la oración dice así:

La oración preparatoria es pedir la gracia a Dios nuestro Señor,  para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad.

Esta oración se llamará, mas adelante, la sólita oración preparatoria, es decir, que no habrá ningún ejercicio espiritual que no empiece con esta humilde petición: que del Señor sea de quien yo reciba ORDEN en mi búsqueda y actuar, de manera que todo mi actuar y mi búsqueda se ordene o lo tenga a Él por fin.

La intención es la determinación de la voluntad en orden a un fin. Esta intención es la que conduce o dirige al hombre entero en sus búsquedas y se fragua en el corazón. La intención se sacia en la realización de lo buscado. Es la razón la que ofrece a la voluntad el objeto de su apetencia y son las operaciones las obedientes ciervas de la voluntad. Por esto, tal vez, el Antiguo Testamento entiende que el centro del hombre, allí donde el hombre se prueba es en el corazón. No es lo que entra en el hombre lo que nos hace sucios sino el mal que sale de nuestro corazón; lo dice Jesús en el Evangelio. El profeta Ezequiel profetiza al pueblo de Israel, dice: Esto dice el Señor, cambiaré el corazón de piedra por uno de carne…

Por esto, Ignacio, conocedor de la pedagogía que Dios usa con el hombre, buscando disponernos mejor para dejarnos transformar por Él en los EEEE. pone como condición sine qua non para buscar y hallar la voluntad de Dios en la disposición de su vida, la sólita oración preparatoria antes de todo momento de intimidad con Dios. Sin este “callado” de nuestra parte no podemos acertar con el camino.

No es tan difícil entender a qué se refería Ignacio con “acciones y operaciones”. Ambas pertenecen al ámbito de las manifestaciones de las intenciones. Son los frutos por los cuales se conoce el corazón del hombre. Hay autores que en vez de acciones traducen: elecciones. Calveras, en su directorio de EEEE, llega a entender que se trata de las “operaciones internas y las acciones externas”. En todo caso, podemos entender que se trata de todo el conjunto de acciones, internas, que solo yo percibo) o externas, (que otros pueden percibir), que llevan a la satisfacción de la intención: imaginar, pensar, conjeturar, idear, planificar, y todo lo que nos lleve en el lenguaje de gesto y palabra a mover a otros; dialogar, accionar, ejecutar, etc.

Si tenemos que pedir la rectitud de intención es porque espontáneamente no la tenemos en nosotros, o la perdemos con facilidad, o nos cuesta trabajo mantenernos en ella. Sin embargo, por otra parte, resulta consolador considerar que si pedimos la recta intención es que tenemos un corazón capaz de ella. MÁs aún, tenemos un corazón que sin ella no se siente en paz. Nos obligará a buscarla y pedirla insistentemente saber que nuestro corazón solo en ella se aquieta y encuentra su dignidad de hombre, su confianza en la justicia de Dios. La rectitud de intención es la madre de la mirada limpia, de la palabra sencilla, de la mano abierta y la sonrisa honesta, de la desnudez y pureza, de la búsqueda y comunión con lo mejor de todos los hombres. Sabemos que es madre de todo esto, pero conviene saber también de quien es hija, dónde está el origen de la recta intención.                                                                                           

Si la pedimos ya podemos decir que su origen no está en nosotros. Es el resultado de un don. Es la disposición que produce en nosotros el hecho de abrirnos a un don de Dios: su GRACIA, que es lo que Ignacio nos mueve a pedir.

Si la pedimos es porque fue nuestra y de algún modo la perdimos. Dicen que la humanidad perdió su inocencia en la niñez, y no hay nada que nos cautive más como la infantil inocencia; nos pone melancólicos pues nos recuerda íntimamente que nos encantaría vivir en la indefensión, nos encantaría vivir sin miedos, plenamente confiados, completamente desnudos en la total aceptación, como Adán y Eva frente a Dios. …antes de perder aquello que ahora en Cristo pedimos: vivir nuevamente como Hijos de Dios, sus niños. Aceptar que Dios viene por mí y me rescata porque me ama, porque soy suyo, me acoge, cubre mi desnudez y mis vergüenzas, que Él se hace cargo de ellas, que ya no debo temer a nada, pues a los ojos de Dios Padre yo valgo un Jesús. Y “si Dios está por nosotros, quién contra nosotros?”(Rom 8).

Si pedimos la recta intención es porque nos fue arrebatada de un manotazo por el “insigne engañador”, el que pervirtió toda la creación; nos puso patas arriba. Somos hoy los invitados a poner todo en orden, pero no nuestro orden sino el que se nos ha develado en Cristo, en El todo recobra su “hijitud” perdida. En El todo se recapitula, vuelve a su orden original pues en Cristo y para Él fueron creados los cielos y la tierra y todo lo que la puebla. Pedir la recta intención supone el reconocimiento de nuestra “perversión”; aquella actitud que nos lleva a buscarnos a nosotros mismos en todas nuestras intenciones, acciones y operaciones. Buscamos no morir, no ser olvidados, ser valorados, ser estimados más que los otros, porque tenemos miedo a recibir solo migajas de amor y no todo el amor. Buscamos no perder mientras que vemos que otros ganan. Nos aterra no realizarnos y no ser felices al momento en que la muerte se suba a nuestra cama. No es que no queramos a Dios ni que lo hayamos dejado de alabar, es solo que no nos atrevemos a dejar completamente en sus manos nuestra paga y que su Gracia, su amistad, su reconocimiento, su cercanía y confianza me basten. Porque lo cierto es que su Amor y su Gracia no nos bastan, y no por maldad nuestra sino por miedo. (Y el miedo es mal consejero dice San Pablo.) Dios es nuestro Padre y sabe que tenemos miedo; sabe que torpemente buscamos seguridades en nuestras propias cárceles. No todo es sólo torpeza, también hay maldad. Pero la maldad surge de la dureza del corazón que no se ablanda ni se doblega amorosamente ni a la más extrema muestra del amor de Dios

Quien nos engañó en un principio redobla sus tretas, en estos “últimos tiempos”, los del Espíritu, para hacernos perder el principio y fundamento de nuestras vidas, el orden en el que solo descansa y se goza nuestro ser: Alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. (EEEE, nº23). Por eso volvemos a pedir, todos los días, para no bajar la guardia, que Dios no nos deje olvidar su salvífico amor por nosotros, y que nos conceda responder así a su Amor con nuestro flaco amor. Que acepte hoy este nuestro sacrificio en Alabanza y Gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

Que lo primero y lo último sea amarte a Ti Señor en todas las cosas y a todas en Ti.

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