Muchos piensan así: en fin de cuentas, basta con que yo me salve; y no es necesario ser un santo. R. Garrigou, Lagrange


La vida interior así comprendida es en nosotros una cosa mucho más profunda y necesaria que la vida intelectual o el cultivo de las ciencias, más que la vida artística y literaria, más que la vida social o política…


R. Garrigou, Lagrange


“La vida interior, como cualquiera lo puede fácilmente comprender, es una forma elevada de la conversación íntima que cada uno tiene consigo mismo, en cuanto se concentra en sí, aunque sea en medio del tumulto de las calles de una gran ciudad. Desde el momento que cesa de conversar con sus semejantes, el hombre conversa interiormente consigo mismo acerca de cualquier cuestión que le preocupa. Esta conversación varía mucho según las diversas épocas de la vida; la del anciano no es la misma que la de un joven; también es muy diferente según que el hombre sea bueno o malo.”

“En cuanto el hombre busca con seriedad la verdad y el bien, esta conversación íntima consigo mismo tiende a convertirse en conversación con Dios, y poco a poco, en vez de buscarse en todas las cosas a sí mismo, en lugar de tender, consciente o inconscientemente, a constituirse en centro de todo lo demás, tiende a buscar a Dios en todo y reemplazar al egoísmo por el amor de Dios y por el amor de las almas en Dios. Y ésta es precisamente la vida interior; ninguno que discurra con sinceridad dejará de reconocer que así es.

La única cosa necesaria de que hablaba Jesús (Luc., X, 42.)a Marta y María consiste en dar oídos a la palabra de Dios y en vivir según ella.

La vida interior así comprendida es en nosotros una cosa mucho más profunda y necesaria que la vida intelectual o el cultivo de las ciencias, más que la vida artística y literaria, más que la vida social o política. “No es difícil, por desgracia, tropezar con grandes sabios, matemáticos, físicos, astrónomos, que no poseen en absoluto ninguna vida interior, que se entregan al estudio de la ciencia como si Dios no existiera; en sus momentos de concentración no conversan en forma alguna con Él. Sus vidas se dirían en cierto modo entregadas a la investigación de la verdad y del bien; pero están tan mancilladas por el amor propio y el orgullo intelectual, que uno se pregunta instintivamente si será posible que produzcan alguna vez frutos de eternidad. Muchos artistas, literatos y hombres políticos apenas sobrepasan este nivel de una actividad puramente humana, exterior y superficial. ¿Se podrá afirmar que el fondo de sus almas viva de un bien superior a ellas? La respuesta parece negativa.

Esto demuestra que la vida interior, o la vida del alma con Dios, ha de ser llamada con toda razón la única cosa necesaria, ya que por ella tendemos hacia nuestro último fin, y por ella aseguramos nuestra salvación que no hay que separar demasiado de la progresiva santificación, porque ésta es el camino mismo de la salvación.”

“Se diría que muchos piensan así: en fin de cuentas, basta con que yo me salve; y no es necesario ser un santo. Que no sea necesario ser un santo que haga milagros, y cuya santidad sea oficialmente reconocida por la Iglesia, cierto; pero para ir al cielo preciso es emprender el camino de la salvación, y éste no es otro que el camino mismo de la santidad: En el cielo no habrá sino santos, ya sea que éstos hayan entrado allá inmediatamente después de su muerte, o ya que hayan tenido necesidad antes de ser purificados en el purgatorio. Ninguno entra en el cielo que no posea aquella santidad que consiste en estar puro y limpio de toda falta; todo pecado, aun venial, debe ser borrado y la pena merecida por el pecado ha de ser expiada o perdonada, antes que un alma goce eternamente de la visión de Dios, lo vea como él se ve y lo ame como se ama él. Si un alma entrase en el cielo antes de la remisión total de sus pecados, no podría permanecer allí y espontáneamente se precipitaría en el purgatorio para ser purificada.

“La vida interior del justo que tiende hacia Dios y que vive ya de él es ciertamente la única cosa necesaria; para ser santo no es necesario el haber recibido una cultura intelectual o poseer una gran actividad exterior; basta con vivir profundamente de Dios. Esto es lo que observamos entre los santos de los primeros tiempos de la Iglesia, muchos de los cuales eran gente humilde y aun esclavos; esto es lo que vemos en San Francisco, en San Benito José Labre, en el Cura de Ars y en tantos otros.

Todos ellos comprendieron profundamente estas palabras del Salvador: «¿Qué aprovecha ganar el universo, si uno pierde su alma? (Mat., XVI, 26). Si tantas cosas sacrificamos para salvar la vida del cuerpo, que al fin ha de morir, ¿qué no deberíamos sacrificar por salvar la vida del alma que ha de vivir eternamente? ¿No debe el hombre amar más su alma que su cuerpo?» «Qué no será justo que dé el hombre a cambio de su alma?», añade el Salvador (ibid.). “Unum est necessarium, dice también Jesús (Luc., X, 42): Una sola cosa es necesaria, escuchar la palabra de Dios y vivir según ella para salvar el alma. Ésta es la mejor parte, que nadie arrebatará al alma fiel aun cuando perdiera todo lo demás.

Fragmento de: R. Garrigou Lagrange. “LAS TRES EDADES DE LA VIDA INTERIOR”.