LOS SANTOS SON LAS OBRAS MAESTRAS DEL ESPIRITU SANTO

(VIS).-El Cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para la Causas de los Santos, presidió esta tarde en el altar de la cátedra de la basílica vaticana la Santa Misa con motivo de la beatificación de las Siervas de Dios Ascensión Nicol Goñi y Marianne Cope. El Cardenal Saraiva leyó al inicio de la ceremonia por encargo de Benedicto XVI la carta apostólica con la que el Sumo Pontífice ha inscrito en el Libro de los Beatos a las dos Siervas de Dios. En la homilía, el purpurado habló de la solemnidad de Pentecostés, poniendo de relieve que los apóstoles «experimentaron la presencia del Espíritu Santo y llegaron a ser testigos de Cristo, muerto y resucitado, por las vías del mundo. La misma experiencia se repite en todos aquellos que acogiendo a Cristo se abren a Dios y a la humanidad. Se repite sobre todo en los santos, tanto en los anónimos como en los que han sido elevados a los altares. Los santos son las obras maestras del Espíritu que en ellos esculpe el rostro de Cristo e infunde en su corazón la caridad de Dios». Hablando de la beata española Ascensión del Corazón de Jesús (1868-1940), el cardenal dijo: «Fue una de las grandes misioneras del siglo pasado» y quiso «pertenecer en exclusiva a Dios, consagrándose como monja dominica en el Monasterio de Santa Rosa de Huesca, en España». Tras recordar que cuando tenía 45 años, el Señor la llamó a ser misionera en Perú, afirmó: «Con entusiasmo juvenil y confianza total en la Providencia, dejó su patria y se dedicó a la tarea de evangelizar, extendiendo su afán a todo el mundo, a partir del continente americano. Su trabajo generoso, amplio y eficaz dejó una huella profunda en la historia misionera de la Iglesia». «Colaboró con Mons. Ramón Zubieta, Obispo dominico, en la fundación de las Hermanas Misioneras Dominicas del Santísimo Rosario, Congregación de la que fue primera Superiora general. Su vida misionera abunda en sacrificio, renuncia y frutos apostólicos. (…) Sostenida por una fe viva y una devoción ferviente al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora del Rosario, se entregó para la salvación de las almas, con olvido completo de sí misma. Exhortaba frecuentemente a sus hijas a comportarse de la misma manera, afirmando que no se salvan las almas sin nuestro sacrificio personal». De la beata Marianne Cope (1838-1918), que nació en Alemania pero emigró a Estados Unidos cuando era muy pequeña, el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos resaltó que «su encuentro con los enfermos de lepra tuvo lugar cuando ya llevaba mucho tiempo siguiendo a Cristo. Desde hace veinte años era miembro de la Congregación de las Hermanas de la Tercera Orden de San Francisco de Syracuse, EE.UU». Tras recordar que Dios la llamó a un «servicio misionero más difícil», el de cuidar a los enfermos de lepra en la Isla de Molokai (Hawai), «dejó todo y se abandonó completamente a la voluntad de Dios». «Colaboró con el beato Damian de Veuster», conocido como el apóstol de los leprosos, y amó a estos enfermos «más que a sí misma. Les sirvió, educó y guió con inteligencia, amabilidad y fortaleza. En ellos veía el rostro sufrido de Jesús. Siguió las huellas del buen samaritano y se convirtió en la «madre de los leprosos». Al final de la homilía, el cardenal Saraiva subrayó que las dos nuevas beatas «han llevado al mundo los frutos y los signos de la presencia del Espíritu Santo, han hablado el lenguaje de la verdad y del amor, el único capaz de derribar las barreras de la cultura y de la raza y de reconstruir la unidad de la familia humana, dispersa por el orgullo, la voluntad de poder, el rechazo de la soberanía de Dios».

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