Con una declaración publicada el pasado 19 de noviembre, La Conferencia de Obispos Católicos de Irlanda dio respuesta a la polémica generada en el país debido a la muerte de una mujer tras sufrir un aborto espontáneo.

 

Diversos grupos de presión favorables al aborto utilizaron el caso para culpar a la legislación, que no admite el aborto, mientras la Iglesia recordó que ambos, madre e hijo no nacido, tienen igual derecho a la vida.

 

La muerte de una madre y su hijo no nacido en Irlanda suscitó un amplio debate nacional que motivó la respuesta de los Obispos. En la imagen una mujer sostiene el lema «estamos más seguras sin aborto» durante una manifestación pública. La controversia comenzó tras conocerse la muerte de Savita Halappanavar en el Hospital Universitario Galway el pasado 28 de octubre. La mujer sufrió un aborto espontáneo tras el cual perdió la vida. Los médicos se negaron a practicar un aborto inducido, lo cual fue utilizado por grupos activistas para denunciar la muerte como supuestamente causada por la prohibición legal de la práctica en el país. Según el personal médico del Hospital, la causa de la muerte fue una infección con una bacteria resistente a los antibióticos, situación en la cual el tema del aborto no está relacionado en forma alguna.

«La muerte de la Sra. Savita Halappanavar y su niño no nacido (…) fue una tragedia personal devastadora para su esposo y su familia», comentaron los Obispos en su declaración sobre el caso. Tras expresar sus condolencias a la familia de la mujer y a todos los afectados, los prelados aclararon la doctrina de la Iglesia en los complejos casos de embarazos de alto riesgo para la vida de la madre.

 

«La Iglesia Católica nunca ha enseñado que la vida de un niño en el vientre deba ser preferida a la de la madre», afirmaron los Obispos. «Por virtud de su humanidad común, una madre y su bebé no nacido son sagrados ambos y tienen un igual derecho a la vida». Sobre los casos en los cuales una mujer en embarazo requiere un tratamiento que puede poner en riesgo la vida de su hijo, la Iglesia aclaró que «dichos tratamientos son éticamente permisibles mientras se hayan hecho todos los esfuerzos para salvar las vidas tanto de la madre como la de su bebé».

 

Los prelados también aclararon que mientras el aborto inducido es gravemente inmoral en todas las circunstancias, «es diferente de los tratamientos médicos que no buscan directa e intencionadamente poner fin a la vida del bebé no nacido». Sobre los detalles de los procedimientos, los Obispos remitieron a la ley actual y los lineamientos profesionales que rigen la práctica médica en el país y que buscan salvar la vida de los dos pacientes.

 

La Iglesia también reiteró su defensa de la vida humana desde la concepción, momento en el cual «un ser humano único y genéticamente completo comienza a existir». Los Obispos hicieron la distinción de que, a partir de la concepción, «cada uno de nosotros no creció y se desarrolló hasta hacerse humano, sino que creció y se desarrolló como ser humano». Dicha condición de humanidad permanece inalterable desde el inicio mismo de la vida.

 

Finalmente, la Conferencia de Obispos destacó la importancia de proteger la vida tanto de la madre como de los bebés no nacidos a través de la ley y la práctica médica. «Esto ayuda a garantizar que las mujeres y los bebés reciban el más elevado nivel de protección y cuidado durante la gestación». Como prueba de esta realidad, los Obispos citaron la baja incidencia de mortalidad materna en el país. «Irlanda, sin aborto, sigue siendo uno de los países más seguros en el mundo para estar en embarazo y dar a luz. Esta es una posición que debe continuar siendo valorada y fortalecida en interés de las madres y los niños no nacidos», concluyeron.

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