Viviendo de lo que Dios le impone «in persona Christi capitis», «in persona ecclesiae»


Esta paternidad proviene de un sentimiento de intimidad consciente, de comunión exclusiva, de devoción amorosa. De su nueva unión sacramental con Cristo, el sacerdote obtiene el convencimiento de que su misión es una necesidad espiritual en favor de todos los hombres y de la humanidad.

Saber que sin Dios los hombres no tienen raíces y se marchitan, supone algo más que un conocimiento dramático de la realidad. Cotidianamente el sacerdote puede contemplar de qué manera llega el amor de Dios a la comunidad y a cada uno de sus miembros. La paternidad espiritual que traspasa sus gestos y palabras le permite no poder pensar en la comunidad sin tener que tratar con cada uno, y no poder pensar en la persona concreta sin amar en ella a la comunidad entera.

De esta manera, el sacerdote es transparencia de la Cabeza para que el cuerpo se reconozca como tal, y es la culminación del cuerpo, con todos sus miembros, en la Cabeza que le da vida. Esta vida del pueblo, que es de Dios, está en la base profunda de la experiencia espiritual del sacerdote. La misión de guiar al pueblo para que se ponga al servicio de Dios estará por encima de los hechos que, a veces, pueden refutar su doctrina. En este sentido, el sacerdote no es un reformador social, ni actúa en nombre del pobre, ni es un portavoz del pueblo. Todo lo que reclama proviene de su devoción por la paternidad de Cristo, le mueve el deseo que tiene de Dios de ser Padre de los pobres, defensor de los oprimidos, consuelo de los que lloran.

Configurar la vida en el misterio de la Cruz del Señor comporta algunas consecuencias vitales para la vida sacerdotal. La belleza heroica que el ministerio oculta es su capacidad de sufrir con el fin de imprimir su enseñanza en los mismos destinatarios de la misión. Permanecer así en su santo servicio significa ser testigo de la actividad divina dentro de la vida humana, y eso no se hace sin una gran capacidad de silencio orante, a través de triunfos y fracasos mediante los ojos del Espíritu. La sintonía entre lo que se sufre y lo que se enseña familiariza con las realidades espirituales desde la fe y por encima de las pruebas poniendo la confianza en Dios como su apoyo y fortaleza. Mientras los hombres suelen desafiar a Dios por cualquier motivo, el sacerdote refleja la misma preocupación divina. No se pondrá jamás al servicio de un hombre irritado ya que el sacerdote se ha puesto de parte de Dios.

Por eso no dejará nunca de interceder, de hacerse cargo del pueblo que preside, de abrir horizontes nuevos desde los que mostrar cómo agradar a Dios; en definitiva, de anunciar la salvación. Mientras el sacerdote siente la tragedia de los empecinados y puede ser tentado de desesperar de una determinada situación humana, su fe se mantiene viva. Podrá desesperar de los hombres, pero nunca de la misericordia divina. En relación con ellos, como juez del penitente, médico del alma y maestro del perdón, le posee una sola certeza: tarde o temprano, los hombres volverán a Dios. Estar identificado con la naturaleza amorosa de Cristo, que cura y levanta al desvalido, es el núcleo de la esperanza del ministerio sacerdotal.

Cristo vivifica su Iglesia con su sacerdocio permanente. Por su parte, el sacerdote, que ha nacido como tal mediante la oración de la Iglesia (la «Prex ordinationis»), está habilitado para orar como imagen de la intercesión constante de Cristo glorioso. Es la llamada cotidiana a personalizar el carisma pastoral recibido en clima de amistad divina en un corazón que acaba por sentir pastoralmente. Cuando conoce a quien lo llama y envía, contempla a Dios en lo que es y en lo que hace mientras se comprende a sí mismo. Transformado, ya no se conoce, en el sentido que puede proclamar lo que nunca ha pensado e, incluso, puede anunciar lo que ha temido. Participa de otro orden. Es Cristo quien hace que todo su cuerpo crezca para Dios. La elección lo ha transformado hasta el punto de hacer lo mismo que su Señor. A través del abandono espiritual, procede en medio de paradojas: ha sido llamado sin la preparación espiritual e intelectual suficiente, ha sido elegido en la impureza para que la santidad se abra camino entre los hombres; formando parte de una comunidad, es colocado fuera de ella.

Viviendo de lo que Dios le impone «in persona Christi capitis», «in persona ecclesiae», «in persona omnium», ministro calificado del «opus operantes totius Ecclesiae», asume la ofrenda y la oración de la Iglesia y del mundo. Incorporado al culto nuevo de Cristo en estado perpetuo de ofrenda, desde su identidad, conoce al único Pastor, desarrolla todo lo que ha recibido en su persona, mientras todo se expresa desde la Cabeza.

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