¿Pueden los políticos llevar los asuntos al margen de la ética?  ¿Son los políticos los que tienen autoridad para dar o imponer normas morales cuando están en el poder?

 

Todos debemos obrar en todo según las normas morales objetivas, que es obrar conforme a nuestra naturaleza humana, obrar como personas. Lo inmoral es inhumano.

También en política rigen las normas de no robar, no matar, no mentir, no permitir la explotación económica ni la utilización sexual de las demás personas, etc.

Hay normas objetivas de moralidad y a ellas debemos atenernos todos en todo nuestro comportamiento para que sea conforme a la naturaleza racional que tenemos.

El propio acto de elegir gobernantes, como todo acto humano, para no ser inhumano, debe ser realizado según la ética.

¿Son los políticos los que tienen autoridad para dar o imponer normas morales cuando están en el poder?

Los políticos deben cumplir las normas éticas objetivas, no los elegimos para que manden lo que quieran con un poder absoluto (que quiere decir desligado de las normas objetivas de moralidad).

Y menos, para que se pongan ellos a dar normas de comportamiento diferentes de la moral racional, para que impongan sus normas inmorales diciendo encima que eso es lo «decente».

La sustitución del liberalismo que se imponía inicialmente mediante el terror jacobino o los pronunciamientos, las guerras civiles y el falseamiento de las elecciones, por los métodos «pacíficos» de la actual democracia liberal, y la renuncia al marxismo por los partidos socialistas occidentales, que consistió en cambiar la imposición totalitaria del socialismo por su implantación también mediante la democracia liberal, es ejercer en realidad un poder mucho mayor que el de imponer la obediencia mediante la fuerza externa, porque es conseguir la adhesión mediante la interiorización. Conseguir que alguien obedezca o se someta voluntariamente es tenerlo más dominado que si lo hace por la fuerza. La seducción mediante el engaño, la manipulación, la demagogia o el sistema educativo adoctrinador son violaciones no menores, sino mayores de la libertad y de la dignidad humana. El tema de la coacción mediante la interiorización lo denuncia ya en la Dives in misericordia San Juan Pablo II en 1980: «El hombre tiene precisamente miedo de ser víctima de una opresión que lo prive de la libertad interior, de la posibilidad de manifestar exteriormente la verdad de la que está convencido, de la fe que profesa, de la facultad de obedecer a la voz de la conciencia que le indica la recta vía a seguir. Los medios técnicos a disposición de la civilización actual, ocultan… la posibilidad de una subyugación «pacífica» de los individuos, de los ambientes de vida, de sociedades enteras y de naciones, que por cualquier motivo pueden resultar incómodos a quienes disponen de medios suficientes y están dispuestos a servirse de ellos sin escrúpulos» (Dives in misericordia, 11).

¿Quién tiene autoridad para enseñar las normas morales con seguridad?

Aunque la moral se puede conocer por la luz natural de la razón, nuestro conocimiento humano de esas normas morales objetivas y racionales es falible, son las autoridades de la Iglesia, el Papa y el conjunto de los obispos, quienes tienen autoridad para enseñar las normas morales infaliblemente cuando la ejercen como tal, no cuando no la ejercen.

El Concilio Vaticano II enseña que forma parte de la misión de la Iglesia «declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana» (Dignitatis humanae, 14).

Las autoridades de la Iglesia, para cumplir la misión de la Iglesia, deben ejercer esa autoridad de enseñar las normas morales con seguridad a gobernantes y gobernados, no imponiéndoselas, sino proponiéndoselas con autoridad segura e infalible como ley de la naturaleza dada por el autor de la naturaleza, de quien procede esa misión que el Papa y los Obispos tienen irrenunciablemente.

No son los políticos los que pueden actuar como autoridades religiosas, ni siquiera morales, como en el Islam. O lo que sería lo mismo por el camino inverso, no son las autoridades eclesiásticas, las que como tales, deban ni puedan ponerse a gobernar los asuntos civiles. El Papa no es un Califa, sino que su autoridad es para declarar con seguridad e infalibilidad las normas morales, que deben ser dadas y aceptadas para regir también los asuntos políticos, precisamente para que nadie se ponga a hacer de Califa. Esta autoridad del Papa para declarar las normas morales es infalible cuando la ejerce con ese carácter, no cuando no la ejerce.

La religión cristiana, al igual que la religión que Moisés y los profetas difundieron en el pueblo de Israel, y a diferencia de la reducción de la religión a la política, que es una distorsión de la religión por parte de los que querían que el Mesías fuese un caudillo político, y de los que pretenden que el dirigente religioso sea un Califa, proclama el reino de Dios, que consiste en que el culto y el acatamiento a Dios sea proclamado no sólo con palabras, ni solamente sancionado con las leyes, sino también llevado a la práctica con sinceridad, y por consiguiente, que, tanto a nivel personal como social, se acaten las normas morales recibidas de las autoridades de la Iglesia, es decir, que los gobernantes y parlamentarios sean elegidos según la moral y que, en la legislación y gobierno, que en lo político les corresponde a ellos, acepten como normas de moralidad las que reciban de las autoridades de la Iglesia, a las que reconocen la autoridad divina para «declarar y confirmar» dichas normas morales; al revés que en el Islamismo y que en las distorsiones judaizantes de la verdadera religión judía.

Tesis, hipótesis, esperanza

Esta es la situación de tesis católica.

Y es de razón natural, como enseña la Iglesia en uno de los documentos incluidos entre los que en 2002 declaraba vigentes:

«La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios…, impone la misma obligación a la sociedad civil…abrazar con el corazón y con las obras la religión» (León XIII, Inmortale Dei, n. 3).

En la situación de hipótesis, que es cuando muchos en la sociedad o no son católicos o no actúan como tales y el régimen político imperante no es católico, entonces la Iglesia reivindica libertad y que los católicos que actúen en política procuren que las leyes sean conforme a la moral natural tal como la enseña infaliblemente la Iglesia.

La contraposición entre tesis e hipótesis se supera mediante la esperanza segura que, según el Concilio Vaticano II, proclama la Iglesia de que todos los pueblos en el futuro proclamarán su fe en Dios y actuarán coherentemente acatando su reinado de modo efectivo:

«La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro» (Concilio Vaticano II, Nostra aetate, 4).

Tampoco se conoce la duración de ese día o de la época que se inaugura ese día.

Pero sí que esto es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Esta confesionalidad de todos los pueblos y de su organización política autonómica, nacional y mundial excluye taxativamente cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política.

Esta confesionalidad excluye también taxativamente la intolerancia religiosa. Todo lo contrario: por ser una virtud la tolerancia, aunque es posible practicarla con las fuerzas humanas, que lo sea de hecho siempre y generalizadamente por todos los pueblos y sus autoridades sólo es posible con los medios que aporta la Iglesia, y la aceptación de estos medios, en particular la autoridad de la Iglesia en materias morales como infalible, es lo que define a los estados confesionales. Y la tolerancia no excluye sólo la coacción física.

La clave está en que la libertad está unida a la verdad y al bien, a obrar conforme a la naturaleza humana. Conseguir que otro actúe en discordancia con la ley natural, con lo que es un comportamiento humano, es violar su dignidad, y si se consigue mediante la seducción o el sistema educativo es mayor violación de la libertad y de la dignidad y es ejercer más poder que si se consigue mediante la fuerza de la coacción externa. Aunque suele funcionar un trinomio de miedo + simpatía + interés. A veces es un polinomio de miedo + simpatía + interés + ignorancia + chantaje…

Mientras que el objetivo de toda educación es que los hombres (varones y mujeres) y los pueblos obren bien y que sea voluntaria y libremente por su propio convencimiento, consciente y bien informado.

De lo que se trata es de «la coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II».

 

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