Una sana laicidad de la escuela no implica la negación de la trascendencia, ni  neutralidad frente a los valores morales

 

 

Una sana laicidad de la escuela no implica la negación de la trascendencia, y ni siquiera una mera neutralidad frente a aquellos requisitos y valores morales que se encuentran en la base de una auténtica formación de la persona, incluyendo la educación religiosa.

Resistir a la “secularización interna” que amenaza a la Iglesia. Ofrecemos nuestra traducción de las partes más importantes de este discurso del Vicario de Cristo.

“Respecto a la cultura, el pensamiento se dirige a dos ámbitos clásicos en los que ésta se forma y comunica – la universidad y la escuela -, fijando la atención principalmente en las comunidades académicas que han nacido a la sombra del humanismo cristiano y que se inspiran en él, honrándose con el nombre de «católicas». Ahora bien, «precisamente por la referencia explícita, y compartida por todos los miembros de la comunidad escolar, a la visión cristiana —aunque sea en grado diverso— es por lo que la escuela es «católica», porque los principios evangélicos se convierten para ella en normas educativas, motivaciones interiores y al mismo tiempo metas finales» (Congregación para la Educación Católica, La escuela católica, n. 34). Que pueda, en una convencida sinergia con las familias y con las comunidades eclesiales, promover aquella unidad entre fe, cultura y vida que constituye el objetivo fundamental de la educación cristiana.

También las escuelas estatales, según diversas formas y modos, pueden ser ayudadas en su tarea educativa por la presencia de profesores creyentes – en primer lugar, pero no exclusivamente, los profesores de religión católica – y por alumnos formados cristianamente, como también por la colaboración de las familias y de la misma comunidad cristiana. En efecto, una sana laicidad de la escuela no implica la negación de la trascendencia, y ni siquiera una mera neutralidad frente a aquellos requisitos y valores morales que se encuentran en la base de una auténtica formación de la persona, incluyendo la educación religiosa.

La escuela católica no puede ser pensada ni vivir separada de las otras instituciones educativas. Ella está al servicio de la sociedad: desarrolla una función pública y un servicio de pública utilidad, no reservado sólo a los católicos sino abierto a todos aquellos que desean gozar de una propuesta educativa calificada […] El compromiso plurisecular de la escuela católica va en esta dirección, impulsado por una fuerza aún más radical, es decir, por la fuerza de que hace de Cristo el centro del proceso educativo.

Este proceso, que tiene inicio en las escuelas primaria y secundaria, se realiza de modo más alto y especializado en las universidades. La Iglesia ha sido siempre solidaria con la universidad y con su vocación de conducir al hombre a los más altos niveles de conocimiento de la verdad y del dominio del mundo en todos sus aspectos. Me complace expresar mi viva gratitud eclesial a las diversas congregaciones religiosas que, entre vosotros, han fundado y sostenido renombradas universidades, recordándoles, sin embargo, que éstas no son propiedad de quien las ha fundado o de quien las frecuenta, sino expresión de la Iglesia y de su patrimonio de fe.

En este sentido, amados hermanos, vale la pena recordar que, en el pasado agosto, se han cumplido veinticinco años de la Instrucción Libertatis nuntius de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sobre algunos aspectos de la teología de la liberación; en ella, se hizo hincapié en el peligro que implicaba la aceptación acrítica, por parte de algunos teólogos, de tesis y metodologías provenientes del marxismo. Sus consecuencias más o menos visibles, compuestas de rebelión, división, disenso, ofensa, anarquía, todavía se hacen sentir, creando en vuestras comunidades diocesanas gran sufrimiento y una grave pérdida de fuerzas vivas. Pido a todos los que, de algún modo, se han sentido atraídos, involucrados y afectados en su interior por ciertos principios engañosos de la teología de la liberación que se confronten nuevamente con la mencionada Instrucción, recibiendo la luz benigna que ella ofrece a manos tendidas; recuerdo a todos que «la regla suprema de la propia fe (de la Iglesia)… proviene de la unidad que el Espíritu ha puesto entre la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia en una reciprocidad tal que los tres no pueden subsistir de forma independiente» (Juan Pablo II, Fides et ratio, n. 55). Que, en el ámbito de los organismos y comunidades eclesiales, el perdón ofrecido y recibido en nombre y por amor de la Santísima Trinidad, que adoramos en nuestros corazones, ponga fin al sufrimiento de la amada Iglesia que peregrina en las tierras de la Santa Cruz.

Venerados hermanos en el episcopado, en la unión con Cristo nos precede y nos guía la Virgen María, tan amada y venerada en vuestras diócesis y en todo el Brasil. En Ella encontramos, pura y no deformada, la verdadera esencia de la Iglesia y así, por medio de Ella, aprendemos a conocer y amar el misterio de la Iglesia que vive en la historia, nos sentidos profundamente parte de ella, nos convertimos en “almas eclesiales”, aprendiendo a resistir a aquella “secularización interna” que amenaza a la Iglesia y sus enseñanzas.”

(S. S. Benedicto XVI, Audiencia a los Obispos de Brasil, 2009)

————————————–

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *