Santa Teresita de Lisieux y los Papas

Ella misma dice en carta al abate Bellière: “Mi tarea es no ocuparme de mí misma” y un poco más tarde se explicaba: “Tengo como tarea no buscarme en nada”. 
Todos los Pontífices del siglo XX han tenido palabras elogiosas para Santa Teresa del Niño Jesús, pero quizá nadie haya tenido las oportunidades de Pío XI. Él la calificó como “estrella de su Pontificado” y como “huracán de gloria”. Él fue quien la elevó a los altares y la proclamó Patrona de todas las misiones.
Gustaba llamarla “verdadera flor de amor, venida del cielo a la tierra, para maravillar al cielo y a la tierra”. Al hacerlo, matiza y da razones: El Evangelio nos dice, y Teresa nos lo recuerda reiteradamente, que “hay una cosa que ante Dios es más preciosa que las dotes de prudencia y organización, tan eficaces en nuestro apostolado cristiano; hay algo más precioso, que es la humildad, la dulce y sincera humildad de corazón”, que normalmente se manifiesta en la entera fidelidad a los deberes de estado, sean los que sean; “florecer allí donde Dios nos ha plantado y donde quiere que trabajemos, aceptando los sacrificios, hasta el total abandono, confiando sólo en su protección”. Tal es la lección que Teresita ofrece hoy al mundo moderno; por eso, Pío XI llega a llamarla “Palabra de Dios” (Verbum Dei) para el mundo. No podía ser más explícito al valorar la persona, vida, doctrina e influencia de esta humilde Sierva de Dios.
Setenta años después de estas afirmaciones de Pío XI, se puede constatar la gloria de esta humilde pero apasionada amante de Jesús. Nunca, en toda la historia humana, ha habido una persona, viva o muerta, que en nueve años haya recorrido sin parar todo el mundo, con todos los honores, como lo está haciendo Teresa de Lisieux. Sus Reliquias guardadas en una preciosa urna, ya han viajado desde Alaska hasta Tierra de Fuego, desde Brasil a Siberia, a través de Rusia, sin olvidarnos de Italia, México Líbano, Iraq… En Argentina fue recibida por el Presidente de la República y en Nueva York por el séquito presidencial, en el aeropuerto Kennedy. Un auténtico huracán de gloria. En otoño del 2003 vendrá a España, donde permanecerá cuatro meses. Su obra escrita “Historia de un alma”, junto con la Biblia, es el libro más traducido y leido en el mundo entero.
Pero lo más importante, el gran milagro de Teresa, es la realización en ella de la Palabra de Dios. Juan Pablo II, al final del decreto en el que la declara Doctora de la Iglesia, comenta a S.  Mt. 11, 29, diciendo: “Yo te bendigo Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los sencillos y humildes. Sí, la enseñanza de Teresa debe llegar a los sabios y prudentes, a los que con sincero corazón quieren descubrir el Amor tierno del Padre, sean del credo y condición que sean. Un mensaje esperanzador para todos: que todos somos hijos del mismo Padre”.

Somos testigos de los actos celebrados con motivo del Centenario de su muerte y de la Proclamación de su Doctorado (1997). Hemos de reconocer que Teresa es una filigrana del Espíritu Santo. Nos atreveríamos a decir que ha hecho asequibles y sencillos a los grandes místicos españoles, Teresa de Ávila y Juan de la Cruz. Todo su intento es esclarecer y vivir la “pequeña vía”, o “caminito de infancia espiritual”, que es todo lo que ella vive y explica. Todo lo ve desde este prisma: la Eucaristía, la vida, la ofrenda, el sufrimiento, la noche de la fe… Lo que más impresiona es que ya desde los quince años no se refería nunca a sí misma, se olvidada en todo de su persona, sin hacer prevalecer ninguna de sus prerrogativas. Nunca se hacía resaltar. Ella misma dice en carta al abate Bellière: “Mi tarea es no ocuparme de mí misma” y un poco más tarde se explicaba: “Tengo como tarea no buscarme en nada”. Precisamente porque fue humilde (no “actuó” con humildad, sino que “fue” humilde), Dios ha hecho maravillas en ella y, a través de ella, en favor de todos los pueblos.

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