La opción por la muerte es un rechazo a aceptar que la vida está hecha de dificultades, y sufrimientos, algunos de ellos hasta grandes, pero que no se resuelven o justifican con la aniquilación del propio ser
(Gaudium Press) La opción fundamental de un católico debe tender siempre a adoptar una cultura de vida, una vez que en Dios está la vida en abundancia (Jn 10, 10), Jesús murió para liberarnos del pecado y de la muerte (Rm 8, 2) y el propio Jesús se identificó como «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14, 6). Entretanto, no solo motivaciones de carácter bíblico o teológico llevan a la Iglesia a ser a favor de la vida. La Fe camina juntamente con la razón, a semejanza de un pájaro que vuela con las dos alas. Por eso, la Filosofía ayuda a tornar la Fe algo mucho mayor y más noble que la falsa fe, mero sentimiento u obsequio irracional.
En esta perspectiva, la fuga al sufrimiento, sea en el suicidio o en la eutanasia, para un estado en el cual se deja de sufrir, pues se deja de existir, puede ser analizada sobre dos dinámicas o prismas: individual y colectivo. No es sólo desde el punto de vista de la sociedad que el hombre debe conservar la vida, pues aunque alguien fuese accidentalmente a parar en un lugar desértico, tendría obligaciones relativas a su propia persona, de buscar alimento, hidratación, descanso, cultivar el intelecto y la memoria, pensar en modos de alerta y rescate, aunque las posibilidades de salvación fuesen remotas. Y no son tan raros los históricos casos de rescatados en semejantes condiciones.
Por eso, el suicidio:
– Desde el punto de vista individual:
1. Atenta contra los derechos humanos -decálogo de la razón humana y fruto de madurez de las raíces cristianas Occidentales-, donde el respeto por la vida, debe también englobar la propia vida;
2. Va contra los instintos del hombre. Como participación de la propia naturaleza animal, él busca en todas las circunstancias preservar la vida, siendo capaz hasta de hechos extraordinarios para conservarla. O sea, forma parte de nuestro ser, conservar el ser. Y eso puede encontrarse en cualquier animal: se torna agresivo, se defiende, se esconde, etc., para no morir en las manos del cazador o del predador;
3. La opción por la muerte es un rechazo a aceptar que la vida está hecha de dificultades, y sufrimientos, algunos de ellos hasta grandes, pero que no se resuelven o justifican con la aniquilación del propio ser;
4. Es también el abandono a algo que es fundamental en la vida de todos: la esperanza, y ya dice el viejo refrán, esa debe ser siempre «la última en morir»;
5. Debemos estimarnos y amarnos a nosotros mismos, y el suicidio o la eutanasia es un abandono de la justa autoestima que debemos tenera nuestra persona;
6. En último lugar, se podría colocar la derrota, o incluso la deserción, en el momento en que simplemente se abandona la gran batalla de la vida, prefiriendo la muerte, cambiando lo positivo por lo negativo, el coraje por la cobardía. Este ejemplo ya era dado por Platón, en su Apología de Sócrates.
– Desde el punto de vista colectivo, una vez que vivimos en sociedad:
1. El mal ejemplo delante de los demás miembros de la sociedad, de alguien que desistió de vivir;
2. Causa un sufrimiento enorme en los otros, sobre todo, amigos y familiares. Es un egoísmo pensar apenas en sí y no en el sufrimiento causado, cuando alguien pone fin a su existencia, abruptamente;
3. Se abandona la sociedad y la participación en ella, sea como miembros de una familia, trabajadores, colaboradores, la amistad, las ideas, la original personalidad estética e intelectual, cuántas cosas van anticipadamente para «debajo de la tierra».
4. Causa daños a los que permanecen, en todos los niveles, no solo financieros, lo que sería secundario, sino también morales, personales, entre muchos otros.
5. Acarrea consigo aquella peculiar sensación de culpa, el peso de consciencia, sea de aquellos que no lograron evitar el trágico final, pero sobre todo los cómplices, que, con la muerte precoz, colaboraron formal o materialmente.
Es semejante al corredor que evitó los obstáculos, saliendo de la pista, pues creía que sería más fácil llegar a la meta… Mientras tanto, otros permanecen en la corrida, saltando los obstáculos, a veces cayendo y volviendo a levantarse, pero camino a la meta. Qué impresión quedará en los espectadores que están en la bancada. Con quién quedarán edificados, con los que salieron de la pista, o con aquellos que, aún cayendo, se vuelven a levantar, y no desisten… ¿Quién recibirá la medalla? San Pablo (Fl 3, 14) usa una metáfora semejante, para justificar el premio, de aquellos que se esforzaron por alcanzar la meta. Él mismo consideró haber llegado al final de la corrida (2 Tm 4, 7), mereciendo la corona de gloria (2 Tm 4, 8).
La vida es un don gratuito. ¿Quién escogió existir? Nadie. Es algo que fue dado (por Dios), transmitido (por los padres). Si recibimos ese bien, sin pedir, ¿por qué habremos de deshacernos de él? ¿No será una revelación contra aquellos que dieron la vida? No escogemos vivir, ¿por qué habremos de escoger morir? La vida parece ser un gran don para que nosotros nos encarguemos, tratarnos bien, con todo el cuidado. Imagine que alguien recibiese una empresa para gestionar. Él tiene que prestar cuentas al patrón. No le compete destruir la empresa… pues no fue él quien la creó. Le fue dada. Podrá incendiarla, arrasarla, destruirla… pero no es de él. Cuando esté delante de aquel a quien compete de hecho, de aquel que le dio, del señor a quien pertenece… recibirá entonces «el justo salario».
Una palabra más concreta en cuanto a la eutanasia, y un hecho. Este último, como dicen los italianos, «si non è vero, è bene trovato»:
Los médicos hacen el juramento de Hipócrates, al inicio de la carrera, lo que significa que forma parte de la vocación de ellos promover la vida, y no la muerte. La medicina llegó a tales avances, que, hoy, es posible mantener con dignidad al paciente hasta la muerte natural, inclusive con ausencia parcial o total de dolor. Al autor de la vida cabe, también ser el autor de la muerte. No se aplica a los agentes de salud abreviar la vida y conceder la muerte, pues el trabajo de ellos es simplemente diferente del verdugo. Y una vez que ya superamos la pena de muerte en gran número de naciones, ¿por qué dar un fin a los enfermos que, y felizmente, ya no damos ni siquiera a los peores entre los criminales? No parece ni justo, ni incluso racional.
Existe un especialista mundial en Ética, cuyo nombre es preferible omitir, por variadas razones, autor de numerosos y populares libros traducidos en varias lenguas del mundo, muy afamado en internet, que defiende la eutanasia. Cierto día, la madre de él quedó muy enferma, encamada y debilitada. Le preguntaron por qué él no la encomendaba a una institución que pudiese ejercer la eutanasia, y abreviarle la vida. Pero eso era para los otros. Él amaba a su madre, y la solución drástica él solo daba para quien no fuese más útil en la sociedad. La madre de él todavía era objeto de algo, tal vez el principal: el amor, capaz de vencer al utilitarismo…
Por Padre José Victorino de Andrade, EP.

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