Un corazón puro, un espíritu recto (Salmo 50)

La dobleza de corazón, constructora de la soledad


 ¿Será acaso hacer un buen trabajo, luchar y luchar para ser reconocido?

  ¿Cual es la verdadera proyección de acomodarse, omitir la verdad, mentir, y dejarse comprar por ganancias, popularidad, ascensos, privilegios y contactos, a fin de mantener o ganar una posición, o para prevalecer sobre el resto?


  El pronóstico es conocido por todos, pero silenciado por la mayoría. Quien se mantiene en su pequeño trono, validando estrategias burdas como calumnias, mentiras, negociaciones ilícitas, asecho y espionaje, al final termina sin un frente seguro, y sin contención  en las espaldas del reino.

  La soledad es la permanente compañera, de quien se exilió del ámbito íntimo de la confianza,  de quienes le rodean. Ceden a sus requerimientos con sonrisas y aplausos, pero solo porque es conveniente y por que le temen. No porque le creen o le quieren. Silencian sus conciencias y entretienen sus pasiones. 

  En un mundo virtual, donde es común circular con una “avatar en redes y mundos irreales”, se hace fácil comportarse como en un juego de dados o un ajedrez tradicional, en el tablero familiar o comunitario.

  “Que a nadie se le ocurra hacernos examinar los principios o el comportamiento”; Serás tachado por conflictivo o guerrillero anti pacífico.

  Y la verdad es que quien no se examina, ni permite que le examinen, no manifiesta verdadero “amor” a la paz. Solo defiende su concordato de publicanos, de quienes, como fariseos, no se tienen por pecadores. No nos extraña las radicales señales de conversión que tuvo que expresar Zaqueo, para abandonar la ceguera de pecado y comenzar “de nuevo”: “La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituyo cuatro veces más…” (Lc 19, 1-10)

El Rey David, oró con angustia de alma y quebranto de espíritu y dijo: Oh Dios crea en mi un corazón limpia y renueva un espíritu recto dentro de mi.

Tener un corazón limpio es disfrutar de la obra de Cristo aplicada a mi corazón y un espíritu recto es el espíritu que no se desvía tras las vanidades y placeres de este mundo, incluyendo las satisfacciones morales del honor, los aplausos o la simpatía popular.

“El pecado es una desviación tortuosa del camino recto. Es la inversión, la distorsión, la deformación del bien y del mal, en el sentido que le da Isaías: «¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad!» (Is 5, 20). Precisamente por este motivo, en la Biblia la conversión se indica como un «regreso» (en hebreo shûb) al camino recto, llevando a cabo un cambio de rumbo” (San Juan Pablo II, Audiencia 24 de Octubre 2001)

Dice Orígenes: «Hay algunos que, después de haber pecado, se quedan totalmente tranquilos y no se preocupan por su pecado ni les pasa por la conciencia el mal cometido; por el contrario viven como si no hubiera pasado nada. Éstos no podrían decir: «tengo siempre presente mi pecado». Sin embargo, cuando tras el pecado uno se aflige por su pecado, es atormentado por el remordimiento, se angustia sin tregua y experimenta los asaltos en su interior que se levanta para rebatirlo, y exclama: «no hay paz para mis huesos ante el aspecto de mis pecados»… Cuando, por tanto, ponemos ante los ojos de nuestro corazón los pecados cometidos, los miramos uno por uno, los reconocemos, sonrojamos y nos arrepentimos por lo que hemos hecho, entonces, conmovidos y aterrados decimos que «no hay paz en nuestros huesos frente al aspecto de nuestros pecados»» («Homilías sobre los Salmos» -Omelie sui Salmi-, Florencia 1991, pp. 277-279). 

Jesús pone de relieve una tentación común entre los fieles. Cuando se realiza una obra buena, casi por instinto surge el deseo de ser estimados y admirados por la buena acción, y se busca esa satisfacción. Y es esta ínfima situación la que comienza a engañar el corazón y oscurecer la conciencia. Nos encierra en nosotros mismos pero para despreciarnos interiormente (no apreciarnos), ya que nos hace salir de nosotros mismos, para vivir proyectados hacia lo que los demás piensan de nosotros. El Señor, al  confirmar los mandamientos, no pide un respeto formal a una ley ajena al hombre, impuesta como una pesada carga por un legislador severo, sino que invita a vivir nuestra existencia de manera más veraz y profunda, no por amor propio, sino por amor a Dios, en el camino de conversión a él. 

Este es un camino que hemos de recorrer sin falsa ostentación, sino con la certeza de que el único tesoro verdadero que no se corrompe y es auténtico bien, se encuentra  en lo secreto de nuestro corazón: la gracia y el amor de Dios.

Digamos con Benedicto XVI: “Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, “que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Salmo 23,6 ).”

Madre Santísima, Reina de la Paz, concédenos reconocer las enfermedades espirituales que nos hacen hundirnos en la desesperación, y concédenos amar, servir, defender toda verdad, reconocida como expresión de la verdad eterna, alejarnos de nuestros intereses y obsesiones subjetivas, y arriesgar hasta la propia vida, por ser coherentes y rectos de corazón, por fidelidad al Evangelio y la gracia del Señor. Amen.

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