Ni en la guerra contra los Tamiles vi algo así…

El Padre Shamir concelebraba en la Eucaristía del Domingo de Resurrección cuando un suicida estalló una bomba en la iglesia de San Sebastián en Negombo en Sri Lanka. Este templo es conocido como la «pequeña Roma y de mayoría católica», lo cuenta Pablo Díez para la agencia Alfa y Omega.

Día de entierros y velatorios en Negombo, la «Pequeña Roma» de Sri Lanka. Al norte de Colombo, así llaman a este coqueto pueblo de casitas ajardinadas porque la mayoría de sus 2.000 familias son católicas. Abarrotada el domingo, cuando se celebraba la Pascua de Resurrección, su iglesia de San Sebastián fue la más afectada por los ataques perpetrados por terroristas suicidas, cuya cifra de víctimas mortales supera ya las 320. De ellas, 110 perecieron aquí, donde el padre Shamir Rodrigo estaba concelebrando la Eucaristía.

«Justo cuando otro sacerdote estaba dando los agradecimientos, escuché un ruido tremendo dentro de la iglesia, que se inundó de humo. Las tejas se cayeron y entonces vi que la iglesia estaba llena de cuerpos destrozados y heridos sangrando, llorando y gritando», explicaba para ABC el padre Shamir, que lleva cinco de sus 35 años como sacerdote.


No sabía qué hacer porque ni en la guerra contra los Tamiles vi algo así


«No sabía qué hacer porque ni en la guerra contra los Tamiles vi algo así. Alguien me dijo que había sido una bomba y nos pusimos a sacar a los heridos para llevarlos a los hospitales. Mucha gente, de otras razas y religiones, vino de fuera para ayudarnos», cuenta ante la iglesia de San Sebastián, cuyo tejado ha sido cubierto con lonas azules. Dentro, los agentes de la policía científica seguían recogiendo muestras de la escena del crimen entre las banquetas reventadas y la paredes acribilladas por la metralla.

En las grabaciones de las cámaras, Shamir ha visto al terrorista que se hizo estallar en la iglesia, un joven que llevaba una abultada mochila. «Pedimos a los católicos que mantengan la calma», repetía el padre Shamir la llamada a la tranquilidad que está haciendo la Iglesia para evitar una venganza que desate una guerra religiosa en Sri Lanka. En medio de rumores de ataques a la comunidad musulmana, en esta isla del océano Índico se vive una calma tensa ante el temor a que haya más ataques terroristas o represalias por tan salvaje atentado.

Vigiladas a cada paso por soldados con fusil en ristre,  fueron enterradas 37 víctimas de la iglesia de San Sebastián. Bajo cintas y banderas blancas, el color del luto en Sri Lanka, curas y monjas que había venido desde Colombo desfilaron por las calles del pueblo y visitaron a los familiares de las víctimas en los velatorios de sus casas. Poniendo rostro al dolor, era fácil encontrarlos por las decenas de esquelas y carteles que poblaban los muros y postes de teléfonos.


Nunca pensé que alguien pudiera poner una bomba en una iglesia…


La vida y la muerte conviven en los velatorios de Sri Lanka, donde las familias de los difuntos ofrecen comida a los visitantes y los niños juegan alrededor de los féretros. Espantándole las moscas, sus nietos le alisaban el traje a Weerasinghe Avachchige, un funcionario jubilado de prisiones de 75 años asesinado también en la iglesia de San Sebastián. «Llevaron su cuerpo al hospital de Colombo y tuve que rebuscar entre 60 o 70 cadáveres hasta que finalmente lo encontré», recordaba su yerno, Nuwan Fernando. No solo le apenaba su muerte, sino que no podrá conocer al nieto que su esposa, Nayani Perera, lleva en su vientre desde hace once semanas.

El dolor reina en todo el barrio de Katuwapitiya, como se palpa en otra casa vecina. «Nunca pensé que alguien pudiera poner una bomba en una iglesia, que es un lugar de paz para rezar. Todavía hoy no me lo puedo creer», se lamentaba conmocionada Rupaseeli Kumari, que perdió en la iglesia a su esposo, Marians Niranjan, mientras se salvaba de milagro. «Estábamos con su madre cogidos de la mano y me giré un segundo hacia ella. En ese momento, estalló la bomba y vi a mi marido con la cabeza destrozada por la metralla. Lo primero que pensé fue en sacarlo de allí para que recibiera ayuda médica. Ni siquiera me di cuenta de que estaba muerto», recordaba con la vista perdida junto a su suegro, Patrick Fernando, de 69 años.

Aunque este tiene ya cuatro nietos de sus otros hijos, se ha quedado sin el «heredero» que estaba esperando de su primogénito porque la pareja, que está en la treintena, se había casado hacía solo un año y estaban haciendo planes sobre su futura vida. «Ya no podrá darme un nieto que herede mi legado para que vivan juntos y felices en esta casa. Pero no culpo a los musulmanes por el atentado, sino al Gobierno por no haber protegido las iglesias sabiendo que estaban amenazadas», criticaba la incomprensible falta de comunicación de la Policía con el primer ministro que llevó a ignorar una alerta terrorista repetida desde principios de mes.

Tanto Patrick Fernando como su nuera, que es budista, insisten en que no sienten odio ni quieren venganza, pero quieren que se aclare si los atentados pudieron evitarse. Desde el patio de su casa, decorada con retratos del finado y cuadros de Jesús, se aprecia la torre de la iglesia de San Sebastián sobresaliendo entre las palmeras. Tras enterrar a Marians por la mañana, a ambos ya solo les quedan sus fotos y sus recuerdos. El suyo fue uno de los 37 funerales  en la «Pequeña Roma» de Sri Lanka. Hoy habrá otros treinta.

La Semana Santa es habitualmente un período de alto riesgo para los cristianos en muchos lugares del mundo. Este año ha sido Sri Lanka, pero en la Pascua de 2016 la matanza fue en Pakistán, y en la de 2012, en Nigeria. Entre medias, en 2017, el Estado Islámico asesinó a 53 personas en los atentados contra dos iglesias en Egipto, a solo 20 días de la histórica visita del Papa Francisco, que simbolizó la voluntad de la inmensa mayoría de musulmanes y cristianos de convivir pacíficamente, frente a quienes secuestran el nombre de Dios con otros intereses.

En Sri Lanka, los cristianos suponen una pequeña minoría de poco más del 7 % de la población, donde la mayoría budista (70 %) y la población hinduista (13 %) y musulmana (alrededor del 10 %) arrastran una larga lista de agravios unas frente a otras en un país que acaba de salir de un conflicto territorial y étnico de más de 25 años (1983-2009).

El atentado del Domingo de Resurrección hizo revivir los ataques suicidas de la guerrilla de los Tigres Tamiles, y sobre todo temer un nuevo estallido de la violencia sectaria, esta vez con pretextos religiosos. Por este motivo el Gobierno se apresuró a restringir el acceso a las redes sociales, después de que grupos budistas radicales utilizaran estos sucesos para arremeter contra los musulmanes.

La conmoción por los atentados marcó la celebración de la Pascua en Roma, mientras el trágico recuento de fallecidos iba poco a poco dejando constancia de la magnitud de la matanza. El Papa manifestó su «afectuosa cercanía a la comunidad cristiana, golpeada mientras estaba reunida en oración, y a todas las víctimas de una violencia tan cruel». Y pidió al resto del mundo que no dude «en ofrecer toda la ayuda necesaria a esta querida nación», visitada por el propio Francisco en 2015.

Ayuda, tal vez, de carácter económico. Pero también de tipo político o incluso moral. «Espero que todos condenen estos actos terroristas, actos inhumanos, jamás justificables», añadió el Pontífice con unas palabras cargadas de intención que buscaban desactivar una escalada potencial de violencia en la región, donde siguen abiertos otros conflictos entre budistas y musulmanes, particularmente en la antigua Birmania, otro de los países de Asia que estratégicamente ha visitado el Papa.

En todas estas sociedades la minoría cristiana representa un actor de gran importancia. Pero no por sus conexiones con los cristianos de Occidente, como macabramente razonan los terroristas. Es su fe martirial e inquebrantable en la Resurrección de Jesús, a prueba de atentados y persecuciones, la que sostiene todos sus anhelos de un futuro en paz. Una fe en un Jesús que, como el encontrado tras el ataque a la iglesia de San Sebastián de Negombo, se erige como Esperanza en medio de la violencia.


Fuente: Agencia Alfa y Omega