Y comieron todos y se saciaron.

Comentario  del  Evangelio (Mt 14, 13-21)


“…al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario…”  El último de los profetas y el precursor muere en el martirio, y con él, toda la disposición con que el Antiguo Testamento podía regalar para reconocer y abrazar al Mesías verdadero, llega a la consumación.  Ya no será solo por los  dones regalados a Israel por el que los corazones se acercarán al Salvador. Será exclusivamente por la virtud y los méritos del Verbo encarnado, que va al desierto, allí donde no brotó ningún vástago, donde no hay ningún desentiende del árbol de David, donde va Cristo a predicar su Evangelio,  y a derramar sus gracias y a cautivar los corazones con la caridad de su Divino Corazón, por cuya sangre derramada tuvo eficacia el Testamento Antiguo, toda alianza y todo sacrificio para Israel y para el bien de  la nueva Jerusalén.
“… la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella…” Son precisamente quienes reconociendo en él al Mesías prometido, pero no solo ellos, sino que también quienes no teniendo los antecedentes de la antigua alianza  y  sin ninguna disposición previa, fueron conquistados por la Palabra y la Gracia que brota del Divino Redentor y le siguieron más allá de las murallas de Jerusalén y los límites de Israel. Y habiendo escuchado desde las lejanías la llamada del Señor: “»Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua…” (Is. 55, 1-3),  y desde los pueblos lo siguieron por tierra, desde todas las naciones, sedientos y hambrientos porque no esperando más de los sustentos terrenales lo que nunca podrían dar –“¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario, en lo que no alimenta? “(Is. 55,1-3), fueron tras el Maestro, anunciado por los profetas, reconocido por el último de ellos, el mártir que por el Mesías entregó su cabeza, para que prevalezca el que es la verdadera cabeza de la nueva Israel, aunque con ello arriesguen también la propia, porque Él es quién les dijo: “…vengan a Mi, escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes una alianza perpetua…” (Is. 55,1-3) a los que por buscarle aun por tierra y en el desierto, lo encontrarán y vivirán  en Él y con él toda la abundancia de vida que solo de lo alto se les puede dar: “ Abres, Señor tus manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos” (Salmo 144)
«No hace falta que se vayan. “  «No tienen necesidad de marcharse», dice san Hilario, manifestando de esta manera, que no tenían necesidad aquéllos a quienes había curado, ni de alimentarse de una comida venal, ni de volver a Judea para comprarla; y manda a los Apóstoles, que les den de comer.   Ellos le contestaron: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados».  «¿Acaso puede preparar una mesa en el desierto?» (Sal 77,19).
Dice san Juan Crisóstomo: Esto es lo que opera Jesús: El los lleva al desierto a fin de que no puedan dudar del milagro y ninguno pueda creer que se había traído la comida de alguna aldea vecina. Porque la eficacia de todo testamento no está en éste sino en el que se lo da. No es de Jerusalén, ni de Israel, ni de Pilatos ni de la multitud, ni de las capacidades humanas o venturas terrenales sino que es de Cristo el don y el sustento, la abundancia de vida, el maná y la posible fuerza de la ley.

Y El incita a los apóstoles a que partan el pan” (San Jerónimo) para que por su poder y en las manos de los discípulos, ante los ojos de la multitud, que prefirió el sustento espiritual antes que el temporal, se manifestara “por sus obras que todo lo visible es obra y creación suya, y hacernos ver de este modo que El es el que da los frutos y el que dijo al principio del mundo: «Que la tierra germine hierba verde» ( Gén 1,11) Porque no es menor obra que ésta la que ahora va a hacer, porque indudablemente no es operación más pequeña el alimentar con cinco panes y dos peces a tan numerosa multitud, que el hacer que la tierra produzca frutos, y las aguas reptiles y otros seres animados; todo lo cual nos prueba que El es Señor de la tierra y del mar. El ejemplo de los discípulos debe enseñarnos que aunque sea poco lo que poseamos, conviene que lo distribuyamos entre los necesitados; porque al mandar el Señor a sus discípulos que trajeran los cinco panes, no dicen éstos: Y nosotros, ¿con qué apagaremos nuestra hambre? Y por eso sigue: «Y habiendo mandado a la gente que se recostase sobre el heno, tomó los cinco panes y los dos peces, y alzando los ojos al cielo, bendijo», etc. ¿Y por qué alzó los ojos al cielo y bendijo? Porque quiso hacernos ver que El venía del Padre y era igual a El, demostraba que era igual al Padre por el poder, y que venía del Padre refiriéndolo todo a El e invocándolo en todas sus obras. Y para demostrar las dos cosas, unas veces obra los milagros con poder y otras con súplicas.”  (San Juan Crisóstomo)


“Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos.”  Es en la confianza de los apóstoles en la que se sustenta la Iglesia, en el poder del amor de Dios, en el abandono en la misericordia del Corazón de Cristo del que nada podrá apartarnos: “… ni la muerte ni la vida, ni los ángeles  ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni creatura alguna podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús…” (Rom. 8, 37-39)

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