Ya gozan de la gloria en el cielo

“Los veré de nuevo y su corazón se alegrará y ninguno podrá quitarles este gozo” (Jn 16,22).
 
La Solemnidad de Todos los Santos es ocasión propicia para elevar la mirada desde las realidades terrenas, ritmadas por el tiempo, a la dimensión de Dios, la dimensión de la eternidad y de la santidad. Hoy, la liturgia nos recuerda que la santidad es la vocación originaria de cada bautizado (cfr. Lumen Gentium, 40). Cristo, de hecho, que con el Padre y con el Espíritu es el sólo Santo (cfr. Ap. 15,4), ha amado a la Iglesia como su esposa y se ha dado a sí mismo por ella, a fin de santificarla (Ef. 5,25-26). Por esta razón todos los miembros del Pueblo de Dios están llamados a ser santos, según la afirmación del apóstol Pablo: “La voluntad de Dios es que sean santos” (1 Ts 4,3). Por lo tanto, estamos invitados a mirar la Iglesia no en su aspecto temporal y humano, marcado por la fragilidad, sino como Cristo la ha querido, esto es “comunión de los Santos” (Catecismo de la Iglesia Católica, 946). En el Credo, la profesamos “santa”, en cuanto es el Cuerpo de Cristo, es instrumento de participación a los santos misterios, en primer lugar la Eucaristía, es familia de los Santos a cuya protección venimos confiados en el día del Bautismo.

 

Veneramos propiamente esta innumerable comunidad de Todos los Santos, los cuales, a través de sus diferentes recorridos de vida, nos indican diversos caminos de santidad, unidos por un único denominador: seguir a Cristo y conformarse a Él, hasta lo último de nuestra realidad humana. Todos los estados de vida, de hecho, pueden llegar a ser, con la acción de la gracia y con el empeño y la perseverancia de cada uno, caminos de santificación. La conmemoración de los fieles difuntos, a la que es dedica la jornada de mañana 2 de noviembre, nos ayuda a recordar a nuestros seres queridos que nos han dejado y a todas las almas en camino hacia la plenitud de la vida, propiamente en el horizonte de la Iglesia celeste, a la que la Solemnidad de hoy nos ha elevado.
Desde los primeros tiempos de la fe cristiana, la Iglesia terrena, reconociendo la comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo, ha cultivado con gran piedad la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragio por ellos. Nuestra oración por los muertos es, por lo tanto, no sólo útil sino necesaria, en cuanto ella no sólo los puede ayudar, sino que al mismo tiempo hace eficaz su intercesión en nuestro favor (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 958). También la visita a los cementerios mientras custodia el ligamen de afecto con quienes nos han amado en esta vida, nos recuerda que todos tendemos hacia otra vida, más allá de la muerte. El llanto, debido al desprendimiento terreno, no prevalezca por esto sobre la certeza de la resurrección, sobre la esperanza de alcanzar la bienaventuranza de la eternidad, “momento colmado de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad” (Spe Salvi, 12). El objeto de nuestra esperanza de hecho es de gozar de la presencia de Dios en la eternidad. Lo ha prometido Jesús a sus discípulos: “Los veré de nuevo y su corazón se alegrará y ninguno podrá quitarles este gozo” (Jn 16,22).
A la Virgen, Reina de Todos los Santos, confiamos nuestra peregrinación hacia la patria celeste, mientras invocamos para los hermanos y las hermanas difuntos su materna intercesión.
Benedicto XVI

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