Aquí es necesaria la constancia de los santos, de aquellos que guardan los mandamientos de Dios y la fidelidad a Jesús.

Del libro del Apocalipsis 14, 1-13

EL CORDERO VICTORIOSO

Yo, Juan, tuve otra visión:

Vi al Cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre. Y oí una voz que bajaba del cielo, como estruendo de grandes cataratas, y como estampido de un trueno poderoso; y el sonido que oía era como de arpistas tocando sus arpas. Cantaban un cántico nuevo ante el trono y ante los cuatro seres y los ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los rescatados de la tierra. Éstos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Éstos son el cortejo del Cordero, adondequiera que vaya; son los rescatados de entre los hombres, primicias para Dios y el Cordero; y en su boca no se encuentra mentira. Son irreprochables ante el trono de Dios.

Vi luego otro ángel que volaba por lo más alto del cielo, y era portador de un mensaje eterno, para anunciarlo a los moradores de la tierra, a todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos. Y decía con voz poderosa:

«Servid a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio. Adorad al que ha creado el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas.»

Un segundo ángel lo siguió, diciendo:

«Cayó, cayó Babilonia la grande, la que dio a beber a todas las naciones del vino perturbador de su prostitución.»

Un tercer ángel los siguió, diciendo con voz potente:

«El que adore a la Bestia y a su imagen, y reciba su marca en la frente o en la mano, beberá del vino de la cólera de Dios, vino puro concentrado en la copa de su ira. Y será atormentado con fuego y azufre ante los santos ángeles Y ante el Cordero. Y la humareda de sus tormentos se eleva por los siglos de los siglos; y no tienen reposo ni de día ni de noche los que adoran a la Bestia y a su imagen y los que reciben la marca de su nombre.»

Aquí es necesaria la constancia de los santos, de aquellos que guardan los mandamientos de Dios y la fidelidad a Jesús.

Oí una voz del cielo, que decía:

«Escribe: «Bienaventurados desde ahora los muertos que mueren en el Señor.» Si -dice el Espíritu-, que descansen ya de sus fatigas, pues sus obras los acompañan.»

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