¿Cómo elegir a la persona amada?

La elección verdadera en el amor es aquélla en la que el valor de la persona es el motivo decisivo, que integra también, por supuesto, el aprecio en ella de diversos valores, sexuales, culturales, familiares, sociales, etc. Y la autenticidad de la elección, al paso del tiempo, se hará manifiesta cuando el amor permanezca inalterable, o incluso crezca, aunque se produzcan disminuciones o pérdidas en alguno de esos valores accesorios.
La elección falsa en el amor es, por el contrario, aquélla en la que, ignorando a la persona en sí misma, o asignándole un valor secundario, se aprecian primariamente sus valores accesorios -sociales, sexuales, culturales, etc.-, o bien aquélla en la que se estima la persona, pero idealizada, falseada, realmente inexistente. Tal elección, como no produce en realidad unión de las personas, no podrá mantenerse cuando todos o algunos de los valores accesorios determinantes disminuyan o falten, o cuando la idealización amorosa venga a ser brutalmente sustituída por la decepción.
No olvidéis en esto que, necesariamente, todo amor concreto ha de pasar en la vida por no pocas situaciones de prueba, en las que habrá de revelarse su verdadera naturaleza. Todo eso ha de haceros muy conscientes de que es una obligación moral muy grave verificar cuidadosamente la calidad del propio amor antes de declararlo, y antes de aceptar la entrega personal ofrecida en correspondencia. Toda ligereza, todo espíritu de conquista, con la vanidad y el amor propio que implica, toda oferta prematura, temeraria e irresponsable, toda curiosidad trivial, deben ser excluídos como francamente inmorales. Son inconciliables con la dignidad -propia y ajena- de la persona humana.
El compromiso de la libertad
El amor conyugal es un amor mutuo de elección. A los padres o hermanos hay que amarlos, por decirlo así, necesariamente. Pero el marido elige a su esposa, y ésta a él. El amor que les une, por tanto, es un amor de elección. Un amor que, evidentemente, exige el compromiso de la propia libertad, por la cual alguien hace donación de sí mismo a la persona amada.
Y esta autodeterminación de la propia libertad -una vez más, vosotros sois testigos de ello-, lejos de experimentarse como una pérdida, se vive como una ganancia absolutamente positiva. Y es que la libertad está hecha para el amor. Por eso precisamente la libertad personal, cuando permanece no enajenada por el amor, da al hombre la sensación de vacío. La razón es muy clara: y es que la libertad sólo se realiza plenamente por el amor. Después de todo, la libertad es un medio para el amor, que es un fin.
En todo caso, la elección de la persona amada ha de ser plenamente libre, y esa libertad de elección, cuando se decide, afirma elocuentemente el valor de la persona elegida. En efecto, los valores sexuales podrán ser reconocidos por cualquiera; concretamente en el hombre, poco basta para despertar en él la tendencia sexual. Pero el misterio único de la persona ha de ser descubierto, reconocido y afirmado, en una elección amorosa estrictamente personal. El interés sexual, e incluso la emoción afectiva, se despiertan fácilmente; pero ha de ser la voluntad, en el compromiso de la libertad personal, la que haga cristalizar el amor. De ahí que algunas personas, aunque son capaces de sentir la inclinación sexual y afectiva, no pueden llegar al amor, porque sufren una impotencia psicológica o moral para comprometer su persona mediante la decisión de su voluntad.
La búsqueda de la felicidad
Todas estas consideraciones han de llevaros a contemplar la inmensa grandeza del hombre, cuya voluntad está naturalmente orientada hacia el bien infinito, es decir, hacia la felicidad, y es capaz de buscar ésta no sólo para sí, sino también para otros. Pues bien, el amor verdadero, siguiendo este impulso natural de la voluntad, hace a la persona capaz de desear para otro el bien infinito, la felicidad: «Yo te amo y quiero la felicidad para ti lo mismo que la quiero para mí».
Por eso el enamoramiento genuino suscita en la persona una conciencia renovada de su propia fuerza moral: «Soy capaz de desear, incluso con sacrificio mío, el bien de otra persona; luego soy capaz de desear el bien sinceramente». El amor verdadero centra así al hombre en su vocación originaria, que es justamente amar. La persona, cuando se enamora de verdad, se crece.
MATRIMONIO EN CRISTO, José María Iraburu
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