¿Hombres y mujeres semidesnudos?

“Y un aspecto de la castidad es el pudor…
ordena más bien las miradas, los gestos,
los vestidos, las conversaciones, es decir,
todo un conjunto de circunstancias que está
más o menos en relación con aquel impulso sexual”
Elogio del pudor (E.-del p.)
José María Iraburu

El artículo, éste, que va a referirse al libro del P. Iraburu titulado “Elogio del pudor”, puede levantar más de una ampolla en aquellas mentalidades cristianas, aquí católicas, que, habiéndose hecho al mundo y, por tanto, alejándose de Cristo, puedan pensar que sobre el sentido del pudor lo tienen todo claro y, en definitiva, que no van con ellas. Pues se van a equivocar gravemente.
Así están las cosas
El P. Iraburu empieza su libro de la siguiente manera:
“Hace poco tiempo, en un retiro que yo daba a un grupo de jóvenes seglares sobre la santificación de los laicos en el mundo, señalé la profunda mundanización que hoy padecen muchos bautizados, incluidos también a veces los más fieles, y cómo en buena parte la sufren sin advertirlo. Y para que se dieran buena cuenta de esa realidad, quise ilustrar el tema con varios ejemplos. Uno de ellos se refería al impudor, hoy tan generalizado entre los cristianos:
‘No es decente que hombres y mujeres se queden semidesnudos en playas y piscinas, o dicho de otro modo, es indecente. Esa costumbre está hoy moralmente aceptada por la inmensa mayoría, también de los cristianos: pero es mundana, no es cristiana. Jesús, María y José no aceptarían tal uso, por muy generalizado que estuviera en su tierra. Y tampoco los santos. ‘La Biblia, en efecto, presenta la vergüenza de la propia desnudez como un sentimiento originario de Adán y Eva, como una actitud cuya bondad viene confirmada por Dios, que ‘les hizo vestidos, y les vistió’ (Gén 3,7.21). Quedarse, pues, casi desvestidos es contrario a la voluntad de Dios. Ciertas modas, ciertas playas y piscinas mixtas –en las que casi se elimina ese velamiento del cuerpo humano querido por Dios– no son sino una costumbre mundana, ciertamente contraria a la antigua enseñanza de los Padres y a la tradición cristiana, que venció el impudor de los paganos. La desnudez total o parcial –relativamente normales en el mundo grecoromano, en termas, gimnasios, juegos atléticos y orgías–, fue y ha sido rechazada por la Iglesia siempre y en todo lugar. Volver a ella no indica ningún progreso –recuperar la naturalidad del desnudo, quitarle así su malicia, generalizándolo, etc.–sino una degradación. ‘Al menos a cierta edad y condición, es poco probable que una persona asuma ese alto grado de desnudez inusual sin pecado de vanidad positiva: orgullo de la belleza propia, o negativa: pena por la propia fealdad –lo que viene a ser lo mismo–; y sin peligro próximo, propio o ajeno, de pecado de impureza (“todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón”, Mt 5,28). ‘Y aunque esa persona se viera exenta de las tentaciones aludidas, cosa difícil de creer, hace un mal en todo caso al apoyar activamente con su conducta una costumbre mala, que a otros ocasiona muchas tentaciones, y que, desacralizando la intimidad personal, devalúa el cuerpo –y consiguientemente la persona misma–, ofreciendo su vista a cualquiera. ‘Por lo demás, los religiosos fieles a su vocación no frecuentan playas ni piscinas, y los laicos que busquen la santidad tampoco deben hacerlo, como no sea en condiciones de lugar, hora y compañía sumamente restrictivas (1).”
Ante lo dicho, entonces, por José María Iraburu, a lo mejor se podían producir reacciones seguramente esperadas.
Y así fue, porque, continúa diciendo que “en los días siguientes me fueron llegando las reacciones de aquellos jóvenes. Fueron muy variadas, desde la aceptación al rechazo. Pero en casi todas ellas había un fondo común de perplejidad: ‘nunca se nos había dicho esto’. Eso me hizo pensar que, aunque sea en forma parcial y poco ordenada, merece la pena ampliar un tanto el tratamiento de la cuestión, pues todo parece indicar que no hay en nuestro tiempo, ni siquiera en el pueblo cristiano más cultivado, suficientes noticias del pudor.”(2)
La cosa está, entonces, de tal manera planteada. A nadie, al parecer, le interesa mucho qué es el pudor o la castidad. Sin embargo, no es un tema poco importante porque supone una forma de comportamiento que, si es ajena a lo que la doctrina dice y entiende como bueno, bien podemos decir que el ser católico se es de una forma muy, demasiado “sui generis”.
Lo que fue y lo que vino con el cristianismo
Dice el P. Iraburu que en la antigüedad regía un “antiguo impudor” (3) y que, tanto en el mundo judío o el pagano, no eran ni el pudor ni la castidad, los valores más en alza aquellos tiempos. Así, por ejemplo, “la vida de la castidad en Israel tuvo un desarrollo bastante precario. Los antiguos patriarcas guardaron una monogamia muy relativa. La sagrada Escritura habla de las concubinas de Abraham (Gén 25,6). Jacob toma por esposas a dos hermanas, Lía y Raquel, y cada una de ellas le da su esclava (Gén 29,15-30; 30,1-9). Esaú tiene tres mujeres, y las tres con el mismo rango (26,34; 28,9; 36,1-5), dos de ellas extranjeras, hititas (Gén 26,34). Hasta puede decirse que ‘las costumbres del período patriarcal aparecen menos severas que las de Mesopotamia en la misma época’ (De Vaux 56).” (4)
Y el mundo pagano no le andaba a la zaga:
“La castidad y el pudor, e incluso la virginidad, fueron valores en alguna medida conocidos por el mundo pagano antiguo. Esta moderación honesta, obligada no pocas veces por la necesidad, fue vivida sobre todo entre los pobres. Pero entre los ricos, y también entre los pobres, aunque en otra medida, reinaron ampliamente la lujuria y el impudor, de tal modo que sobre estos pecados había una conciencia moral sumamente oscurecida. Más aún, en no pocas ocasiones había que decir, como dice San Pablo, que sobre estas cuestiones apenas había conciencia de pecado.” (5)
El cristianismo, sin embargo, no entendía, en principio, las cosas de igual forma.
Recordemos, por ejemplo, que no se trata de nada nuevo ni que inventaran los discípulos de Cristo sino que “En el relato bíblico ya citado, Adán y Eva, antes de ser pecadores, estaban ambos desnudos, ‘sin avergonzarse de ello’, pues en alma y cuerpo eran santas imágenes de Dios. Pero una vez degradados por el pecado, sus sentidos se rebelan contra el dominio de la libre voluntad, experimentan –como dice San Juan en el Apocalipsis– ‘la vergüenza de la desnudez’ (3,18), tratan ellos mismos de taparse de algún modo, y el Señor Dios, acudiendo en su ayuda, vistió al hombre y a su mujer, y los arrojó fuera del Paraíso.” (6).
Es decir, que fue el pecado original el que, junto a tal mal, hizo entrar en el mundo el sentido de lo que antes era normal y que ahora se veía como extraño. Por eso “El vestido, pues, ese velamiento habitual del cuerpo, que Dios impone al hombre y que incluso éste se impone a sí mismo, viene a ser para el ser humano un recordatorio permanente de su propia indignidad, es decir, de su propia condición de pecador. Y al mismo tiempo –adviértase bien–, el vestido es para el hombre una añoranza de la primera dignidad perdida, un intento permanente de recuperar aquella nobleza primitiva, siquiera en la apariencia” (7) y es, a partir de entonces, cuando se puede tener una visión propia del cristiano o impropia del mismo: tener en cuenta el pudor y la castidad o no tenerlos en cuenta.
Según lo dicho, entonces, el cristianismo tuvo, también, que afirmar un sentido del pudor que no era propio del mundo pagano y, según lo visto, tampoco del judío y, así, “el pudor cristiano hubo de afirmarse con sumo esfuerzo en medio de un impudor generalizado. Fue ésta, pues, sin duda una de las buenas noticias que el hombre nuevo de Cristo llevó a los hombres viejos del paganismo.” (8)
Y, como era de esperar, junto a cristianismo y a su práctica creció la mala costumbre del castigo de nuestra creencia y el surgir de mártires. Y esto porque “mientras predominen unas estructuras de pecado –unas formas mentales o conductuales– fuertemente adversas, esa virtud no podrá ser afirmada sino a costa de grandes marginaciones y sufrimientos, incluso con peligro de la vida (desarrollo este tema en De Cristo o del mundo, 202-214). Nada tiene, por tanto, de extraño que en los primeros siglos de la Iglesia la afirmación del pudor y de la castidad sea una de las causas más frecuentes de martirio, junto con la cuestión del culto al emperador (Paul Allard 185-191) ( 9).
Al respecto del impudor y de su contrario, el pudor, la existencia de los baños públicos en aquellos tiempos primeros del cristianismo daba ocasión de criticar lo que allí se hacía y el ejemplo de falta de pudor e, incluso, de falta a la castidad, que en ellos acaecía sobre todo si atenemos a “la cuestión de la desnudez y de los baños mixtos” (10) donde es más que conocido que el pudor no campaba por sus respetos y la castidad era una virtud desconocida.
Pues bien, Padres de la Iglesia como Clemente de Alejandría (11), San Cipriano (12) que ante la pregunta que se hace “¿Y qué decir de las que acuden a los baños en promiscuidad, y prostituyen ante las miradas curiosas y lascivas la castidad?” (13), se responde que “Cuando allí ven desnudos a los hombres y son vistas por ellos con desvergüenza ¿acaso no fomentan y provocan la pasión de los presentes para su propia ignominia y afrenta? Pero, dirás, “allá se las haya quien lleve tales intenciones; yo no tengo otro interés que reparar y lavar mi cuerpo”. ‘no te excusa este pretexto, ni te libras del pecado de lascivia e inmodestia. Ese baño más bien te ensucia que te lava, y no limpia tus miembros, sino que los mancilla. Podrás tú no mirar a nadie con ojos deshonestos, pero otros te mirarán a ti. No afeas tus ojos con vergonzoso deleite, pero causando placer a otros tú misma te afeas. Haces del baño un espectáculo, y más vergonzoso que el teatro mismo, a donde acudes. Allí queda excluido todo recato; allí se despoja el cuerpo a un tiempo del vestido y de su dignidad y pudor, poniendo al descubierto unos miembros virginales para ser objeto de miradas y curiosidad. Considera, pues, ahora si van a creer casta los hombres, cuando estás vestida, a aquella misma que ha tenido la audacia de desnudarse sin pudor”. (14)
Y, visto lo visto, aconseja lo siguiente; “Váyase a los baños, pero con las de vuestro sexo, para que vuestro lavado resulte decente mutuamente”. (15).
Así, a lo largo de la historia desde que el cristianismo dejó de estar prohibido y pudo empezar a dejar su impronta y a purificar determinados comportamientos, tanto las leyes de la Iglesia y del Estado (16) tratan de poner fin al comportamiento que se daba en los baños públicos. Incluso el emperador Justiniano (528) “llega a declarar causa legítima de separación matrimonial la indecencia de la mujer que frecuentara por liviandad los baños comunes. Y dispone la pena de muerte para el varón que fuerza a una mujer a frecuentar los baños públicos (Codex Iustin. V, 17,11)” (17), aunque aquellos, claro, eran otros tiempos.
La llegada de la llamada “época medieval” trae, como consecuencia del influjo del cristianismo, una purificación grande de mucho de lo que estaba y permanecía impuro de la época de dominación pagana. Así, “Las termas paganas van a ser completamente vencidas e incluso olvidadas en la Edad Media. En efecto, la Cristiandad medieval cristaliza socialmente las normas morales patrísticas procedentes del Evangelio. Por eso entonces, al menos como costumbre social, desaparece el problema moral de los baños mixtos, como tantos otros males del mundo pagano –la esclavitud, el concubinato, el divorcio–. Y por eso, de hecho, la cuestión de los baños mixtos apenas es tratado por los autores espirituales o por los cánones de los concilios. Es una cuestión totalmente superada.” (18)
Y, por fin, llega el siglo XX y, ahora, el XXI en el que vivimos.
Muchas cosas han cambiado desde que, en los primeros siglos del cristianismo, se luchara contra el mal ejemplo de los baños públicos mixtos. Ahora se ha generalizado el comportamiento esencial poco pudoroso y la falta de conocimiento de lo que supone tal cosa la daba, por ejemplo, a entender, en el primer texto que acompaña a este artículo, justo al comienzo del mismo.
Ya se sabe lo que, hoy día, son, por ejemplo, las playas y las piscinas públicas o privadas.
Y aquí, el P. Iraburu pone un ejemplo de lo que, aún casi hoy día es el pudor para algunos cristianos. Y el citado ejemplo lo es, digamos, de los primeros tiempos del uso de espacios públicos destinados al baño.
Y dice que “Es, pues, normal, que en esos años las personas totalmente dóciles al Espíritu Santo mostraran una reticencia más o menos tajante frente a los baños mixtos. Del tiempo en que la Venerable niña Mari Carmen González-Valerio (1930-39), poco antes de morir, estaba en San Sebastián, su prima María del Carmen Sáenz de Heredia, que era de su edad, cuenta esta anécdota: ‘Recuerdo que, cuando iba a la playa, no quería bajo ningún concepto ir sin que le pusieran sobre el traje de baño una faldita. Y aún quiero recordar que ni en esta forma le gustaba mucho ir y que, cuando la llevaban, sobre todo, si no era el traje todo lo modesto que ella quería, protestaba con vehemencia y organizaba fuertes rabietas’ (Proceso 70). La abuela de Mari Carmen confirma lo mismo, y dice que un día la doncella que había acompañado a la niña a la playa le dijo al volver: ‘no la obliguen a la niña a ir a la playa, porque se ha pasado toda la mañana llorando detrás del palo de un toldo’. Y por eso, cuando iban sus hermanos, ella se quedaba jugando en el jardín’ (Proceso 140; en J. Mª Granero, Víctima 79-80).
NOTAS
(1) Elogio del pudor (E.-del p.). Introducción, p. 3.
(2) E.-del p. Introducción, p. 4.
(3) E.-del p. 1, p. 5.
(4) Ídem nota anterior.
(5) E.-del p. 1, p. 6.
(6) E.-del p. 2, p. 10.
(7) Ídem nota anterior.
(8) E.-del p. 2, p. 11.
(9) E.-del p. 2, p. 11-12. Y aporta como ejemplo, en la página 12, que “Las santas mártires Perpetua y Felicidad fueron expuestas en el anfiteatro de Cartago a la furia de una vaca muy brava. ‘La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua [de 22 años, madre reciente], y cayó de espaldas; pero apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió la pierna, acordándose antes del pudor que del dolor’ (Actas 20).
(10) Ídem nota anterior.
(11) E.-del p. 2, p. 13.
(12) E.-del p. 2, p. 14.
(13) Ídem nota anterior.
(14) Ídem nota 12.
(15) Ídem nota 12.
(16) E.-del p. 2, p. 15.
(17) Ídem nota anterior.
(18) E.-del p. 2, p. 15-16.
Por Eleuterio Fernández Guzmán

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