¿Santidad en el matrimonio?

¿Para ser santo, quien está casado, debe pasar en la Parroquia?


Los esposos se santifican con su amor sacro

Desde luego, amar santifica a la persona que ama, cuando ese amor ha sido redimido y elevado por la virtud de la caridad, recibida de un modo específico en el sacramento  matrimonial. Pero después del sacramento del matrimonio hay algo más: amar santifica también a la persona amada. Desde el momento en que sus amores son amalgamados con el amor que Cristo les tiene, todos los actos de amor de los esposos son también vehículo del amor de Cristo por ellos y, por lo tanto, vehículos de la gracia.

Por estar unidos a Cristo, los esposos son instrumentos de gracia y de santificación mutua. Atreviéndonos a poner estas ideas en una actuación concreta podríamos decir lo siguiente: cuando una esposa espera a su marido por la noche con una cena caliente, no sólo le hace un gesto de amor humano sino este gesto de amor suyo es, también, portador del amor de Cristo (por tanto, de gracia) hacia él. Cuando un esposo acompaña a su esposa en un momento difícil, dándole el apoyo que necesita, le da amor, pero le comunica, también, el amor (la gracia) que Cristo le tiene. Así, los esposos son los embajadores del amor de Cristo el uno para el otro. ¡Qué hermosa misión!: “con mi amor por ti, me toca hacer presente el amor que Dios te tiene. Mi amor por ti hace ‘visible’ ese amor divino”.

Sé fiel en la oscuridad a lo que has visto en la luz

La visión cristiana del matrimonio abre una perspectiva nueva para entender también la fidelidad hasta la muerte en el amor. “Si mi amor está unido al amor de Cristo ya no puedo echarme para atrás. Cristo no retracta su amor; yo tampoco, porque mi amor se ha unido al amor que Él te tiene”. Es como el sacerdote en la Misa: tiene el poder para consagrar la hostia pidiendo a Cristo ese milagro con la seguridad de ser siempre escuchado; pero no tiene poder para des-consagrar la hostia. Cristo da por supuesto que hablamos con sinceridad y toma infinitamente en serio nuestras decisiones, nuestra libertad, nuestras entregas. Dios te ha hecho capaz de darte, de entregarte; él lo avala y él te sostiene.

Ser fiel es una de las notas que embellecen el amor del matrimonio. Una de las notas características de amores, precisamente, escoger a una persona de entre todas las demás. Hay que saber cuidar esta exclusividad.

Pero hay muchos grados de fidelidad. En primer lugar está la fidelidad física y sentimental, fidelidad que supone luchar con toda honestidad contra aquello que la puede manchar. Hace mucho tiempo San Agustín describió un cierto camino que lleva a la perdición en este campo. El decía que la infidelidad suele tener los siguientes escalones:

Primero hay una chispa, un «algo» que surge: una persona que llama la atención. Con lenguaje moderno diríamos que hay «química». En segundo lugar, comienzan los encuentros «fortuitos». «Misteriosamente» resulta que las personas involucradas se encuentren en todas partes: en una reunión, en el mercado, hasta en … la Iglesia («¡los dos vamos a la misma Misa entre semana; será de Dios!»). El tercer momento es cuando los encuentros ya son buscados, planeados y … escondidos de ojos indiscretos. En esos encuentros las manifestaciones de cariño se van aumentando en intensidad, pasando de ser afectuosos a ser más propiamente sexuales. El cuarto momento se caracteriza por los regalos, que pueden llenar un abanico que va desde una flor hasta un coche. Y, finalmente, el quinto tiempo será la entrega. La manera de ser fiel es cortar este proceso desde el principio.

El amor tiene un sistema de alarma muy eficaz. Normalmente suena cuando comienza a haber algo que no es claro. Hay que ser honestos y rápidos en cortar lo que comienza a torcerse en este campo. Hay que cuidar, especialmente, los afectos del corazón. Por el hecho de estar casado o casada no se elimina la posibilidad de sentir afecto inconveniente por otras personas. La falta no está en sentir sino en consentir esos afectos.

Diré una palabra más sobre la fidelidad. A veces las parejas preguntan qué pueden ver y que no deben ver. Estamos en un tiempo cuando las imágenes sexuales están al orden del día y de fácil acceso. Por desgracia en esas imágenes se exhibe todo menos lo que es verdadero amor, verdadero matrimonio. Por lo tanto, una dosis de sentido común es necesaria para los esposos. Ellos no deben permitir que nadie -tampoco la pantalla- tire lodo sobre lo que es sagrado, lo que, para ellos, representa algo tan hermoso y delicado como es su vida conyugal. Cuando se permite tirar lodo, algo se pega siempre y puede darse una deformación en el propio ejercicio de la sexualidad. La fidelidad es también de la vista. Tal vez comience ahí y, ciertamente, el control de la vista y lo que va con la vista es una de sus manifestaciones más finas porque en ese campo cada uno está solo con su corazón y con su conciencia. La fidelidad en este campo hace al amor muy fuerte.

Cuidar los elementos humanos del amor

El hecho de que unos cristianos se casen por la Iglesia y reciban el sacramento del matrimonio no les excusa de cuidar escrupulosamente todos los elementos humanos del amor. De nuevo una comparación puede ayudar: si se deja a la intemperie una hostia consagrada y una hostia sin consagrar ambas hostias se echarán a perder por igual. Dios no suele hacer milagros de este tipo porque supone que tenemos una cabeza y que la vamos a usar. En vez de maltratar y exponer una hostia consagrada la cuidamos con más esmero, precisamente porque está consagrada. Así tienes que hacer con el amor de tu matrimonio: velar por todos sus elementos humanos en su doble vertiente físico-espiritual. Lo humano es siempre la base para lo espiritual. Un matrimonio que no cuidara los elementos del amor humano, de la convivencia, de la sexualidad, del respeto mutuo, etc. estaría poniendo en peligro incluso la realidad sobrenatural de su unión.

Haced lo que Él os diga.

Al colocar el amor de Cristo como un factor del matrimonio, se exige que se tome ese amor como modelo y medida de la vida. Los esposos tratarán, dentro de lo humanamente posible, de amar como Cristo ama, pues aman ya con Él. En un mundo donde el matrimonio ha sido tan desprestigiado y trivializado y donde los modelos son tan efímeros y pobres, (cómo es importante resaltar el matrimonio cristiano en toda su belleza ideal! Así los esposos se estimularán a trabajar, a ser fieles, a ser delicados y perseverantes, a encontrar razones para luchar e incluso razones para amar por encima de las adversidades grandes o pequeñas que la vida pueda traer.

Vivir cerca de Cristo, en gracia.

El sacramento del matrimonio envuelve el amor de los esposos en el amor que Cristo les tiene. Sería un contrasentido grave vivir, por el pecado, en desaveniencia con ese mismo Cristo. Con su unión calcada sobre la relación de Cristo con la Iglesia, los esposos están llamados a entrar en una relación muy personal con Aquel que amó “hasta el fin”. A este propósito dice el Papa que si no estamos con Cristo nunca vamos a entender el amor.

«¿Acaso se puede imaginar el amor humano sin el Esposo y sin el amor con que él amó primero hasta el extremo? Sólo si participan en este amor en este ‘gran misterio’ los esposos pueden amar ‘hasta el extremo’: o se hacen partícipes del mismo, o bien no conocen verdaderamente lo que es el amor y la radicalidad de sus exigencias. Esto constituye indudablemente un grave peligro para ellos» 1.

La perseverancia en el amor es, por tanto, un don de Dios. Un don que consiste en una visión de fe que nos hace ver el matrimonio en una dimensión más grande de lo que es la visión meramente humana. Además es un don que concede una fuerza especial para llevar esa visión a la práctica.

De nuevo nos viene a la mente la definición del amor como un mirar juntos en la misma dirección. ¡Qué grandeza da el misterio cristiano a esta verdad humana! El amor mira a Dios, destino único y total de cada corazón humano y el amor hace ese camino de la mano del mismo Cristo que también es Esposo y… ¡algo sabe del matrimonio!

El matrimonio sacramental, fuente de santificación y de culto

El sacerdocio de Cristo -el de la Iglesia- tiene por fin glorificar a Dios, santificando a los hombres. Pues esa misma es la finalidad de la familia en cuanto comunidad cristiana sacerdotal:

-Glorificación de Dios. «Como todos los sacramentos, el matrimonio cristiano es en sí mismo un acto litúrgico de glorificación de Dios. Celebrándolo, los cónyuges cristianos confiesan su gratitud a Dios por el bien sublime que se les da: poder revivir en su existencia conyugal y familiar el mismo amor de Dios por los hombres, el amor mismo del Señor Jesús por la Iglesia su esposa».

-Santificación humana. «Y por otra parte, del mismo sacramento brota también la gracia para transformar toda su vida en una continua ofrenda espiritual (1Pe 2,5)» [56]. La fidelidad diaria a esa gracia de estado hace que los esposos cristianos «lleguen cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios» (GS 48).

Un clima de fe

La fe es la roca sobre la que ha de edificarse la cosa espiritual de la familia cristiana. Los hijos, desde niños, han de ser introducidos por sus padres en los grandes y luminosos misterios de la fe cristiana. Vosotros, concretamente, en modo alguno tengáis los temas religiosos como cuestiones prohibidas que no deben hablarse en la familia. No asimiléis esa mentalidad secularizada del hogar.

Si los pedís a Dios y lo procuráis con buena voluntad, Él os dará palabras de gracia para ir inculcando la fe en el corazón de vuestros hijos, al hilo de todas las vicisitudes de la vida familiar: «No te preocupes, que Dios nunca nos deja de su mano». «En esto, como en todo, que sea lo que Dios quiera». «Pídele a la Virgen María que te ayude, que ella es tu Madre del cielo». «No tengas miedo a nada, que Cristo vive en ti, como en un templo». «Perdona a tu hermanito, que Dios nos está perdonando continuamente tantas cosas». «Dios nos está dando siempre todo: el aire, el alimento, su amor, su gracia… ¿y tú no vas a ser capaz de dejarle un rato la bicicleta a tu hermano?». «Ya veo que te acuerdas del tío. Le tenías mucho cariño ¿verdad? Pues vamos a rezar por él un Padrenuestro y una Avemaría, para pedirle a Dios que, si todavía está en el purgatorio, cuanto antes le lleve al cielo»…

Éste es el lenguaje sencillo de la fe, en el que vuestros hijos deben ser educados. Tienen derecho a que se les digan esas cosas. Los padres cristianos secularizados, silenciando sistemáticamente el lenguaje de la fe, defraudan y deforman a sus hijos gravemente. Ese lenguaje cristiano familiar, hablado con sencillez, con oportunidad y con gracia, construye en tomo a ellos un maravilloso edificio espiritual, en el que sus vidas crecen y son guardadas. No os avergoncéis de vuestra fe, silenciándola una y otra vez. No dejéis a vuestros hijos espiritualmente a la intemperie. Insisto, ellos tienen derecho a que les proporcionéis esa casa espiritual.

la alianza conyugal entre los esposos participa sacramentalmente del amor que une a Cristo con su Iglesia-Esposa en una alianza indisoluble. Pues bien, precisamente por eso «la Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio eucarístico representa la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, sellada en la Cruz con sangre. Y en este sacrificio de la nueva y eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran el origen que configura y vivifica por dentro su alianza conyugal».

Además «la Eucaristía es fuente de la caridad, en cuanto representa el sacrificio amoroso de Cristo por su Iglesia. Por eso en el don eucarístico de la caridad la familia cristiana halla el alma de su propia comunión, ya que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la comunidad familiar un solo cuerpo».

La Penitencia

No faltarán pecados en el matrimonio y la familia. A veces -ésta es la realidad- nos permitimos con nuestros más íntimos familiares unas durezas y malos modos que no solemos permitimos con los extraños. No debía ser así, pero así es con frecuencia. Y muchas veces no significa eso que no haya amor; pero sí que es un amor imperfecto, todavía entremezclado con egoísmos y abusos.

Pues bien, «el arrepentimiento y el perdón mutuo dentro de la familia cristiana, tan frecuentes en la vida diaria, hallan su momento sacramental propio en la Penitencia cristiana. Pablo VI, refiriéndose a los cónyuges, decía: «Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el sacramento de la Penitencia» (HV 25)».

«La celebración de este sacramento adquiere, pues, un significado particular para la vida familiar. En efecto, el pecado contradice no sólo la alianza con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la comunión familiar. Por eso los esposos y todos los de la familia son alentados a encontrarse con Dios, «que es rico en misericordia» (Ef 2,4): Él, infundiendo su amor, más fuerte que el pecado, reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comunión familiar».

La oración

«El sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio sacramental, da a los cónyuges y a la familia una misión sacerdotal, que se desarrolla no sólo en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos, o en la ofrenda de sí mismos para glorificar a Dios, sino también en la vida de oración». Y esta oración tendrá en la familia unos rasgos propios:

«Es una oración hecha en común, marido y mujer juntos, los padres con los hijos. A los miembros de la familia cristiana se les ha de aplicar especialmente aquellas palabras del Señor Jesús: «Yo os digo en verdad que si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo concederá mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,19)».

Padre Michael Ryan Grace, L.C.

Padre JoséMª Iraburu  Sacerdote Diocesano

Los comentarios están cerrados.