Del enfriamiento del alma en el amor sagrado

La caridad está, a veces, tan desfallecida y abatida en el corazón, que casi no se manifiesta por ningún acto


El alma, por el pecado venial, está más dispuesta para caer en el pecado mortal.


La caridad está, a veces, tan desfallecida y abatida en el corazón, que casi no se manifiesta por ningún acto, y, sin embargo, no deja de morar toda entera en la suprema región del alma, y esto sucede cuando el santo amor, bajo la multitud de los pecados veniales, como bajo la ceniza, permanece cubierto, con su brillo amortiguado, aunque no apagado ni extinguido; porque, así como la presencia del diamante estorba e impide el ejercicio y la acción de la propiedad que el imán posee para atraer el hierro, sin privarle, con todo, de dicha propiedad, la cual obra en cuanto el impedimento es removido; de la misma manera, la presencia del pecado venial no arrebata a la caridad su fuerza y su potencia para obrar, pero la entorpece, en cierto modo, y la priva del uso de su actividad, de suerte que queda inactiva, estéril e infecunda.

Es cierto que ni el pecado venial ni el afecto al mismo son contrarios a la resolución esencial de la caridad, que es la de preferir a Dios sobre todas las cosas, pues, por este pecado, amamos alguna cosa fuera de razón, pero no contra razón; nos inclinamos, con algún exceso y más de lo que conviene, a la criatura, pero sin preferirla al Creador; nos entretenemos demasiado en las cosas de la tierra, pero no dejamos por ellas las celestiales. En una palabra, este pecado hace que andemos con retraso por el camino de la caridad, pero no nos aparta de él, por lo que, no siendo el pecado venial contrario a la caridad, jamás la destruye, ni en todo ni en parte.

Este afecto, pegándonos demasiado al goce de las criaturas, estorba la intimidad espiritual entre Dios y nosotros, a la cual la caridad, como verdadera amistad, nos incita. Por lo mismo, hace que perdamos los auxilios y los socorros interiores, que son como los espíritus que dan vida y alientos al alma, y de cuya falta proviene la parálisis espiritual, la cual, si no se le pone remedio, nos acarrea la muerte. “porque, en último término, siendo la caridad una cualidad activa, no puede durar mucho tiempo sin obrar o perecer.

Los espíritus viles, perezosos y entregados a los placeres exteriores, no estando instruidos para los combates, ni ejercitados en las armas espirituales no velan casi nunca por la caridad, y, ordinariamente, se dejan sorprender por la culpa mortal; lo cual acontece más fácilmente, cuando el alma, por el pecado venial, está más dispuesta para caer en el pecado mortal.


Fragmento de: San Francisco de Sales. “Tratado del amor de Dios”. Libro IV, 2

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