Formación Sacerdotal Pastoral

Significado e importancia de la Formación Pastoral, por S. Em. Cardenal Cláudio Hummes, O.F.M.

Significado e importancia
de la Formación Pastoral

S. Em. Cardenal Cláudio Hummes, O.F.M.
Prefecto de la Congregación para el Clero

 

La formación pastoral consiste en «comunicar la caridad de Jesucristo, Buen Pastor» a los futuros presbíteros. Así la define la Exhortación Post-Sinodal «Pastores dabo vobis» (PDV), n. 57 (1992), de Juan Pablo II. En este sentido, toda la formación en el Seminario, en sus cuatro dimensiones —humana, espiritual, intelectual y pastoral— tiene como finalidad específica formar pastores, según el modelo de Jesucristo, Buen Pastor. Por lo tanto, toda la formación seminarista «debe tener un carácter esencialmente pastoral» (PDV, n. 57). De hecho, el propio Concilio Vaticano II ya determinó, en «Optatam Totius»(OT), con referencia a los Seminarios: «La educación de los alumnos debe tender a la formación de verdaderos pastores de las almas, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor» e inmediatamente especifica que esta formación pastoral debe preparar para el ministerio de la Palabra, para el ministerio del culto y de la santificación y para el ministerio del Pastor (cf. OT, 179). Al mismo tiempo, el texto conciliar, subrayando «la profunda coordinación que hay entre los diversos aspectos de la formación humana, espiritual e intelectual», afirma que «la finalidad pastoral asegura a la formación humana, espiritual e intelectual algunos contenidos y características concretas, a la vez que unifica y determina toda la formación de los futuros sacerdotes» (PDV, 57).

La formación Pastoral en los seminarios debe desarrollarse «mediante la reflexión madura y la aplicación práctica, y tiene sus raíces profundas en un espíritu, que es el soporte y la fuerza impulsora y de desarrollo de todo» (PDV, 57). Esto supone, de un lado, ofrecer a los seminaristas «el estudio de una verdadera y propia disciplina teológica: la teología pastoral o práctica». Esta teología pastoral o práctica, la Pastores dabo vobis la define como «una reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia; una reflexión, sobre la Iglesia como “sacramento universal de salvación”, como signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la Palabra, en los Sacramentos y en el servicio de la caridad. La pastoral no es solamente un arte ni un conjunto de exhortaciones, experiencias y métodos; posee una categoría teológica plena, porque recibe de la fe los principios y criterios de la acción pastoral de la Iglesia en la historia (…). Entre estos principios y criterios se encuentra aquel, especialmente importante del discernimiento evangélico sobre la situación sociocultural y eclesial en cuyo ámbito se desarrolla la acción pastoral» (PDV, 57).

Es claro que el seminarista necesita recibir una formación teológica que sea científica y amplia y que de este modo le transmita los contenidos de todos los tratados de la teología sistemática y así lo capacite a entender correctamente la Palabra de Dios y el logos que la recorre, cualificándolo para el anuncio correcto e inteligible del Evangelio de Jesucristo. Pero su formación teológica no puede prescindir de esta disciplina específica que es la teología pastoral. Pero mi impresión personal es que la teología pastoral no recibe suficiente relevancia en muchos de nuestros Seminarios latino-americanos y, tal vez, tampoco en tantos otros Seminarios en el mundo.

Entre los principios y criterios de esa teología pastoral, conforme subraya la Pastores dabo vobis, debe destacarse «el discernimiento evangélico sobre la situación sociocultural y eclesial, en cuyo ámbito se desarrolla la acción pastoral» (PDV, 57). Entonces, esta situación sociocultural y eclesial cambia según los momentos históricos y según las regiones en el mundo. De ahí que no sólo es preciso dar a los seminaristas una visión clara de esta situación en el ambiente en el que van a trabajar, sino también incluir los cambios socio-culturales y eclesiales en la formación permanente del clero.

En realidad, en América Latina hay un gran pluralismo cultural. Verdaderamente nos quedan, junto con una nueva cultura dominante, las culturas antiguas, rurales, africanas e indígenas, tradicionales y religiosas. En cambio, cada vez más domina una nueva cultura urbana, globalizada, progresista, pluralista, relativista, consumista, moralmente liberalizada, agnóstica, individualista, secularista, laicizada y mediática. Esta nueva cultura dominante, además, se inserta en una sociedad de la ciencia (cientificismo) y de la tecnología (tecnologismo), una sociedad del poder del conocimiento, de las comunicaciones y del espectáculo, que a su vez nutre tal cultura. Dicha cultura, llevada a su extremo, genera el nihilismo, o sea, la pérdida del sentido de la vida y de la historia. El contexto del nihilismo lleva al consumo de las drogas, al crecimiento de la violencia, al desprecio por la vida humana, al sexo sin responsabilidades y desvinculado del amor y de la generación de nuevas vidas humanas, al debilitamiento de la familia. Todas estas características marcan verdaderamente la cultura llamada post-moderna; signos que nos permiten comprender mejor por que nuestros presbíteros tienen dificultad en vivir hoy su vocación y su misión.

La formación pastoral del seminarista y la formación pastoral permanente del clero debe incluir, sin duda, el conocimiento de esta nueva situación socio-cultural de nuestra sociedad y del proceso de su generación progresiva en los últimos siglos. Los seminaristas y los sacerdotes necesitan estudiar, en manera profunda, el mundo actual en el que viven y al cual deben evangelizar. Ante todo, la comprensión de la cultura actual les ayudará a entenderse ellos mismos y los influjos culturales que sufren. Después, les ayudará a entender a los hombres actuales y así evangelizarlos de modo más concreto y eficaz. Necesitan identificar las desviaciones de esa cultura actual post-moderna, pero también los verdaderos progresos que incluye y las nuevas oportunidades de evangelización que nos trae. De otro modo, se sentirían cada vez más confusos, desalentados y desorientados en la sociedad actual.

En América Latina, como fue dicho ya, hay un gran pluralismo cultural. Allí, la formación pastoral no puede limitarse a ofrecer una comprensión de la cultura post-moderna, sino también de la situación específica latino-americana de una sociedad multicultural, en que existe el riesgo de la destrucción de todas las culturas antiguas restantes, con el consecuente dominio total de la cultura post-moderna o la oportunidad de una progresiva, nueva y humanamente rica, cultura mestiza. Para el estudio pastoral de esta situación pluricultural de América Latina, puede ayudar mucho el texto del Documento Conclusivo de Aparecida

Sin embargo, la formación pastoral no se limita a preparar a los futuros sacerdotes al ministerio de la Palabra, sino que se extiende también al ejercicio del ministerio del culto y de la santificación y al ministerio del pastoreo y de la caridad. La teología pastoral debe incluir necesariamente estos tres ministerios presbiterales.

Sin embargo, en el contexto actual de América Latina, la formación pastoral de los futuros seminaristas y la formación permanente de los actuales presbíteros no pueden olvidar ni minimizar dos dimensiones fundamentales, a saber, la solidaridad para con los pobres y la misión permanente. En lo que concierne al fenómeno de la pobreza, la teología pastoral debe, por tanto, ser complementada con el estudio del fenómeno de la pobreza que oprime aún a 200 millones de personas en el continente y la formulación de una evangelización adecuada a este fenómeno, junto con una solidaridad práctica e incansable para con los pobres, lo que implicará también el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia. La opción preferencial por los pobres —formulada por la Iglesia en América Latina después del Concilio Vaticano II y más recientemente extendida por el siempre recordado Papa Juan Pablo II a toda la Iglesia, como se puede leer en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 49— es y debe continuar siendo una característica central de la vida y de la pastoral de la Iglesia en América Latina

En cuanto a la formación misionera específica, esta es necesaria en cualquier tiempo y situación, porque la Iglesia es esencialmente misionera. Pero, actualmente es en modo especial urgente e importante para América Latina, visto que la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y Caribe, realizada en Aparecida, en el 2007, decidió realizar en el continente una Misión continental, que sea también permanente. Todos sabemos que tal misión dependerá en gran medida del empeño de los presbíteros en las parroquias y otros ambientes de la sociedad.

Por cuanto expuesto, es preciso añadir que la formación pastoral teórica debe ser acompañada de una aplicación practica, en el sentido de que los seminaristas, mientras más se aproximan a la eventual ordenación presbiteral, deben ser introducidos en la practica pastoral, en especial en la pastoral parroquial, en el amor a los pobres, su evangelización y promoción social, y en la actividad misionera, «mediante la entrega de algunos servicios pastorales, que […] deben realizar, de manera progresiva y siempre en armonía con las demás tareas formativas; si trata de “experiencias” pastorales, que han de confluir en un verdadero “aprendizaje pastoral”, que puede durar incluso algún tiempo y requiere una verificación de manera metódica» (PDV, 57). Eso quiere decir que la practica pastoral debería formar parte del programa de formación pastoral del futuro presbítero, pero una practica acompañada de una constante evaluación y orientación de la parte de los formadores.

Finalmente, es necesario que los candidatos al sacerdocio sean portadores de un espíritu pastoral, que les dé el sentido profundo de su vocación y misión, en ellos alimente el celo por el Reino de Dios y los impulse a la actividad pastoral. Ese espíritu, esa fuente interior, es «la comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de Jesús, la cual, así como ha sido el principio y fuerza de su acción salvífica, también debe ser, gracias a la efusión del Espíritu Santo en el sacramento del Orden, el principio y la fuerza del ministerio del presbítero (…), un modo de estar en comunión con los mismos sentimientos y actitudes de Cristo, buen Pastor» (PDV, 57).

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