La ternura

La ternura, el cariño, nace de la afectividad, y se dirige no sólo hacia las personas humanas, sino también, aunque en modo análogo, hacia otros seres -un animal, por ejemplo- que están unidos a la persona por lazos especiales. La ternura tiende a hacer propios los estados anímicos del otro, y lleva de la mano, como hermana, a la compasión. Por todo esto, la ternura tiene inclinación a exteriorizarse en gestos cariñosos: estrechar la mano, sonreir, abrazar, besar. De suyo es púdica, como la afectividad de quien nace, y se relaciona más con la benevolencia que con el deseo. Revestida de la castidad, la ternura se somete siempre a las exigencias del verdadero amor, y busca sinceramente el bien de la otra persona. Por el contrario, la sensualidad -suavizada a veces por la ternura- está orientada al cuerpo del otro, en cuanto posible objeto de placer, y busca ante todo la gratificación egocéntrica.
La ternura-débil es perjudicial. Ciertas efusividades desbordantes que tienen algunos padres con sus hijos, y que tanto contribuyen a malcriarlos y a hacerlos débiles y consentidos, han de ser clasificadas en el orden de la sensualidad afectiva, más bien que en el de la ternura verdadera. Una ternura demasiado fácil y sensiblera no inspira confianza, sino más bien hace sospechar que en sus tiernas manifestaciones esconda un medio de satisfacer la sensualidad o las necesidades afectivas personales.
La ternura-firme, por el contrario, es altruísta y benéfica, conforta a los esposos entre sí, y da a los hijos un marco de vida grato y sereno. La verdadera ternura es un amor suave y fuerte, que sabe luchar, llegado el caso, por el genuino bien de la persona. Esa es la ternura que un Pablo de Tarso expresaba hacia la comunidad cristiana de Corinto: «Yo de muy buena gana me gastaré y me desgastaré hasta agotarme por vuestra vida, aunque, amándoos con mayor amor, sea menos amado» (2Cor 12,15). Por otra parte es la castidad la que asegura a la ternura su verdadera calidad y profundidad. Es ella la que facilita la verdadera integración de la sensualidad y el afecto en el impulso fuerte y generoso del amor, haciendo a éste tierno y efusivo.
Por lo demás, novios y esposos habéis de tener muy presente que tanto el hombre como la mujer están necesitados de ternura en este mundo duro y turbulento. Quizá la necesitan más que nada. En el matrimonio, concretamente, la ternura es el arte de sentir a la persona entera, todo lo que es y sucede en ella, todas sus vicisitudes interiores y exteriores, buscando siempre en su verdadero bien.
La mujer casada espera hallar en su esposo esta ternura a lo largo de los días, también en las relaciones sexuales -que pueden ser para ella tan brutales y displicentes-, y muy especialmente en los períodos delicados del embarazo, del parto, de la crianza de los niños. Un esposo bueno, pero frío y distante, encerrado en el mundo de su trabajo, sujeto a su cuadro de eficacias, pero ignorante de la gratuidad de la ternura, puede ser para ella una cruz no pequeña.
Y a la inversa. El hombre necesita de la ternura de su esposa, y la necesita normalmente mucho más de lo que lo manifiesta, pues hay en esto cierto pudor masculino, como un temor a mostrarse débil. Por esto, quizá, no son pocas las mujeres que, ignorando esto al parecer, prodigan su ternura conyugal con cuentagotas, como si se tratara de una tontería supérflua, innecesaria entre adultos, o la reserevan astutamente para cuando quieren obtener algún deseo personal, o la prodigan exclusivamente con los niños, como si los mayores no necesitaran de ella.
En el matrimonio hace falta mucha ternura, y tanto el hombre como la mujer deben educarse para ella. La ternura del amor conyugal -que no es posible sin abnegación, humildad y castidad- sabe no abandonarse a la espontaneidad egoísta de los estados de ánimo, siempre cambiantes, y fluye, constantemente renovada, de una voluntad siempre dispuesta a dar y a amar, siempre alerta para poner el placer al servicio del amor, siempre pronta a salir de sí para servir el bien de la persona amada.
La educación del amor
El amor es la vocación más alta de la persona, pero es preciso aplicarlo a lo cotidiano con arte y paciencia. Y aquí es donde surge la necesidad de educar el amor. Los enamorados, sobre todo si sois jóvenes, no captáis del todo a veces, ingenuamente, esta necesidad, y como sentís con fuerza la inclinación de los sentidos y del afecto, pensáis quizá que con esto el amor ya está hecho. Pero eso explica los grandes fracasos y daños causados por un amor inmaduro. El amor entre hombre y mujer nunca es algo ya hecho, sino que debe ser elaborado y reelaborado día a día.
El amor ha de ser una obra plenamente humana, digna del hombre y de su Creador, digna del amante y del amado. Para ello, la persona, más que en cualquier otra cuestión, ha de empeñar la lucidez de su mente y la elección libre de su voluntad, ha de integrar el poderoso dinamismo de la sensualidad y de los afectos, y ha de reafirmar así día a día el prodigio siempre nuevo de la donación personal recíproca.
Más aún, habéis de llegar a descubrir en el amor, en esa vinculación mutua y misteriosa que se produce entre dos personas, la participación secreta del Creador invisible, que siendo él mismo puro amor, es también la fuente originaria de todo amor.
¿Es posible educar el amor? Es posible y necesaria integrar el amor profundamente en la opción más personal de la persona, escapando así de toda desintegración tan falsa como egoísta. De esto trataremos al hablar de la castidad.
MATRIMONIO EN CRISTO, José María Iraburu

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