40 días, 40 años

El Papa Emérito Benedicto XVI escribió una catequesis, sobre el recorrido de los 40 años o cuarenta días en la historia de salvación: “Este número no representa un tiempo cronológico exacto, dividido por la suma de los días.

Más bien, indica una perseverancia paciente, un largo proceso, un periodo de tiempo suficiente para ver las obras de Dios, un tiempo en el que es necesario decidir si aceptar las propias responsabilidades, sin adicionales aplazamientos. Es el tiempo de decisiones maduras.

El número cuarenta aparece sobre todo en la historia de Noé. Este hombre justo, a causa del diluvio pasa cuarenta días y cuarenta noches en el arca, junto con su familia y los animales que Dios le había dicho de llevar consigo. Y espera otros cuarenta días, después del diluvio, antes de tocar tierra firme, salvado de la destrucción (Gn 7,4.12, 8.6). Después, en la siguiente etapa, Moisés permanece en el monte Sinaí, en presencia del Señor, cuarenta días y cuarenta noches para acoger la Ley. En todo este tiempo, ayuna (Éxodo 24:18). Cuarenta son también los años de viaje del pueblo judío desde Egipto hasta la Tierra Prometida, tiempo adecuado para experimentar la fidelidad de Dios: “Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años…La ropa que llevabas puesta no se gastó, ni tampoco se hincharon tus pies durante esos cuarenta años», dice Moisés en el Deuteronomio al final de los cuarenta años de migración (Dt 8,2.4). Los años de paz, que goza Israel bajo los jueces, son también cuarenta (Jueces 3,11.30), pero, pasado este tiempo, empiezan a olvidarse los dones de Dios, y se vuelve al pecado.

El profeta Elías emplea cuarenta días para llegar a Horeb, el monte donde se encuentra con Dios (1 Reyes 19.8). Cuarenta son los días en los que la gente de Nínive hace penitencia para obtener el perdón de Dios (Gn 3,4). Cuarenta fueron también los años del reinado de Saúl (Hechos 13:21), de David (2 Samuel 5:4-5) y de Salomón (1 Reyes 11:41), los tres primeros reyes de Israel. Incluso los Salmos reflexionan sobre el significado bíblico de los años cuarenta, como el Salmo 95, del cual hemos escuchado unos versos: «¡Si queréis escuchar su voz hoy mismo!». “No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto, cuando sus padres me tentaron y provocaron, aunque habían visto mis obras. Cuarenta años me disgustó esa generación, hasta que dije: «Es un pueblo de corazón extraviado, que no conoce mis caminos» (vv. 7c-10).

En el Nuevo Testamento Jesús, antes de comenzar su vida pública, se retira al desierto durante cuarenta días sin comer ni beber (Mateo 4,2): se alimenta de la Palabra de Dios, que usa como un arma para vencer al diablo. Las tentaciones de Jesús recuerdan aquellas que el pueblo judío afrontó en el desierto, pero que no supo vencer. Cuarenta son los días durante los cuales Jesús resucitado instruye a los suyos, antes de ascender al cielo y enviar el Espíritu Santo (Hechos 1,3).

También el Papa describe la ambivalencia espiritual del creyente, que se manifiesta con fuerza en el caminar árido del desierto, que no se puede eludir, pero para poder ver con claridad, identificar la tentación, definir la posición, elegir, luchar y vencer, no son las estrategias humanas en la que encontrará eficacia verdadera: Los cuarenta años de la peregrinación de Israel en el desierto presentan comportamientos y situaciones ambivalentes. Por una parte, son la estación del primer amor de Dios y su pueblo, cuando Él hablaba al corazón, indicándole continuamente el camino que recorrer. Dios había comenzado a vivir, por así decirlo, entre el pueblo de Israel, lo precedía dentro de una nube o una columna de fuego, se ocupaba cada día de su alimento haciendo descender el maná y haciendo surgir el agua de la roca. Por lo tanto, los años transcurridos por Israel en el desierto se pueden contemplar como el tiempo de la especial elección de Dios y de la adhesión a Él por parte del pueblo. Tiempo del primer amor. Por otra parte, la Biblia enseña también otra imagen de la peregrinación de Israel en el desierto: también el tiempo de las tentaciones y de los peligros más grandes, cuando Israel murmura contra su Dios, querría volver al paganismo y se construye sus propios ídolos, porque siente la necesidad de venerar a una Dios más cercano y tangible. Es también el tiempo de la rebelión contra el Dios grande e invisible.” (Benedicto XVI)” Por eso, cuando hablamos de cuarentena, entendemos que es un tiempo en el que el paciente es aislado y puesto en tratamiento, para identificar el mal, el virus o bacteria y aplicar el remedio. Lejos de todo lo que le pueda contaminar y lejos de todo al que pueda contaminar. Hay quienes se acostumbran a vivir con la enfermedad, sin tratamiento, sin remedio, se privan de vivir en plenitud lo que de lo alto les fue concedido. Y los anhelos naturales que le dieron, de buscar una felicidad infinita, son ahogados por la fragilidad ante sus esclavitudes y errores a las que alejados de la mano protectora de Dios, no pueden dar frente, y prefiere permanecer esclavo, aunque privado de libertad, privado del banquete perfecto del amor, de alegría eterna. Y por eso rendido vive una amargura constante en su vida, llenándose de ira por lo que, sabiendo podía haber alcanzado, se hizo inválido para alcanzarlo. “Lo que Satanás puso en las cabezas de nuestros antepasados y en nosotros, era la idea que podían ser ‘como dioses’ – actuar como si hubieran creado a si mismos – ser sus propios dueños – inventar un tipo de felicidad por si mismos fuera de Dios, aparte de Dios. Y de esa tentativa desesperada ha salido casi todo lo que llamamos la historia humana – dinero, pobreza, ambición, prostitución, clases sociales, imperios, esclavitud – la larga y terrible historia del hombre tratando de encontrar algo otro que Dios que lo hará feliz.” Y lo ha buscado siempre afuera, en el ruido, en el mundo, en el poder, el placer y el tener. Y hasta llega a agotarse y deprimirse porque no encuentra respiro, sosiego, consuelo o verdadera satisfacción. ¿Dónde está la gloria, donde está la felicidad, donde está la compañía? Todo su proyecto de desvanece. Sus ídolos le abandonan, sus entusiasmos le dejan. Hay que aceptar por so la invitación de ir al desierto, para desprenderse de la lepra del hombre viejo y nacer de nuevo. Hay que cambar el rumbo, convertir nuestro corazón hacia los horizontes de la gracia. Desprendernos de los apegos a las papas y cebollas de Egipto.   «Convertíos a mí de todo corazón» (Jl 2, 12). “No se trata de una conversión superficial y transitoria, sino de un itinerario espiritual que afecta profundamente a las actitudes de la conciencia y supone un propósito sincero de contrición. El Profeta se inspira en la plaga de la invasión de la langosta, que se había abatido sobre el pueblo destruyendo las cosechas, para invitar a una penitencia interior, a rasgarse el corazón, no las vestiduras (cf. 2, 13). Se trata, pues, de adoptar una actitud de conversión auténtica a Dios –volver a él–, reconociendo su santidad, su poder, su majestad. Y esta conversión es posible porque Dios es rico en misericordia y grande en el amor. Es la suya una misericordia regeneradora, que crea en nosotros un corazón puro.” (Benedicto XVI)   Oración, ayuno y limosna… el desierto… ¿Cuál es mi desierto donde he de encontrarme  en Cuaresma con la tierra prometida, con el maná del cielo, con la Bienaventuranza y el banquete Pascual? «…que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará…» San Mateo 6,1-6.16-18   En lo secreto, donde no entra nada, ni ningún otro más que solamente tú. No puede entrar n la tecnología, ni la ciencia ni tus amigos, ni el internet, solamente tú. Pero en realidad también puede entrar alguien más. Porque “en lo secreto” es aquel lugar que te asemeja a aquel que te creo, es el único lugar de tu persona que no se corrompe como la materia y que trascenderá los espacios y los tiempos. Ese lugar es tu alma, creada para que habite en ella el Espíritu que da vida y en abundancia, pero que muchas veces ha estado habitada por inmundicia y pecado. Ese  es un lugar exclusivo para que solo se encuentren dos. El Seño  tú, y es en ese lugar donde dónde encontrarás los ríos de agua viva que brotan de la abundancia de vida y gozo eterno que la gracia que fluye del corazón de Cristo quiere derramar sobre ti.

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